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Relato: «Octava Planta»

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Al meter la llave en la cerradura me embarga una oleada de emociones, dispares, contradictorias… Estoy a punto de entrar en el que a partir de ahora será mi nuevo hogar. Empujo la puerta, pero no. «Espera, espera un poco más, mantén el suspense…». Así que la sostengo. Sólo un instante, aún quiero quedarme en el ayer unos segundos, aún quiero retener este yo un poco más… Cierro los ojos, inspiro, expiro… «No seas boba, ¿cuánto más vas a esperar?».
Al fin la abro del todo.
Ante mí el flamante piso que acabo de comprar. Os lo presentaré: se llama ciento noventa mil setecientos noventa y cuatro euros y es una séptima planta. «Uuuuufffffff…». Un escalofrío recorre mi espalda y mi mano vacila, con las llaves tintineando entre los dedos. El nombre intimida…
Sin embargo, el vestíbulo, luminoso, amplio, abierto a un gran salón, los suelos de madera noble, las paredes lisas, pintadas de un suave color tierra… me saludan con alegría. El sol lo inunda todo. No hay muebles, pero los habrá.
Sonrío …

Relato: «¡Buen provecho!»

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Es la hora… Es la hora y yo no me tomo mi medicación. He aprendido a tragar sin tragar, si tienes la garganta lo suficientemente seca, la pastilla se queda atascada sin bajar, y luego puedes expulsarla. Es cuestión de práctica. Cuando la Señora Etton viene a comprobar que me la haya tomado, me obliga a abrir mucho la boca y explora mis encías y bajo la lengua. Parece satisfecha, y me deja en paz… Otra vez.
Son ya siete las veces que he podido burlar su vigilancia, ¡y eso es todo un triunfo!

Me río porque me burlo, y me burlo porque tengo un vacío en mi cerebro, según dice mi doctor, un vacío que tiendo a llenar con dolor y purgatorio. El Doctor Pride no sabe quién soy, sólo ve un número en mi expediente, medica a sus enfermos y se dedica a hurgar en nuestras mentes hasta convertirlas en puré. A mí me da lo mismo, no es que ese chupatintas logre profundizar mucho en mi cabeza, en realidad, no es capaz de rascar ni la superficie de quien soy, o lo que cree que soy… Y me río, y me burlo,…

Relato: «El parásito»

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Siempre he sido de esas personas a las que no les gusta ver películas de miedo, ni leer libros de terror, o hablar de sucesos sobrenaturales… La verdad, soy demasiado aprensiva con «esas cosas». Me aterra pasar por un callejón oscuro o quedarme sola en un parking subterráneo, y sí, me da miedo la oscuridad. Por eso evito todo lo que espolea mi imaginación hacia cierta clase de pensamientos. Desde luego, eludo las callejas tétricas, y jamás aparco mi coche en lugares que a determinadas horas se quedan desiertos. En general, procuro hacer como si el «mal» no existiera. «Ojos que no ven, corazón que no siente», ¿no?
Dirás que soy una exagerada, y que no se puede vivir así, permanentemente negando una parte de la realidad, pero a mí me funcionaba.
«Me funcionaba», en pasado.
Porque ahora comprendo que «esas cosas», lo mismo pueden suceder en una calle solitaria, de noche… como a plena luz del día, delante de todo el mundo.
¿No me crees?
Bueno… No soy quién para echar abajo tus creencias, …