La Despedida

Laura corrió hasta la puerta entreabierta y estiró su manezuela para tocar el timbre. Ansiosa y radiante llamaba a voces a su abuela María, encantada ante la idea de volver a encontrarse con ella. ¡Aquellos quince días iban a ser sin duda los mejores de todo el verano!
– ¡¡Soy yo abuelita!!
– ¡¡ Abuela!! –gritó su hermano a su lado– ¡¡¡Ya hemos llegado!!!
Manuel apartó de un empellón a su hermana y acaparó el pequeño hueco de la entrada de la vieja casa de tres plantas, tan entusiasmado como ella. Impaciente por entrar cogió a la pequeña Laura de la mano, la arrastró puerta adentro, y llegó como un huracán hasta la sala, donde una mujer de blancos cabellos dulcemente anudados en la coronilla les aguardaba sonriente, los brazos abiertos.
El encuentro fue alegre. Se dieron un gran abrazo entre los tres, risas y lágrimas de felicidad estallaron en la estancia, los pequeños rostros de Laura y Manuel se hundieron en el pecho confortable y cálido de la mujer, cuyos ojos anegados en lágrimas brillaban de entusiasmo. María apretó contra sí los cuerpecitos de sus dos nietos. Notaba sus corazoncitos latir desbocados y llena de gozo los estrechó aún más: qué dulce sensación volver a tenerlos con ella… Qué maravilloso no estar tan sola…
– Hola madre…
– Sara, cariño… –Laura y Manuel no se movieron al oír llegar a su madre. Se aferraron a la falda floreada de María medio ocultos tras ella, como si temiesen ser apartados de su lado. Sara había aparecido en la puerta. Dejó dos pequeñas maletas en el suelo, acalorada por la temperatura de la calle. No parecía muy contenta de volver a ver a la abuela.
– Pasa hija, estás muy sofocada. Bebe algo y descansa, ¡estos días hace un calor del demonio! ¡Nadie en el pueblo puede pegar ojo desde mediados de julio!
– No madre, no te molestes… No voy a quedarme. Ya son más de las seis y media y Javier me espera en el coche –Laura apretó las manitas al escucharla. Se soltó de su abuela y se coló en el interior de la casa a la carrera. Estaba enojada–. Te llamaré para ver cómo va todo, ya tienes mi teléfono, por si surgiera algo…
– Pero hija…
– Aún tenemos seis horas de viaje, y a Javier no le gusta conducir de noche, ya lo sabes.
– Sí, cariño, pero ¿ni siquiera va a venir a saludarme? Podríais quedaros a cenar esta noche y mañana salir temprano. Hace cuatro años que no...
– No, madre –Sara, tajante en su seca respuesta, no esperó más. Dio media vuelta y se marchó sin despedirse, incómoda, la mirada esquiva. Su voz se fue perdiendo al salir presurosa del portal, hasta que acabó por convertirse en un murmullo ininteligible mientras se alejaba–. Te llamaré, y recuerda que Laura tiene que tomar su jarabe…
Manuel había observado toda la escena, y al ver que su madre se iba tiró de la falda de la abuela. Intentaba llamar su atención, preocupado por la expresión de angustia que acababa de dibujarse en su rostro amado.
– Abuela… Vamos dentro, tengo hambre…
La abuelita aún permaneció unos segundos con la vista fija en el punto por donde su hija había desaparecido. Escuchó el motor del coche al arrancar y aún se quedó un rato atenta, hasta que dejó de oírse en la distancia. Un vacío doloroso laceraba su corazón y su alma…
– Abuelita, ¿aún tienes a Saltarín? –Manuel trató de distraerla como fuese, consciente a pesar de su corta edad de la amargura que debía atormentarla. Además, el pequeño cocker debía haber crecido mucho desde la última vez y tenía muchas ganas de volver a verlo.– Quiero verlo…
La abuela era ya muy vieja para tanto sufrimiento. Se sentía sola, abandonada... Primero por su marido: él ya no volvería jamás, la muerte se lo había arrebatado cruelmente... y ahora su hija, el fruto de un amor tan grande que no le cabía en el pecho. La tristeza serpenteó en su alma, le bloqueó el pensamiento y se llevó todo rastro de esperanza...
– Abuela...
La voz preocupada de Manuel la trajo de vuelta del reino de las sombras, derramando un rayo de luz sobre ella. Su nieto amado, Manuel... y Laurita, por fin junto a ella: tenían quince hermosos días por delante.


– Qué quieres mi vida, ¿Cola Cao o leche sola? –Manuel se lo pensó unos segundos, los ojos somnolientos, pegados de tanto dormir, el pelo oscuro muy revuelto. Eran las once de la mañana y hacía un día espléndido. En cuanto acabara de desayunar, él y Laurita irían a la piscina a bañarse–. Cola Cao...
– Cola Cao para Manuel... ¿y Laurita? ¿Qué vas a tomar tú? –la abuela se volvió a medias, solícita, para ver qué decía su pequeño angelito. Laura estaba aún más adormilada que su hermano; el sedoso cabello castaño caía enredado en torno a su carita dulce, marcada aún con las rayas de las mantas de la cama. Ninguno de los dos pequeños parecía haber acusado el calor. Habían dormido a pierna suelta.
– Yo quiero leche sola... –Laura exhaló un bostezo largo y disfrutado. Se frotó los ojitos tratando de sacudirse el sueño– Y galletas, abuela...
– Claro, tenéis lo que queráis, galletas, tostadas, magdalenas... – María salió de la cocina y desapareció en la despensa un instante, sólo para volver cargada con todo un repertorio de dulces para el desayuno– Escoged lo que más os guste, ¡lo he comprado para vosotros!
Ambos hermanos rieron encantados ante el festín desplegado sobre la mesa. En casa nunca tenían tanto donde elegir, galletas Cuétara a lo sumo...
– Y tú abuela... ¿No vas a desayunar?
– Oh, no, no... Yo ya he desayunado hace horas. Llevo mucho levantada. Con este calor...
Manuel observó a su abuela con amor, la boca embadurnada de Cola Cao, mientras degustaba una sabrosa magdalena bien untada y chorreante. ¿Por qué estaba tan triste? Sus ojos se perdían en el vacío, ausentes; muy atento, vio que sus ancianas manos se retorcían inquietas, entrelazaba los dedos en el regazo; una apatía oscura la envolvía como un aura de infelicidad, soledad, amargura... Únicamente parecía animarse cuando estaba con ellos, y aun así...
De pronto algo sorprendente llamó la atención de Manuel. Lo que quedaba de la magdalena que había estado mordisqueando quedó suspendido en el aire, paralizada su manita, hasta deshacerse y caer en el vaso humeante con un salpicón. No podía apartar la vista del cabello de su abuela, el cual, blanco y bien peinado en un moño perfecto, se deshacía en su presencia, como desenredado por manos invisibles. Alargado en mechones y liberado de las horquillas que lo sujetaban, cayó sobre sus hombros, hermoso y ondulado... Las horquillas cayeron al suelo una tras otra.
Manuel perdió el aliento. Miró a su hermanita, que ajena a cuanto sucedía se entretenía con una galleta, tratando de que no se le rompiera mientras se la llevaba a la boca: no había visto nada. Miró de nuevo a la abuelita, que ni siquiera parecía ser consciente de lo que sucedía. No hacía el menor gesto, no estaba asustada...
– Abuela... –logró decir al fin. Ella salió pesadamente de su ensimismamiento, y al ver el sobresalto de Manuel se llevó la mano al pelo.
– Vaya... Ya se me ha vuelto a soltar... ¡Estas horquillas no sirven para nada!
María se agachó, recogió las horquillas, y como si nada hubiese ocurrido recompuso su cabello en un apretado moño. Manuel la observó perplejo. No creía en modo alguno que el moño se hubiese deshecho por culpa de las horquillas.
– ¿Puedo sacar a Saltarín? –Laurita había terminado el desayuno y se levantó, tirando de la falda de su abuela, la cual se puso a recoger la mesa con total tranquilidad– ¿Puedo llevarlo yo solita a la calle? –insistió la pequeña palmoteando entre risitas de alegre expectación.
– ¿Has tomado el jarabe?
– No... Lo tomaré luego.
– Ay, no cariño. Tienes que tomarlo ahora. Tu madre me dijo cada seis horas. Venga, siéntate y te lo tomas. Luego podrás ir con Saltarín.
– Nooo... –Laura se sentó otra vez en su silla y apoyó la carita entre las manos, haciendo pucheros.
– Así me gusta. –mientras tanto, Manuel se limpió la boca con la manga del pijama, ensimismado con lo que acaba de presenciar. Espió de reojo a la abuela mientras ésta abría la puerta del armario y sacaba el jarabe de Laura. Esperaba que sucediese algo extraordinario de nuevo. El dulzón olor del jarabe se esparció por la vieja cocina– Una cucharadita ahora, y otra con la merienda.
– ¡Voy por Saltarín! –Laurita se tragó el líquido ámbar que le dio María en una cucharita de plástico y salió de la cocina a la carrera, relamiéndose mientras tanto lo que quedaba en la comisura de sus labios.
La abuelita guardó el frasco de la medicina de nuevo en el armario y se acercó a la ventana. El sol se derramó sobre ella abrazando su figura frágil. Arrancaba destellos de amargura de sus ojos llorosos. Un suspiro brotó de sus labios nostálgicos; del bolsillo de la chaqueta de hilo extrajo una foto de su difunto marido, el abuelo José, y la apretó contra el pecho dulcemente. Manuel descubrió una lágrima furtiva deslizándose por su mejilla.
– ¿Abuelita? –susurró despacio, temiendo molestarla. Ella no le oyó.
Manuel no sabía qué hacer. Se levantó, y a punto estuvo de abrazarla para darle consuelo, pero entonces vio algo en la encimera que le dejó sobrecogido: el frasco del jarabe... ¡volvía a estar fuera del armario!
– ¡Abuela! –Manuel estaba seguro ahora de que algo extraño y sobrenatural estaba sucediendo ante sus ojos. María se volvió hacia él, y al ver el miedo en su carita se sobresaltó.
– Manuel, cariño, ¿qué te ocurre? –le abrazó y acarició el pelo, pero Manuel seguía temblando. Señaló con sus deditos la encimera y el jarabe.
– El jarabe de Laurita... Está fuera del armario... Tú lo habías guardado, ¡yo lo he visto!
– ¿El jarabe?
María vio el frasco sobre la encimera. No lograba comprender cómo había llegado ahí si ella lo acababa de guardar hacía sólo un momento... Sacudió la cabeza, restándole importancia; automáticamente buscó en su mente una explicación razonable. Pero no convenció a Manuel.
– Lo habré vuelto a dejar fuera, estoy muy mayor y ni yo misma sé lo que hago, Manuel. No hagas caso, son cosas de tu abuela.
– ¡No! Yo lo he visto. ¡Tú lo has guardado en el armario, antes no estaba en la encimera! ¡Y además está lo de tu pelo!
– ¿Mi pelo? –María está desorientada– ¿Qué le ocurre a mi pelo?
– Te lo han soltado –explicó el chico con resolución–, yo lo he visto...
La abuela se llevó una mano trémula al moño recién compuesto sobre su coronilla. Una sombra velaba sus bellos ojos castaños.
– No, Manuel –negó–. Se han caído las horquillas.
– Pero abuela...
– Anda, déjate de fantasías Manuel. Ve con tu hermana Laurita, que Saltarín tiene mucha fuerza y podría tirarla al suelo. Id a la piscina a jugar hasta la una y media. A esa hora os quiero aquí con la comida en la mesa. Anda, sé bueno...
Manuel desvió la mirada, seguro de lo que ha visto. Pero no quería disgustarla, así que se acercó y le dio un beso conciliador en la mejilla.


Manuel se despertó al oír a Laura revolverse en su camita, la respiración forzada y sibilante pugnando por normalizarse en su pechito agitado. Todo estaba oscuro en la habitación abuhardillada, pero a través de la pequeña ventana la luna iluminaba tenuemente las cosas a su alrededor, derramando una luz suave e irreal sobre la cómoda adornada con alegres florecillas pintadas a mano, las hadas dibujadas en las puertas del viejo armario, las dos camitas arrimadas a la pared recién empapelada, la una pegada a la otra, la mesilla con su lamparita, y sobre esta última, el Ventolín de Laurita.
Manuel sabía muy bien qué hacer. Cogió la medicina y despertó a Laurita con tierna suavidad. La niña abrió los ojos y miró a su hermano llorosa.
– No puedo respirar... –lloriqueó balbuciente, con las manitas sobre el pecho. Manuel la ayudó a incorporarse, obligándola a sentarse en la cama. Le frotó la espalda con mucho amor, porque sabía que eso siempre la tranquilizaba.
– Tienes que relajarte, Laurita... –susurró en su oído. Lo hizo en voz baja, aunque sabía que la abuela no podía oírles desde su habitación, en el piso de abajo. Además, estaba tan sorda, que aun cuando gritara seguiría sin despertarse; pero era de noche, y por alguna razón que no alcanzaba a comprender bien parecía que de noche uno siempre debía hablar en voz muy bajita...– Sujeta tú el Ventolín, así... Póntelo en la boca, ya lo has hecho muchas veces, ¿recuerdas? Te hará respirar mejor, ya verás…
La pequeña colocó obedientemente el tubo en su boquita y apretó el dosificador de un extremo a la vez que aspiraba con fuerza por el otro la medicina. Aún tardaría un rato en recuperarse, por eso Manuel se acomodó junto a ella y la rodeó con su brazo. Sentada estaba mejor que tumbada, el aire llegaba mejor a sus pulmones si estaba incorporada, pero estaba tan cansada que se caía de sueño, y sin embargo no podía dormirse porque a su vez, no lograba respirar... Era la historia de casi todas las noches, una lucha denodada contra el asma.
Los dos hermanos, sentados muy juntos en la cama de Laura, pasaron el rato como pudieron. Manuel cogió el cuento de ”El gato con botas”, uno de los preferidos de la niña, y pasó las páginas despacio, mirando los dibujos y leyendo lo mejor que podía para distraerla. Poco a poco el pecho de Laura se relajó y comenzó a respirar mejor, cada vez con menos esfuerzo; se fue relajando, se le cerraron los ojitos... Hasta que se durmió sobre su hombro. Manuel cerró el libro de cuentos y la acostó con cuidado, arropándola bien. Le aliviaba ver que ya no se asfixiaba y, conmovido, le dio un tierno beso en la frente aún enfebrecida.
Cuando por fin volvió a acostarse sintió una repentina sed y unas tremendas ganas de orinar. Hacía mucho calor y ya no tenía sueño, pero la cocina estaba abajo, y la idea de bajar solo por las escaleras, de noche... no le hacía ninguna gracia... Cerró los ojos y trata de conciliar el sueño, sin embargo tenía la garganta seca, y la vejiga le apretaba acuciante: ¡si no iba al baño enseguida se le escaparía el pipí en la cama! Volvió a abrir los ojos y miró alrededor: todo estaba en calma. Fuera los grillos animaban la noche y la luna todavía iluminaba claramente la habitación. Mejor, así no tendría que ir a tientas, porque había decidido arriesgarse.
Al final se levantó. De puntillas se acercó a la puerta, procurando no despertar a Laurita, la cual ahora dormía plácidamente, el largo cabello revuelto sobre la almohada en torno a su carita redonda. Abrió con cuidado, procurando evitar al máximo el quejumbroso chirrido de la puerta al girar sobre sus goznes oxidados. Miró hacia el pasillo. Al fondo la puerta de la habitación de invitados estaba entreabierta, y la del baño, a la izquierda, también. Una ventana alta y estrecha al final del largo pasillo dejaba entrar la luz de la luna a raudales. Esta circunstancia le produjo un gran alivio y le infundió el ánimo necesario para salir. El suelo de baldosa estaba muy frío y le hacía cosquillas en la planta de los pies descalzos.
En un santiamén llegó al cuarto de baño, pequeño y aseado, y aliviado se plantó junto a la taza del inodoro. Mientras hacía pis se quedó mirando las cortinas de hilo que colgaban cubriendo el ventanuco ovalado que había sobre su cabeza. Se agitaban levemente, animadas por una suave y cálida brisa nocturna; fuera el cielo se abría plagado de estrellas titilantes: a él le encantaban las estrellas.
Cuando terminó salió sin cerrar la puerta y se dirigió a la cocina con el mismo sigilo que antes, aunque no lograba evitar que las escaleras de madera crujiesen bajo sus pies. Para colmo, allí no había tanta luz. Las contraventanas del piso bajo debían estar cerradas... Manuel se sintió realmente incómodo y, aun cuando no lo deseaba en modo alguno, irrumpió en su mente el recuerdo de los extraños acontecimientos acaecidos durante el desayuno de esa misma mañana: el jarabe... el moño de su abuela... Su imaginación se disparó y antes de que se diese cuenta estaba temblando de temor. La idea de que un fantasma pudiese aparecer ante él en plena noche desbocó los latidos de su corazón. Se pegó más a la pared.
Cuando al cabo de lo que le pareció una eternidad alcanzó el piso bajo todo estaba oscuro y apenas distinguía las formas de los muebles. Sin embargo logró llegar a la cocina sin tropezar con nada. Desde donde se encontraba podía oír a su abuela roncar... Manuel siguió adelante repitiéndose a sí mismo que si ella dormía tan tranquila, entonces, ¿por qué había de tener miedo? Armándose de valor llegó hasta el fregadero y alargó el brazo para alcanzar un vaso del armario que había sobre él. De puntillas se estiró cuanto pudo, rozó con sus deditos el cristal y tras un prolongado esfuerzo logró aferrar uno alto y estrecho. A tientas abrió el grifo y dejó correr el agua, humedeciéndose con la lengua los labios resecos... Se moría de sed...
Un tirón en su pijama le heló la sangre. Se quedó donde estaba, el vaso rebosante bajo el grifo, desbordando el agua del chorro a borbotones. No se atrevía a mirar. La chaqueta del pijama se estiró otra vez a su espalda, como si alguien tirara de ella con insistencia. Pensó en Laurita, que podía haberse levantado y a lo mejor también quería agua. Tratando de calmarse echó un vistazo por encima de su hombro.
Su hermanita no estaba allí. Miró con ojos desorbitados su chaqueta, tensa, como enganchada a algo invisible; un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Las rodillas le temblaban, flojeaba irremisiblemente; estaba a punto de derrumbarse, incapaz de gritar. Trató de soltarse, pero algo le tenía bien agarrado, notaba claramente como esa fuerza invisible tironeaba cada vez más fuerte de él, haciéndole incluso trastabillar...
El vaso acabó por caer de su mano insegura. Se estrelló en el suelo, haciéndose añicos. Mudo de pavor, Manuel abrió la boca. Pugnó por gritar, quería llamar a su abuela, pero se había quedado sin voz. Su garganta se negó a emitir sonido alguno, el pánico le dominaba.
Algo rozó sus cabellos, unos dedos invisibles se enredaron en su coronilla. Manuel trató de volverse, pero algo o alguien se lo impedía agarrándole del brazo.
– Manuel...
La histeria estalló en su mente infantil y de un empellón desesperado se liberó. Demudado por el terror corrió fuera de la cocina y subió las escaleras todo lo rápido que pudo, hacia la seguridad de su habitación, en la buhardilla. En su cabeza aún resonaba la voz de ultratumba que había susurrado claramente su nombre.
A su espalda el grifo del agua chorreaba abierto, pero algo... o alguien, tuvo que cerrarlo, porque cuando Manuel se metió de un salto bajo las sábanas de su cama ya no se oía nada... Sólo se escuchaba a sí mismo respirando entrecortadamente y a Laurita a su lado, muy cerca, profundamente dormida. No recordaba si había cerrado la puerta al entrar y eso le llenó de temor. No se atrevió a mirar...
Una lágrima rodó por su cara contraída de miedo. Se encogió hecho un ovillo para no ver, horrorizado al imaginar que una mano fantasmal arrancaba las sábanas que le protegían buscándole... Gimió, lloriqueando de espanto.

Manuel estaba solo, encaramado a una gruesa rama de la vieja encina que crecía junto a la piscina. Laurita jugaba con sus amiguitas bañándose; desde donde estaba podía verla muy bien, al igual que la casa de su abuela. Desde allí se le antojaba más vieja, con su tejado rojo, la alta chimenea humeante, las ventanas del primer y segundo piso abiertas de par en par, incluso podía distinguir la ventana de su habitación, en la buhardilla. Contempló pensativo el vetusto edificio, tratando de encontrar una respuesta a lo sucedido la otra noche, pero sobre todo a la reacción de la abuelita cuando se lo había contado al día siguiente. ¡Ella no le creyó! Dijo que todo habían sido imaginaciones suyas, que seguramente estaba tan dormido que creyó ver fantasmas, y que no le iba a dejar leer más los viejos cuentos del abuelo, porque estaba segura de que habían sido los causantes de esas pesadillas tan espantosas... Manuel lanzó una ramita hacia la casa, lleno de impotencia y de rabia. ¡Él no lo había soñado! ¿Y lo del pelo? ¿Y lo del jarabe? ¿Eran todo invenciones suyas? Fijó su atención en Laurita, que reía profiriendo agudos chillidos de diversión, ajena a todo; ella nada sabía de fantasmas, ni él quería que se enterara... Pero se sentía solo, y tenía miedo... Lo que era seguro era que no volvería a ir de noche al baño o a la cocina.

Pasaron los días, y aunque los extraños sucesos continuaron repitiéndose a partir de entonces, la abuelita permanecía sumida en su apatía. Un aura de tristeza la acompañaba como una sombra lóbrega de añoranza... La presencia de sus nietos no lograba mitigar su pena, amarga y profunda; pasaba los días rebuscando en sus recuerdos cuando creía que nadie la veía, contemplando durante horas las fotos de su difunto marido José, los ojos anegados en lágrimas. Manuel lo sabía porque la espiaba cuando pensaba que se había quedado sola. Ahora había descubierto que tenía un arcón repleto de fotografías deslucidas de cuando el abuelo José vivía, y estaba el hecho de que aún no se hubiese deshecho de su ropa. Guardaba todas sus pertenencias donde habían estado siempre, incluso el bastón tallado que usaba para salir a pasear permanecía colgado en la entrada; la hermosa pipa que fumaba cada noche continuaba en la repisa de la chimenea, con su tabaco en la cubeta; las gafas con las que leía estaban plegadas en el brazo de su butaca preferida, junto al último libro que había estado leyendo antes de morir de un ataque al corazón, como si un día fuese a regresar de un largo viaje...

Aquella noche era muy tarde, más de las doce, y tenía sueño, pero no quería acostarse. Aguardaba oculto en la escalera, seguro de que algo iba a suceder. Somnoliento observaba a la abuelita sentada en la sala, en la butaca del abuelo José. Laurita estaba arriba, en la habitación, durmiendo tras un fuerte ataque de alergia que le había durado todo el día. Manuel ya le advirtió que no husmeara entre los libros del desván, pero ella no le había hecho caso, y al cabo de media hora ya estaba estornudando y moqueando, los ojos llorosos e hinchados a causa del polvo acumulado entre las páginas de aquellos volúmenes gastados por el tiempo.
La abuelita revisaba como todas las noches, una tras otra, las incontables fotografías del abuelo en vida. La lamparita de la mesa camilla iluminaba la escena suavemente. Sobre la repisa de la chimenea había un retrato más reciente del abuelo en el camino que subía a la sierra, con su bastón, sonriente; Manuel apenas se acordaba de él, pero sabía que era una buena persona, alegre y cariñosa... Le hubiese gustado conocerle mejor. La abuela cogíó el retrato y lo sostuvo unos momentos entres sus manos temblorosas; en ese íntimo instante parecía tan frágil que Manuel sintió lástima por ella. Observó cómo las ya habituales lágrimas acudieron en tropel a su mirada triste. Aún continuaba llorando cuando volvió a depositar con sumo cuidado la fotografía en su sitio.
Un golpe sobresaltó tanto a la abuela como a Manuel. Éste observó desconcertado que el retrato había caído al suelo, a los pies de su abuelita. Quizás la razón de tal suceso estribaba en que había sido apoyado precariamente en la repisa, lo cual había ocasionado la caída, pero cuando María lo devolvió a la repisa, cayó de nuevo, como si le hubiesen propinado un manotazo. Ella lo recogió y volvió a colocarlo en el mismo sitio dos, tres, cuatro veces, y tantas como ella lo dejaba allí, volvía a caer al suelo... Manuel tuvo miedo, pero no pensaba dejar sola a la abuela. Ésta finalmente optó por ceder. Dejó el retrato donde había quedado, a sus pies. Para mayor exasperación de su nieto, continuó con su cotidiano repaso del álbum familiar, como si nada estuviese sucediendo. ¿Realmente no se daba cuenta de que había fantasmas?
Para colmo de males el apretado moño de la abuelita, tan perfectamente peinado como siempre, comenzó a deshacerse paulatinamente, un fenómeno que se había convertido ya en algo habitual para Manuel; lo había visto más de diez veces desde que ocurriera la primera vez. Como de costumbre, las horquillas cayeron al suelo... La abuelita permaneció ajena por completo, indiferente a todo.
El teléfono sonó de repente, rompiendo la magia del momento. Manuel se asomó para ver mejor qué hacía la abuela María. Ella dejó a un lado el álbum abierto por la mitad, se levantó con dificultad, y caminó despacio hasta la cómoda que había junto a la puerta de la entrada principal.
– ¿Diga?
– Soy yo, Sara...
– ¡Ah! Hola hija, ¿qué tal las vacaciones?
– Bien... Pero hace demasiado calor. ¿Están bien los niños?, ¿Laura?, ¿le das el jarabe y la medicación para la alergia?
– Sí, sí, están muy bien...
Su anciana voz sonó distante, complaciente. Manuel sabía que la abuela añoraba a mamá: desde que se casara con Javier, su padrastro, habían transcurrido cuatro años sin estar juntas. La conversación aún se prolongó unos minutos, el tiempo suficiente para que mamá supiese que ellos estaban bien y que no había ninguna novedad. Una despedida corta y torpe desencadenó el “clic” del teléfono al colgarlo la abuela muy despacio. Se quedó pensativa un momento. Luego, sacudiendo la cabeza apesadumbrada, regresó a su butaca y recogió el álbum del suelo con un prolongado suspiro. Al hacerlo descubrió a Manuel. Percibió sus ojos muy abiertos clavados en ella, su mirada de reproche, inquisitiva, triste, dulce a la vez... tantas cosas expresaban aquellos infantiles y hermosos ojos...
– Abuela –Manuel ya no podía permanecer escondido en la escalera, así que se decidió a salir. Se acercó para arrodillarse junto a la abuelita– ¿Qué está pasando?, ¿qué quieren los fantasmas?
– ¿Qué haces levantado a estas horas, mi niño? ¿No puedes dormir? –otra vez se hacía la despistada... ¿O realmente no se daba cuenta de nada?
– ¡Abuela! ¿Es que no ves que hay fantasmas?
– ¿Fantasmas? –un gesto de sorpresa se dibujó en la expresión de su abuelita– Cariño, aquí no hay fantasmas, ¿por qué no dejas ya esas fantasías? –le acarició con dulzura, y Manuel se dio cuenta de que realmente ella creía en lo que le estaba diciendo– ¿De dónde has sacado esas ideas? ¡No estarás leyendo a escondidas los cuentos de tu abuelo! Ay... Señor, ¡debí quemarlos! –¿hay dudas en ella o ha sido sólo una impresión suya?– En fin, mañana los tiraremos a la basura, y no se hable más. Anda Manuelito, que ya es muy tarde... ¿Por qué no te acuestas? Tienes que descansar si quieres ir mañana a la sierra con tus amiguitos.
– No quiero acostarme, abuela. Quiero quedarme contigo y cuidar de ti. Yo sé que hay fantasmas, y tú también... ¿por qué dices que no?
– Pero cariño... –se notaba que no sabia qué decir; ahora estaba nerviosa y se mostraba impaciente, su respiración se había agitado y su pecho subía y bajaba muy rápido– Mira, no dejaré que vuelvas a leer esos condenados libros de tu abuelo... Son demasiado fantasiosos y mira lo que ocurre ahora. ¡Tienes la cabeza llena de fantasías! Mañana los tiraremos, no quiero que vuelvas a leerlos.
– ¡Pero si no es por culpa de los libros! ¡Y tú lo sabes! ¡Abuela... tienes que hacer algo! –Manuel se levantó y cogió con sus manos el rostro preocupado de la abuela María, obligándola a mirarle de frente. Se vio reflejado en sus hermosos ojos y decidió que haría lo que fuese para que los fantasmas les dejasen en paz– ¡A mí también me persiguen! ¡Anoche mismo me tiraron al suelo mientras jugaba en el patio! ¿Es que no lo ves? Abuela, por favor... Yo te ayudaré, te lo prometo.
Se la veía tan vieja de repente, como si todo el peso de su soledad se hubiese desplomado sobre sus hombros, encorvando su espalda, pronunciando las arrugas de su frente, encaneciendo más sus blancos cabellos... acrecentando el aura de tristeza que siempre la acompañaba. Manuel la abrazó impulsivamente...
La bombilla de la lámpara que había sobre la mesa camilla, muy cerca de ambos, abuela y nieto, estalló mientras estaban abrazados, como celosa de su intimidad. Al mismo tiempo un grito procedente de la buhardilla les sobrecogió. La sala quedó completamente a oscuras; se quedaron paralizados, mudos, muy juntos y temblorosos... Era la primera vez que la abuela María demostraba tener miedo.
– Laurita...
Un segundo grito les encogió el alma, pues ahora estaba muy claro que era Laura quien gritaba.
– ¡Laurita!
La abuela cogió a Manuel de la mano y se abalanzó a ciegas hacia la escalera, con una energía inusitada en ella. No dejaba de murmurar plegarias en voz baja.
– ¡Laura! ¡Laura! ¡Ya vamos! –Manuel se soltó de un tirón de la férrea mano de su abuela y corrió como un rayo hacia la habitación de su hermana. Ya no le importaba si había fantasmas o no, sólo quería sacar a Laurita de allí. Tropezó varias veces antes de alcanzar el rellano del tercer piso, pero al fin se encontró frente a la puerta del dormitorio donde habían estado durmiendo desde que llegaran: estaba cerrada.
– ¡Laura!
– ¡Manuel!, ¡espérame! –la abuela María terminó de subir; estaba sin resuello, y tenía que buscar apoyo para poder recuperar el aliento y las fuerzas; era ya muy mayor para correr de esa manera.
– ¡Abuela, la puerta está cerrada! –protestó Manuel. Empujó con todas sus fuerzas, pero estaba cerrada con llave por dentro– ¡Lauraaaaaa!
La pequeña volvió a gritar. Se oyó un estruendo. La abuela María palideció, consciente por vez primera de la realidad de cuanto estaba sucediendo en la casa...
– ¡Ay Dios mío... ¡Laurita! –llegó hasta donde estaba Manuel, y apartándolo de la puerta trató de abrirla. Sin éxito– Manuel, trae las llaves que hay en el bolsillo de mi bata, en el armario de mi habitación... ¡Corre!
El niño no se hizo de rogar y salió disparado hacia el piso de abajo. Se tapaba los oídos para no escuchar los gritos histéricos de su hermana. Apenas tardó tres minutos en llegar hasta la alcoba de su abuela. Entró como un vendaval con una sola idea en la cabeza: conseguir las llaves de la buhardilla...
Pero el espectáculo que se estaba desarrollando en el amplio dormitorio le hizo detenerse bruscamente, sobrecogido, mudo de asombro: la ventana estaba abierta de par en par, el armario ropero estaba siendo vaciado por manos invisibles, y había mucha ropa flotando en círculos vertiginosos sobre su cabeza, remolino irreal que luego iba cayendo a su alrededor hasta formar un montón desordenado a sus pies.
– ¡Manuel!
Las cortinas de la ventana se agitaron violentamente, ondeando fantasmagóricas a la luz de la luna. Hacía mucho calor, casi no se podía respirar. Manuel observó el temblor de la lámpara del techo: las bombillas estallaron un tras otra, los cajones de las mesillas, de la cómoda, todo en torno a él fue revuelto en una sucesión imparable de caótico desorden...
– ¡Manuel!
El pequeño trató de superar su miedo y en un arranque de valentía corrió hasta el armario y buscó la bata de la abuela entre la ropa que aún quedaba colgada en las perchas. Cuando la encontró recuperó las llaves del bolsillo y salió corriendo, tropezando con los objetos que giraban y giraban por toda la habitación a un ritmo frenético y enloquecedor. Atravesó el pasillo alocadamente; lívido. Corrió todo lo que pudo, pero cuando se disponia a subir hasta la buhardilla, algo le sujetó por detrás, frenándole bruscamente; él sabía que si miraba no vería a nadie, así que tiró y tiró con todas sus fuerzas, tratando de soltarse. Pataleó frenético, llorando de angustia, y por un momento creyó notar un gélido aliento junto a su cara. Era tal el pánico que le dominaba que de un violento y desesperado revolcón se vio al fin liberado.
– Dame la grande y dorada… –Manuel llegó junto a su abuela sin aire, tembloroso, su carita llena de lágrimas. Respiraba entrecortadamente cuando le entregara la más grande de todas las llaves que sujetaba en su mano abierta a su abuela. No le contó lo que había visto en la habitación ni lo que le había pasado en la escalera porque lo único que le importaba ahora era recuperar a Laurita, cuyo llanto llegaba hasta ellos sordo y apagado.
– Abre abuela... Abre, rápido... –Manuel miró a su espalda, temeroso de las manos invisibles que antes le habían retenido.
La abuela, muy nerviosa, logró introducir la vieja llave en la cerradura y abrió la puerta. Manuel se coló raudo en la habitación, tan revuelta como la otra, y corrió hacia la cama de Laurita. La pequeña se había ocultado bajo las mantas y lloraba espantada mientras sobre ella giraban alocadamente todos los libros del abuelo, abiertos, desmadejados, desprendidas sus viejas páginas, que flotaban empujadas por un aliento invisible pero perceptible.
– ¡Ay Laurita, vámonos mi vida! –la abuelita cogió a los dos pequeños y los sacó de la buhardilla, apretándolos fuertemente contra su pecho protector, uno a cada lado, mientras rezaba angustiada sin explicarse cuanto estaba sucediendo.
A su espalda los libros del abuelo José, sus viejos volúmenes, los más leídos, los que más apreciaba... revoloteaban por el aire endemoniadamente. La abuelita no podía creer lo que acababa de presenciar.
De repente dio media vuelta y aferrando a sus nietos de la mano se los llevó escaleras abajo, hacia la sala.
– Abuela... En tu habitación... Toda la ropa estaba volando, como en la buhardilla. ¿Ahora me crees? ¿Ves cómo no eran fantasías?

Ella se detuvo en mitad de la escalera como si de repente hubiese comprendido algo. Cogió a Manuel por los hombros.
– ¿Toda la ropa?
– Sí... Todo daba vueltas por el aire, como los libros del abuelo. –Manuel no lograba comprender el nuevo comportamiento de la abuela.
– Manuel, hijo... Claro que te creo, pero necesito que me digas si era toda la ropa o sólo la del abuelo...
Manuel reflexionó un momento.
– La del abuelo... –respondió finalmente. Ahora estaba seguro, en el armario sólo quedaban las cosas de la abuela... Y entonces una idea estalló en su cabeza: ¿era el abuelo quién estaba provocando todo aquello?, ¿el fantasma del abuelo José? Pero ¿por qué?, ¿y por qué le había sujetado y asustado así a él? No, el abuelo José no haría esas cosas... A no ser que... ¿Y si estaba tratando de decirles algo?
– Ay Dios mío... –la abuela quizás había llegado a la misma conclusión, porque ahora se mostraba muy inquieta– ¿Qué he hecho? Mi José...
– Abuela, ¿qué pasa?
Ella no le escuchaba. Fue hacia su dormitorio muy despacio, apoyándose en la pared del pasillo para no perder el equilibrio. De pronto las fuerzas parecieron haberla abandonado. Estaba lívida, las mejillas cubiertas de lágrimas, los labios temblorosos balbucientes. Manuel la seguía bastante inseguro, sin comprender. Llevaba a la pobre Laura muy apretada contra él; la pequeña no dejaba de hipar, llorosa a causa del tremebundo susto que se había llevado al despertar en su habitación en medio del alocado baile de libros.
Al llegar junto a la puerta de su cuarto la abuela se detuvo en el umbral, estupefacta. La expresión de su rostro pasó de la incredulidad al miedo, pintándose a continuación toda clase de emociones en él mientras repetía una y otra vez la misma frase.
– Qué he hecho...? Mi José... Ay Dios mío...
–¿Abuela?
– Marchaos... No entréis aquí oigáis lo que oigáis. ¿Lo habéis comprendido? Hay algo que debo arreglar... Manuel, llévate a Laurita y quédate con ella en la sala. No os pasará nada, os lo prometo –no les miraba, sólo extendió la mano hacia ellos_. ¿Manuel?
– Sí, abuela.
La vieron dudar y finalmente entrar en el dormitorio. Cerró la puerta tras ella.
– ¿Dónde ha ido la abuelita?
– ¿No lo ves? Está en su cuarto, Laurita.
– ¿Y por qué no se queda con nosotros? ¿Y si la atacan los fantasmas? ¿Y si vienen a por nosotros?
– No, claro que no... –Manuel estaba seguro ahora de que se había sido el fantasma del abuelo José quien había estado todo el tiempo intentando comunicarse con ellos, sólo que la abuela no se había dado cuenta. Quizás ahora el abuelo estaba algo enfadado por eso... Este pensamiento le hizo sentirse mejor; ya no tenía miedo, ¿y por qué habría de temer al abuelito?– Laurita, acuérdate que tú misma me dijiste una vez que los fantasmas son siempre buenos, ¿ya no te acuerdas?
– Sí, pero ahora ya no lo creo. Tengo miedo... Quiero ir con la abuelita...
– Escucha, Laura... ¿Ya no confías en mí? Sabes que siempre te he cuidado bien, y te prometo que si te quedas conmigo y te portas bien, no nos pasará nada. –Manuel la abrazó muy fuerte, no podía explicarle que el abuelo José había estado montando todo aquel jaleo porque no lo iba a entender– Venga Laura...
Manuel procuró ignorar sus gimoteos y la cogió la mano con todo el cariño, para tranquilizarla. Escuchó atentamente a través de la puerta, tratando de percibir algo en la habitación de la abuela. Pero el más absoluto silencio reinaba ahora en toda la casa. No se oía nada. ¿Y qué podía hacer él? Por alguna razón sabía que no debía entrar. Se le ocurrió una idea para distraer y contentar a su pequeña hermanita.
– Iremos a buscar a Saltarín y lo traeremos a la sala, ¿vale? Así nos cuidará hasta que la abuela salga...
Laurita no pareció demasiado convencida; no entendía por qué la abuelita se había encerrado en su cuarto y estaba enfadada con ella. Pero confíaba en Manuel, así que al fin asintió muy seria y le siguió sin rechistar hasta el piso de abajo, y de ahí a la calle, donde la temperatura era sofocante. Bajaron corriendo en dirección al cobertizo en el que la abuela guardaba a Saltarín. Sus pasos resonaban en la noche. Manuel ya no temía nada, porque el pueblo de la abuela era muy tranquilo, asentado en la falda de la alta sierra, junto a una garganta natural que derramaba todo el año un torrente abundante de aguas límpidas, río de vida que bajaba serpenteante hasta el ancho valle que se abría más abajo... Allí había buena gente, y nada malo podía sucederles. Manuel lo sabía.
Al llegar junto al desvencijado portón de madera del angosto cobertizo oyeron a Saltarín ladrar de contento al otro lado. El viejo portón pesaba mucho para ellos. Sólo al cabo de un rato Manuel logró abrirlo, empujando con todo su peso. Laurita sonrió, más contenta ante la perspectiva de ver a Saltarín. Al momento le pusieron al fogoso perrito canela su collar, y lo sacaron para llevárselo a la casa. Los tres juntos regresaron muy despacio. Cuando llegaron se refugiaron en la sala, junto a la chimenea. Manuel pensó en su abuela, preguntándose qué estaría haciendo en la habitación...

Al llegar la mañana el sol entró a raudales a través de la ventana de la pequeña buhardilla; una fresca brisa animaba las alegres cortinas, las cuales revolotearon dulcemente sobre Manuel y laurita. Su sueño era profundo y tranquilo; ambos dormían en la cama de Manuel, Laurita abrazada a él como si de novios se tratase, las largas pestañas cerradas sobre sus mejillas arreboladas. Manuel, la cabeza ladeada, respiraba muy despacio sobre la cabellera revuelta de su hermanita, sumido en un agradable sueño. A los pies de la cama Saltarín gimió impaciente, el morro entre las patas, los grandes ojos acaramelados fijos en la puerta de la habitación, las peludas orejas atentas a los sonidos de la casa, que poco a poco despertaba.
Laurita fue la primera en abrir los ojos somnolientos. Bostezó abriendo mucho la boca desdentada y sonríe al ver a Saltarín, que se había levantado muy contento meneando el rabito lleno de entusiasmo. La pequeña se sentó cruzando las piernas y llamó al nervioso cocker. Palmeó sobre la cama para que subiese con ella. Manuel también se despertó: imposible seguir durmiendo con el jaleo que armaban Laurita y Saltarín. La risa de su hermana resonó en la habitación y Manuel sonrió muy animado. Aspiró el aire fresco que entraba por la ventana y se alegró de que al fin se hubiese ido el agobiante calor.
Sólo al cabo de un largo rato fue consciente de que el revuelo de libros de la noche anterior había desaparecido. De hecho, no quedaba un solo volumen del abuelo en las estanterías, ni sobre la mesilla, ni en el suelo, ni sobre la cómoda... No había rastro... Sólo quedaban los cuentos infantiles que Laurita solía mirar antes de acostarse.
Fuera se oían voces, niños que subían a la piscina, madres que iban a comprar antes de que se hiciese muy tarde, el señor Genaro que pasaba con su mula de vuelta del huerto... Todo volvía a la vida y por un momento Manuel creyó haber soñado cuanto había sucedido en días anteriores. Sin embargo todo había sido tan real...
– Mira Manuel, los libros del abuelito ya no están... ¿A dónde se los han llevado los fantasmas?
Pero claro, nada había sido un sueño... La voz de Laurita le hizo pensar en su abuela, a la que dejaran en su dormitorio la noche anterior.
– ¡La abuela! Corre Laura, tenemos que ver si la abuela está bien. ¡Date prisa!
– ¿Los fantasmas se han llevado también a la abuela?”
Manuel arrastró a la asustada Laurita fuera de la buhardilla. Bajaba las escaleras demasiado rápido para ella, con Saltarín ladrando por delante de ellos. Corrieron hasta la habitación de la anciana y Saltarín arañó la puerta para poder entrar. Estaba cerrada. Manuel se acercó algo asustado y llamó suavemente con los nudillos. No quería despertar a la abuelita si aún estaba durmiendo... Era muy temprano y la noche anterior había sido muy larga y extraña.
Sin embargo, nadie respondió.
– ¿Por qué no entras?
Laurita tiró de la manga de su pijama.
– ¿Por qué no entras? –insistió encogiéndose de hombros.
Manuel dudó, inquieto. Sopesó si deseaba cruzar la puerta y ver qué había sucedido. Recordaba que entrada la madrugada, cuando Laurita por fin se quedó dormida, él había creído mejor dormir en su cuarto, en la buhardilla, porque estaba seguro de que ya no iba a volver a suceder nada extraño... Había pasado con Laura en brazos por delante del dormitorio de su abuela y tuvo ganas de entrar a ver qué había pasado... Pero al final no se había atrevido. Se había acostado con su hermana en su cama y habían dormido de un tirón el resto de la noche...
Laura parecía haber perdido el miedo, o eso, o tenía muchas ganas de ver a su abuela, porque fue ella la que finalmente abrió la puerta muy decidida... Para su sorpresa, la abuela María no estaba allí. Saltarín dio muchas vueltas por todo el cuarto, olisqueándolo todo con gran nerviosismo. La cama estaba perfectamente hecha, la ventana abierta de par en par, y todo, los cajones, las puertas del armario, estaban así mismo abiertos... ¿Qué es lo que había cambiado? ¿Había dormido la abuela allí? ¿Dónde estaba si no? Manuel se percató de lo ordenado que estaba el cuarto y de la ausencia de las cosas del abuelo José. No quedaba nada, ni su ropa, ni sus zapatillas, ni sus recuerdos... ¡Nada!
– ¡Ven!
Sin pensarlo dos veces bajó a la sala seguido de Saltarín. Laura iba más despacio, agarrada a la barandilla de madera para no caerse. La sala estaba también muy recogida y limpia, y al igual que en el segundo piso las ventanas se encontraban plenamente abiertas. El ambiente se respiraba fresco y agradable y un dulce olor a leche recién hervida llegó hasta ellos desde la cocina... ¿Era la voz de su abuela la que llegaba desde el patio trasero? ¿Estaba cantando? Manuel reparó al dirigirse a la puerta de la calle en que ni el bastón, ni las gafas, ni las fotos, ni el libro de su abuelo José estaban ya allí.
Sonó el teléfono justo cuando pasaba a su lado (¿su madre?). Por un momento estuvo a punto de contestar, pero al final no lo cogió... El insistente “ring-ring-ring” se perdió en la distancia cuando salió a la calle como un rayo, intuyendo que algo había cambiado.
Un picante olor a fogata llegó hasta él, mezclado con el de la leche (su estómago le recordó que no había desayunado todavía y eran más de las doce), y sintió mucha hambre mientras corría hacia el patio de atrás seguido de Laura y Saltarín. La niña siguió al alegre perrito mientras batía palmas de entusiasmo: ella también percibía un cambio...
Cuando pasaron bajo el alto y estrecho arco que daba al patio descubrieron a la abuela María allí sentada, removiendo las brasas ardientes de una espléndida fogata cuyas llamas se elevaban devorando todos los recuerdos del abuelo José... ¡¡La abuela estaba quemando todas las cosas del abuelito!! Su ropa, sus libros... Apenas quedaba nada... Ella parecía haberse librado de una pesada carga, porque canturreaba alegremente besando las pocas fotografías del álbum familiar que aún quedaban a sus pies antes de arrojarlas una tras otra a las llamas. Manuel se acercó. Adivinaba lo sucedido y estaba muy aliviado, porque la tristeza había abandonado a la abuelita. Ella le miró. En sus ojos sólo había amor, la nostalgia se había borrado por completo de su expresión.
– Ven cariño... Y tú también Laurita... Venid a despediros del abuelo...
– ¿Ya se ha ido? –Manuel se abrazó a María, contento de verla feliz al fin– Estaba enfadado, ¿verdad?
– ¿Dónde está el abuelo? –Laura también abrazó a la abuela.
– Estaba enfadado conmigo, Manuel, porque no le dejaba ir... ¡Y yo no me daba cuenta de nada! Incluso cuando tú me avisaste, no te creí, tan ciega estaba... ¿Me perdonarás, mi vida?
– Abuela... ¿Qué ha pasado con los fantasmas? –Laurita contempló el fuego sin entender nada. Arrugó graciosamente su naricilla.
– Ya no hay fantasmas, Laurita. La abuela los ha echado, ¿verdad abuela? –afirmó Manuel muy contento. Besó a su abuela en la mejilla. No había nada que perdonar.
– Así es cariño, así es...
Una sonrisa iluminó su semblante amable al desprenderse de la última fotografía. La brisa sopló agitando las danzantes llamas en remolinos chispeantes que engulleron ávidos todo lo que había sido el abuelo, sus recuerdos... Todo excepto el amor de la abuela y de sus nietos, que contemplaron abrazados el fuego alegre crepitar y retorcerse hacia el cielo con dedos ardientes, sinuosos, mil lenguas candentes llevándose enredada en ellas la tristeza de aquella casa, liberando a la abuela María de su añoranza, de su soledad, de su nostalgia.


© Maite R. Ochotorena

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