Mi Último Cuadro

Una noche espesa, una voz susurrante, apenas un murmullo... Nadie cerca, ni pájaros, ni el viento entre las hojas de los altos árboles, nadie es testigo. Voy a pintar mi último cuadro, y las pinceladas serán trazadas en este mismo aire que aún respiro.

Me arrodillo, el suelo está húmedo; enlazo mi cabello en torno a la coronilla, entrelazo los dedos en su sedosa y prolongada belleza castaña; mis ojos recorren la penumbra que me envuelve y no dejan de sorprenderse ante tanta belleza... Los cierro, no quiero que sientan nostalgia, mi aliento se aquieta y calma mi pecho agitado de tantas emociones contrarias.

Suspiro.
No tengo miedo.

Una suave brisa se levanta y me embriaga, se enrosca en mi cuerpo, roza apenas mi piel tibia, besa mis labios, rodea mi cintura y sisea en mis oídos: “no lo hagas...”. Entre mis dedos la muerte refleja un destello afilado, una imagen desdibujada, de contornos precisos pero caprichosos... Es mi indiferencia.

Una noche espesa me espera. Aguarda paciente mi último suspiro, el más débil, el más valiente, el único que pedirá ayuda por mí, el que quizás anunciará el arrepentimiento antes
de perderse entre mis labios exangües.

Dejo la mente en blanco suspense, no quiero que se rebele. Cuento los latidos de mi corazón,
desbocados, llenos de vida, no quieren apagarse. Cuento hacia atrás y la muerte corta el aire
y muerde mi carne, saboreando el pulso acelerado.

No duele, no quiero que duela.

Mi vida discurre cálida, rojo espléndido, se vierte rápidamente y se une a la brisa en un baile de caricias, lamiendo mi piel a medida que se escapa, ahora a borbotones. Abro los ojos, la noche es espesa. Guardo en mi memoria este cuadro mágico, el que estoy pintando,
mi último cuadro.

El silencio, la brisa, los árboles y sus largos brazos adornados de hojas doradas en suspense,
parecen sobrecogidos ante la escena que voy dibujando ante ellos. La hierba fresca y húmeda,
recibiendo mi vida, que se derrama sobre ella... La belleza que ya no podré volver a contemplar.

No tengo prisa, me recuesto, mi mejilla pálida roza la tierra mojada, mis párpados no pueden más. Un duermevela enturbia mi mente, me arrulla, me mece, suave, plácido... Mi corazón apenas es un tamborileo lejano en mi pecho, lento, entrecortado, agotado, suplicante...

No quiere apagarse.
No le hago caso,
no le escucho.

Una noche espesa, espesa... Mi última noche, la más oscura, y no me arrepiento com pensaba...
Ésta es mi última pincelada...

© Maite Rodríguez Ochotorena. Todos los derechos reservados.

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