«El Mas Rápido», un relato de intriga



Todos los días a las nueve en punto estarás en tu sitio, preparado para salir en cuanto llegue el primer encargo, con tu bici a punto. Nada de, «es que me he dormido», «es que el tráfico», «es que...». Nada de eso. O estás aquí a las nueve o te echo –Juan Carlos removió su corpulenta personalidad en la estrecha silla sin apartar la mirada del par de folios que sostenía ante sí (el currículum de Reno). No lo estaba leyendo, ni lo iba a hacer, pero aparentaba darle mucha importancia–. Si no cumples las expectativas y te retrasas en las entregas, te echo. Si faltas, me da igual el motivo, te echo. Si no vas a estar dispuesto a salir los sábados, mejor te vas. ¿Queda claro?
–Sí, muy claro –Reno no dejaba de sorprenderse ante aquel peculiar personaje, una montaña de grasa, desaseado, práctico y poco amigable, que acababa de contratarle como repartidor en bici de correspondencia. Se suponía que le aceptaba por ser, según sus propias palabras, “el corredor sobre dos ruedas más veloz de toda la ciudad”, no por sus aptitudes personales, su encanto, su don de gentes, su expediente académico o su experiencia profesional, sino por ser un as con su bici, y por supuesto, por conocer al dedillo todas las calles, atajos y entresijos de la ciudad–... ¿Y los encargos durante el reparto?
–De eso no te preocupes. Todos nuestros repartidores están en contacto con la central en todo momento a través del móvil –Juan Carlos le entregó a Reno un Nokia con Bluetooth para que lo probara–. Una de nuestras chicas será siempre tu enlace, te irá informando de cualquier imprevisto. Los clientes suelen cambiar de opinión en cuanto a las horas de entrega o recogida, y eso no debe afectarte en tu ruta. Tienes que ser ágil y modificarla de modo que no alteres el resto de las entregas, si recibo la menor queja...
–...te echo –murmuró Reno.
Juan Carlos se reclinó sobre la asfixiada silla abombando aún más sus ya encorvadas patas, incapaces de soportar su tremendo peso, y estudió a Reno detenidamente. El sudor perlaba su frente a pesar de que la temperatura de su despacho era muy agradable, y sus ojillos brillaban inexpresivos tras las gruesas gafas de montura metálica. Era imposible adivinar qué pasaba por su mente durante aquel exhaustivo examen, pero el joven Reno pareció haberlo superado satisfactoriamente, porque de pronto se levantó y extendiendo la mano dijo:
–Empiezas mañana mismo. Tu enlace en la centralita será Montse. Cuando llegues, en tu casilla encontrarás el «planning» de entregas. No te retrases o...
– ¡No llegaré tarde... –se apresuró a responder.
Reno estrechó aquella mano fláccida y húmeda con la suya, firme y seca, y no pudo evitar la repulsión que le produjo su breve contacto. Sin embargo se abstuvo de mostrar el menor desagrado. La entrevista parecía haber finalizado, así que lo mejor sin duda sería desaparecer rápidamente. Mientras recogía su mochila y su chaqueta de pana, aquel hombretón ya le había olvidado por completo y se hallaba sumergido en un cajón de su escritorio mascullando por lo bajo algo ininteligible.
–Hasta mañana entonces...
Juan Carlos ni siquiera le escuchaba. Reno abrió la puerta del pequeño despacho y salió, aliviado de dejar atrás el peor paso de buscar un trabajo: la entrevista.
La había superado con éxito.
Lo único que tenía que hacer ahora era demostrar que realmente era rápido, muy rápido, el mejor para un trabajo como aquel, y no sólo eso... Estaba realmente satisfecho de cómo se había resuelto todo, no había sido tan difícil como había supuesto. Trabajaría de lunes a sábado de nueve a tres haciendo lo que más le gustaba, correr en su «mountain bike», y en seis meses ahorraría lo que le faltaba para poder hacer realidad su sueño: viajar a Egipto... Un escalofrío recorrió su espalda y apresuró el paso cada vez más emocionado con las nuevas perspectivas que acababan de abrirse ante él.

***

El espejo cargado de vaho le devolvió un semblante pálido y desmejorado, con las ojeras de la preocupación socavando una mirada ávida de brillo enfermizo, y un rictus de desencanto endureciendo sus labios en un gesto de renuncia. Al pasar su mano de largos dedos por los cabellos húmedos en el espejo se reprodujo la misma escena, pero remarcando lo fantasmal de su presencia en medio de un cuarto de baño neblinoso, cálido y húmedo... Semejaba un fantasma, una aparición... Seguramente un anticipo de sí mismo dentro de unos... meses, semanas... puede que días: estaba viendo el reflejo de su destino, la muerte anunciada.
¿Acaso no era eso lo que había leído escrito en el informe? Aunque aún esperaba confirmación del Colegio de Médicos de Berlín, no cabía albergar esperanza alguna, y resultaba irónico pensar que probablemente la carta, con su sentencia de vida o muerte, llegase demasiado tarde, después de haberse consumado su fallecimiento, con la respuesta acertada o equivocada escrita en ella... Y una vez muerto ya daba igual...
Eran las nueve menos cuarto, y aún quedaban tres horas antes de que el repartidor trajera su correspondencia. Largas horas en las que su inquietud no haría sino crecer, su agonía le mortificaría y la incertidumbre le consumiría hasta límites peores que la propia muerte, por no saber si llegaría o no aquella carta tan decisiva. ¿Sería ese miércoles el día en que al fin averiguaría a qué atenerse?
Félix Riviera Guzmán le miró desde aquel otro lado, tan ausente, en la superficie mojada y brillante del espejo, y en sus ojos no había el menor atisbo de ilusión: no había rastro de vida en ellos, había perdido la guerra antes de empezar la batalla.

***

Pipipiiii pipippiiii pippipipiiiiiiiii

Las siete de la mañana y aún no había logrado conciliar el sueño. Llevaba toda la noche en vela, incapaz de dormir, inquieto por no llegar tarde a «Velonet» en su primer día de trabajo. Alargó la mano y apagó el estridente sonido del despertador, estirándose entre las sábanas mientras un leve cosquilleo amenazaba con irrumpir repentinamente en su cuerpo, trayendo consigo el sueño que había estado buscando conciliar. No, o se levantaba o empezaría a bostezar, cerraría los ojos y de pronto percibiría la tibieza de las sábanas, el cálido hueco que ocupaba bajo las mantas y la agradable penumbra de su habitación... Reno hizo un esfuerzo y apartó las mantas antes de que la pereza le embaucase. Tenía el tiempo justo de ducharse, tomar un buen desayuno y salir disparado hacia la central, lo que le impedía remolonear demasiado y le permitía en cambio llegar a su hora a todas partes.
De camino a la ducha echó un rápido vistazo a la calle a través de la ventana de su dormitorio y vio que hacía un bonito día, despejado y fresco, perfecto para el largo recorrido maratoniano que le aguardaba: seis intensas horas de pedaleo desquiciado, entre coches y gente despistada, una buena perspectiva. Estaría a la altura.
A las nueve menos cinco se encontraba en su taquilla y ya había repasado dos veces su «planning», haciéndose un esquema mental del recorrido que debía llevar para hacerlo en un tiempo óptimo. Probó su móvil y repasó con Montse, una agradable muchacha de dulces ojos castaños, toda la ruta y las entregas, además de algunos detalles sobre los clientes que le habían sido adjudicados, ya que algunos de ellos tenían hábitos muy peculiares que no podía dejar de conocer si quería acabar bien aquella jornada. Tenía que cumplir un total de treinta entregas urgentes, pero siempre podían pasarle alguna más en pleno recorrido, lo que le obligaría a estar muy concentrado todo el tiempo, atento a los desvíos y atajos que pudiesen ahorrarle un tiempo crucial.
Reno soltó un resoplido, se ajustó bien el bluetooth en la oreja y a las nueve en punto cogió su bici y se dirigió a la salida. Estaba listo. Su primer cliente era un tal Mario Feijó Garrido, en la calle Almudena número 57. Una deliciosa ansiedad le dominaba al dar la primera pedalada y deslizarse calle abajo cada vez más rápido, hasta incorporarse al carril de bicis de la Avenida Central y acelerar al máximo. El móvil sonó y al contestar la voz de Montse llegó claramente a sus oídos a través del bluetooth: «Deprisa, Reno, Feijó te espera a las nueve y diez.»
Sí, realmente aquel trabajo iba a encantarle. Pensó en la valija de cartas privadas de carácter urgente y confidencial que cargaba en la parrilla de su bici y se sintió importante. Era un trabajo sencillo, aparentemente sólo era el repartidor, pero cumplía una misión con los destinatarios de aquellas cartas, era portador de buenas y malas noticias, y probablemente su papel de intermediario intervenía en el cambio del curso de la vida de esa gente.
Montse cargó la página de «Velonet» en su ordenador y accedió con su nombre y clave en la sección de clientes, donde se actualizaban los posibles cambios de su lista. Allí aparecía, con todo lujo de detalles, el horario de cada uno y el lugar de entrega–recogida escogido. Si alguno de ellos lo modificaba por Internet, toda la ruta de Reno tendría que cambiar... algo muy frecuente, sobre todo con algunos clientes. Feijó, por ejemplo, era muy rígido en sus costumbres, y Rodríguez, Villalobos así como De la Torre no solían hacer variaciones, pero Mataró era tan imprevisible como la ruta de un tornado.
De momento, y hasta las once todo estaría tranquilo. Montse mordisqueó plácidamente una barrita de pan integral mientras escuchaba una estúpida pero pegadiza canción en la radio. Le gustaba Reno, era intrigante y divertido, ojalá durase más que el anterior... ¿cómo se llamaba? ...Santiago!! Sí, una pena, justo cuando empezaban a compenetrarse... Juan Carlos le había echado por equivocarse de destinatario. No había sido justo con él, debería haber tenido en cuenta la tensión de aquel día en particular antes de despedirle, pero... En fin, Juan Carlos no daba segundas oportunidades, no admitía errores, así que... Adiós a Santiago, hola a Reno.
–Reno, ¿cómo vas?
–Estoy en Almudena, Feijó acaba de abrirme y subo a hacer la entrega –la voz de Reno era muy suave, pero a la vez denotaba determinación; sonaba entrecortada, debía estar subiendo unas escaleras. Eran las nueve y cinco...
–Vas muy bien de tiempo, eso te dará margen.
–Montse, tú no te duermas y yo haré que hoy salgas antes –ella sonrió. Menuda arrogancia...–. Y a lo mejor luego querrás quedar conmigo y tomar algo... ¿Qué dices?
–¿No vas demasiado deprisa? Aún no han pasado ni quince minutos y ya das por sentado que llegarás antes de las tres...Como se nota que es tu primer día, Reno. No sabes lo que es Velonet.
–¿Es una amenaza? Te dejo, voy a hacer la entrega.
Mario Feijó abrió la puerta con aire sonriente y satisfecho. Era mucho más bajito de lo que Reno había imaginado. Le entregó un grueso fajo de cartas sujetas con una goma y el acuse de recibo para que firmara.
–Esperaba a Santiago... ¿Ya lo han echado?
–No ha durado mucho, según creo. Espero estar más tiempo que él en Velonet.
–¡Tú ve así de rápido y no tendrás problema! –Feijó firmó el recibo rápidamente y se lo devolvió a Reno, que ya se marchaba escaleras abajo saludando apenas con la mano mientras repasaba en su cabeza el itinerario hasta la calle Fortuna, donde residía Almudena Rodríguez Etxarri.
Reno pedaleó con energía, se sentía pletórico, tan cargado de entusiasmo que casi le parecía que podría hacer despegar la bici del suelo. La promesa de poder visitar Egipto le daba alas, plagaba su mente de románticos sueños y le impulsaba con tanta fuerza que atravesaría España entera de un tirón si con ello fuese a acercar más su sueño a la realidad. Rápido y metódico, con la precisión de un reloj suizo, fue haciendo las entregas una por una. Llevaba la valija en una parrilla ajustada provisionalmente a la parte de atrás de su bici, y en cada parada recuperaba una carta, un sobre, un pequeño paquete… No era una valija cualquiera, él pensaba que llevaba pequeñas porciones de las vidas de otras personas, decisiones, comunicados, regalos… detalles que entregaba y que tenían el poder de cambiar el destino de una persona. Por eso miraba la expresión de cada cliente en el momento de entregarle su correspondencia. Normalmente la abrían estando él aún delante, y ésa era su mejor recompensa. Reaccionaran como reaccionaran, sentía que él por un instante, había sido un factor clave en su futuro. Resultaba triste si era portador de malas noticias, y maravilloso si lograba iluminar la vida de alguien, pero en cualquier caso, era enriquecedor.


Las calles a media mañana estaban atestadas de gente atareada, disgustada, presurosa, que caminaba de un sitio a otro como una marea que tendía a cruzarse en su camino constantemente. Por eso él pedaleaba casi siempre por la carretera, entre los coches, esquivando, subiendo a las aceras, cruzando parques, atajando y eludiendo los obstáculos, concentrado en el esfuerzo y sin perder de vista su objetivo en cada momento. Hasta entonces Montse no le había modificado la ruta, lo cual era de agradecer en su primer día. Le quedaban aún muchas entregas por hacer.
Reno bajó la cuesta de Pinedos y se internó por un largo paseo peatonal donde las cafeterías acogían a ejecutivos, amas de casa y gente ociosa por igual. Las ruedas de su bici marcaron un rastro sinuoso en la acera mojada mientras aceleraba en dirección a la Plaza de la Almudena, donde haría varias paradas. Manuel Torqueda, Rocío Quesada Peralta y Guzmán y Asociados, un gabinete de abogados a quienes llevaba un comunicado certificado, los tres estaban en edificios colindantes, circunstancia que le haría ganar un tiempo precioso aquel día.
Cruzó el puente de Santa Marina. A su derecha vio por el rabillo del ojo a un chico pedaleando a la par. Reno le sonrió con cierta complicidad, pero él, a pesar de mirarle directamente, no hizo el menor gesto. Hubiera podido pensar que aquel joven quizás no era muy comunicativo, o que, dado su aspecto extranjero, probablemente no había captado su gesto como un saludo. Parecía rumano, o polaco… a la velocidad a la que iba no le dio tiempo a fijarse en él con detalle. Cuando volvió a mirar a su derecha tras dejar atrás el puente, aún estaba allí, y no dejaba de mirarle. Reno enfiló la Calle Mayor y vio la Plaza de la Almudena a escasos cincuenta metros de distancia. Miró de soslayo hacia los escaparates de su izquierda y vio el reflejo del ciclista a pocos metros de él, pedaleando con energía en su misma dirección… ¿Le estaba persiguiendo? Sonó su móvil.
–Reno, vas muy bien… Pero tengo una mala noticia… Bueno, no es demasiado mala…
–Montse, ¿vas a cambiarme la ruta justo ahora? Voy a hacer 3 entregas de un golpe.
–No, no… tú hazlas, pero después tendrás que aplazar a Sheila Bakkar y Félix Riviera Guzmán para hacer una entrega en el número 27 de la Avenida Estrella. Son las once y media.
Reno repasó mentalmente el recorrido. La Avenida Estrella le desviaba unos diez minutos de su ruta original y le obligaba a dar un enorme rodeo para recuperar el ritmo de entregas. Sin embargo sabía cómo ganar tiempo.
–¿Reno? ¿Necesitas ayuda con el recorrido? ¿Sabes dónde queda la Avenida Estrella? –la voz de Montse sonaba dulce a través del auricular–. …si lo necesitas te haré de guía, ¿vale?
–¿Te preocupa que no llegue antes de las tres? –preguntó socarronamente–. Por mucho que me cambies la ruta, no te librarás de mí…
–Venga ya, Reno –¿había timidez en su voz?–... Ahora en serio, ¿quieres que te de alternativas?
–No Montse, conozco al dedillo toda la ciudad, trataré de ganar tiempo atajando por el Parque del Real... –¿había un segundo chico tras él? Volvió la cabeza al parar la bici frente al número 8 de la Plaza de la Almudena, donde vivía Manuel Torqueda, y vio cómo en la calle de enfrente, no uno, sino cinco jóvenes, se habían reunido sin dejar de observarle.
–Reno, no vayas por ese parque, es mejor que apures el tiempo y cojas la diagonal, el parque está plagado de gentuza.
–Subo a hacer las entregas, luego hablamos Montse –Reno cogió la valija y entró en el portal sin dejar de mirar atrás.
¿Por qué le seguían? Apretó instintivamente la bolsa con la correspondencia contra su pecho mientras buscaba la carta de Manuel Torqueda. Las puertas del ascensor se abrieron y subió al tercero sin dejar de pensar que cinco extraños le aguardaban en la calle con intención de robarle, probablemente. ¿Debía decírselo a Montse? Salió al descansillo y en dos zancadas se plantó frente a la puerta C. Tocó el timbre.
En el poco tiempo que tardó el señor Torqueda en abrir decidió que no diría nada. Era su primer día y no iba a arriesgarse a perder aquel empleo por algo que quizás no era sino pura coincidencia. Torqueda le miró por encima de sus gafas y firmó el recibo sin decir nada, ni siquiera abrió la carta, se limitó a guardarla en el bolsillo de su bata y le cerró la puerta en las narices. Eso sí, suavemente. Reno salió disparado por las escaleras y bajó al portal saltando los escalones de cuatro en cuatro. Fuera no había nadie, e inmediatamente se relajó.
No tenía ni que coger la bici, en el número 10 estaban las dos entregas que le quedaban en aquella plaza, la de Rocío Quesada Peralta y la de Guzmán y Asociados. Corrió con la valija bien agarrada y en dos minutos estaba subiendo las escaleras del portal. En el primero estaba el gabinete de abogados, y en el tercero vivía la señorita Quesada, así que subió hasta el piso de la joven para ganar tiempo. La luz del sol entraba a raudales por las ventanas del rellano de la escalera, dando un aspecto alegre y luminoso al interior del edificio. Reno llamó a la puerta del tercero derecha jadeando por el esfuerzo, pero tuvo que insistir varias veces antes de que le abriera una joven somnolienta que a todas luces acababa de levantarse.
–Hola –saludó ella tratando de aguantar un bostezo–... Perdona, pero ayer estuve estudiando hasta las tantas y me he dormido…
–No importa –sonrió Reno divertido–, aquí tienes tu correspondencia, espero que sean buenas noticias.
–Buenas o malas, no pienso leer esto ahora, así que te vas a quedar sin saberlo...
Reno sonrió de nuevo y le tendió el recibo para que lo firmara. Ella echó un despreocupado garabato y guiñándole un ojo se despidió.
Ahora sólo tenía que llegar hasta el primero y dejar el comunicado en el gabinete de abogados, así que bajó los dos pisos como una exhalación y llamó a la puerta de la izquierda. A su derecha había una lujosa placa de bronce en la que se podía leer en letras grabadas en negro el nombre del gabinete y su horario. Sonó un timbrazo y la puerta de abrió, dándole paso a un pequeño recibidor muy moderno y minimalista. Una joven de aspecto aseado y algo estirada le aguardaba interrogante. Reno no dijo nada, sólo le dio el sobre y el recibo y se marchó enseguida. Había ganado quince minutos de tiempo en lo que llevaba de mañana, una gran ventaja.
Una vez en la calle se detuvo unos segundos, disfrutando de un pequeño descanso a su juicio bien merecido. Se ajustó los pantalones y miró alrededor, hacia el centro de la plaza, donde una ruidosa fuente derramaba un torrente de agua a su alrededor. Espléndidos árboles extendían sus ramas hacia el azul del cielo y daban una agradable sombra bajo ellos.
–Reno… ¿has terminado?
–Montse, voy con tiempo de sobra, estaba descansando un momento.
–Vale, pero oye, escucha, no se te ocurra ir por ese parque, te la juegas, y vas sobrado, incluso con el desvío vas bien, no necesitas atajar…
–Bueno ya veremos, voy para allá, ¡se acabó el descanso!
–¡Reno! Oye, si vas por ahí y te pasa algo, perderás el empleo, ¿no me dijiste que lo necesitabas para ir a Egipto? ¿te la vas a jugar por dos estúpidos minutos?
–Tranquila… No me arriesgo, si vas a estar más tranquila iré por la Avenida… ¿mejor?
–Mucho mejor…
Reno no pensaba ir por la avenida, pero eso Montse jamás lo sabría. Una pequeña mentirijilla no hacía daño a nadie y estaba muy seguro de sí mismo; conocía bien el parque, aunque sería más acertado decir que conocía la ciudad al detalle, calle por calle, las plazas, los puentes, los desvíos, los callejones sin salida, todo. Siempre había disfrutado de una memoria maravillosa, era capaz de recordar listas interminables de nombres o de números casi sin proponérselo, grababa en su mente sin esfuerzo cualquier cosa, una foto, una página, cualquier cosa que viera u oyera permanecería en su memoria para siempre, o al menos así era de momento.
La bici continuaba donde la había dejado, ajustó la valija a la parrilla y sin pensarlo una sola vez se fue en dirección al Parque del Real. Si todo iba bien y no tropezaba con dificultades llegaría al 27 de la Avenida Estrella en unos diez minutos, apenas notaría la diferencia en su ruta gracias al tiempo ganado. Pedaleaba con renovada energía, pensando en la dulce voz de Montse, en sus ojos, y en que tenía ganas de que acabara la jornada para volver a verla.
Pero entonces, al doblar la esquina de la calle Ventilla con Fortaleza, los vio de nuevo. Los cinco jóvenes circulaban a unos veinte metros por detrás. Reno empezó a preocuparse seriamente, porque aquello ya no era pura coincidencia; además, iban muy fuerte, forzando sus bicis al máximo mientras intentaban rodearlo. Si le quitaban la valija, se quedaría automáticamente sin empleo… Pero, ¿para qué la querían aquellos chicos? Sólo llevaba cartas, nada de valor… Reno descartó que quisieran algo de él, no iban a gastar tanto tiempo y energías en robarle su cartera, que por cierto estaba vacía, así que sin duda debía llevar algo en la valija de mucho valor para ellos. Tenía que despistarles y revisar todo el contenido de la bolsa, quizás así sabría qué hacer. No podía contar con Montse, porque si le preguntaba a ella automáticamente sospecharía que estaba en un apuro.
El parque parecía de pronto el lugar ideal para sus propósitos. Emplazado en medio de la ciudad abarcaba una amplia extensión de terreno verde, cubierto de frondosos árboles entre los que discurrían multitud de enrevesados senderos cuyo complicado recorrido convertía aquél lugar en el preferido de los delincuentes. Allí lograría evitar a sus perseguidores sin perder demasiado tiempo. Miró atrás y vio que dos de ellos le seguían por su derecha y el resto por la izquierda y ganando terreno. Mascullando por lo bajo apretó el ritmo. Entonces decidió arriesgarse al límite y se metió en medio de los dos carriles de la carretera que llevaba al parque. Los coches que circulaban a su derecha empezaron a pitar protestando y los que venían de frente le daban las largas vociferando por su temeridad, pero él sabía que sólo así sacaría ventaja, y además evitaría verse rodeado. Circuló así durante unos minutos más y cuando al fin vio el parque a su izquierda se lanzó temerariamente hacia la entrada principal, cruzando la calzada a gran velocidad. A su espalda oyó varios frenazos y los pitidos de los coches, pero no quiso volverse para ver si los cinco jóvenes le seguían o no. El corazón latía desbocado en su pecho; afortunadamente estaba en plena forma y sus piernas impulsaban la bici como si estuviera endemoniada. Reno era un auténtico atleta y estaba convencido de que a cualquiera, por muy preparado que estuviera, le sería difícil seguir su ritmo. No debería costarle dejar atrás a aquellos delincuentes e incluso perderlos.
Se metió como un rayo en uno de los senderos que bajaban hacia el río y continuó bajando un rato, hasta alcanzar un pequeño puente de madera que pasaba por encima de la corriente. Lo cruzó casi saltando por encima y en la bifurcación que tenía delante escogió el sendero de la derecha, cuyas enrevesadas curvas se perdían entre los altos árboles. Por allí había una cueva medio enterrada, oculta a medias gracias a la vegetación, un lugar que ellos no podían conocer. Allí se escondería y revisaría la bolsa. Abriría las cartas si hacía falta. Reno estaba actuando impulsivamente, guiado por su instinto, porque no tenía tiempo para pararse a pensar. Miró atrás una sola vez y suspiró aliviado al ver que estaba solo. Dejó el sendero y se internó en un pequeño bosque de fresnos, dirigiéndose hacia un promontorio de aspecto siniestro cuya mole pétrea se elevaba unos cinco metros sobre la hierba. Allí estaba la cueva.
La recordaba más grande, y más profunda, claro que él era un niño la última vez que estuvo allí. Dejó la bici a un lado, fuera de la vista, y se ocultó lo mejor que pudo en un recodo abrupto. Allí, en el suelo de tierra, vació por completo el contenido de la bolsa. Había una treintena de cartas sin abrir, ¿cuál de ellas contendría algo de valor? Empezó a revisarlas impacientemente una por una, mirándolas al trasluz, sopesándolas, palpándolas… pero todas eran claramente eso, cartas, documentos privados, contratos, resoluciones… No pesaban y no abultaban. No se atrevió a abrirlas.
Se oyó un chasquido. Estaba tan concentrado buscando que casi había olvidado a sus perseguidores. Dejó las cartas y escuchó con atención… Al cabo de un momento volvió a oír otro chasquido, como el de una rama rota al pisarla. Alguien se acercaba. Levantó la vista a tiempo para ver que dos de los jóvenes a los que creía haber dejado atrás se abalanzaban sobre él armados con porras. Recibió un primer golpe en la cabeza, y una ráfaga de patadas y puñetazos le dejaron fuera de juego. Los otros tres jóvenes aparecieron poco después y le arrebataron la bolsa, cuyo contenido estaba desparramado por el suelo a sus pies. Le arrastraron por la fuerza hacia el fondo de la cueva y allí le propinaron una paliza, machacándole las costillas con fuertes patadas. No hablaron, ni siquiera entre ellos, actuando con celeridad y muy organizadamente. Reno quedó medio inconsciente, tendido en el suelo con la cara cubierta de sangre, pero pudo ver que se llevaban una de las cartas que él había esparcido en el suelo. ¿Cuál? ¿cuál se llevaban y por qué? Reno tosió magullado y los vio marcharse tan rápidamente como habían llegado.
–¿Reno? –la voz de Montse sonaba lejos en su cabeza…
Cuando se quedó solo trató de levantarse, pero estaba muy magullado y el dolor le obligó a quedarse como estaba. Necesitó diez minutos para recuperarse lo suficiente e incorporarse. Su bici estaba en el mismo sitio donde la había dejado, no la habían tocado, y las cartas estaban pisoteadas por todo el suelo de la cueva. Empezó a recogerlas lamentándose por su arrogancia, ¿cómo se había creído tan superior a ellos? Era rápido, pero al parecer no lo suficiente… Repasó los nombres y direcciones de cada carta y cuando terminó ya sabía qué carta faltaba: la de Sheila Bakkar. Recordaba muy bien que era una carta normal y corriente en un sobre blanco, pequeña y fina, ¿qué podía contener que hubiera provocado todo aquel infierno? ¿Cómo iba a explicar el robo? Quizás podría hablar con Sheila y tratar de convencerla de que no pusiera una reclamación en Velonet. Su primer día de trabajo y le asaltaban… Iba a batir el record en ser el más rápido… en ser despedido.
–Reno… ¿has llegado ya a la Avenida? Llevas mucho retraso… ¿Reno?
No tenía nada roto y podía aguantar el dolor, así que guardó las cartas en la bolsa y salió de la cueva con la bici. Estaba solo. Su aspecto era lamentable, tenía la ropa sucia y la cara llena de sangre, así que buscó el río y se lavó lo mejor que pudo, frotando la ropa allí donde tenía manchas de sangre o de barro. Tenía la ceja izquierda abierta, pero ya no sangraba. Si le preguntaban diría que había sufrido un accidente pero que estaba bien. Donde más le habían castigado era en el cuerpo, así que podía aparentar cierta normalidad si soportaba el lacerante dolor de los costados.
–¡Reno! Por favor, ¿quieres por lo menos contestarme? ¿dónde estás?
Sheila Bakkar vivía en el Paseo Berceo número 3, y era vecina de Félix Riviera, pero si quería guardar las apariencias tenía que ir primero a la Avenida estrella y hacer allí la recogida. Llevaba quince minutos de retraso.
–Reno, ¿llamo a la policía? ¿te ha ocurrido algo? ¿no te habrás ido por el parque verdad? Reno, joder…
–Montse…
–¡Menos mal! ¿Dónde estás? ¿por qué no contestabas?
–No sé, se ha debido estropear el auricular… –no se le ocurría ninguna excusa. Pedaleaba frenéticamente hacia la Avenida Estrella mientras un espantoso dolor martirizaba sus costillas robándole el aire que le hacía falta.
–Llevas más de quince minutos de retraso, dime que ya estás en la Avenida…
–Sí, claro, estoy en el número 27 –mintió–, ¿dónde tengo que hacer la recogida?
– Joder… Con lo bien que ibas, Reno…
–Tú dime dónde es, ya arreglaré yo el retraso, ¿vale? –se arrepintió al instante de haber contestado así. Ella no tenía la culpa de lo ocurrido y él estaba mintiéndole. Al fin y al cabo podía buscarse un lío por su culpa–. Perdona Montse, oye…
–Déjalo Reno. A ver si puedes recuperar el tiempo, tienes que ir al Quinto Centro, Patricia Villabona.
Montse cortó la comunicación. Estaba enfadada. Y a él aún le faltaban cinco minutos para llegar al número 27 de la Avenida… Necesitaba un milagro.
Patricia Villabona tardó en abrirle. Se tomó su tiempo y tenía el paquete sin preparar. Entre risitas nerviosas envolvió en papel de regalo un estuche de nácar y lo guardó en una caja pequeña de cartón. Ni siquiera había escrito la dirección y pasó un rato buscándola en la agenda, mientras Reno la maldecía interiormente sin interponerse para ayudarla, porque estaba seguro de que si lo hacía empeoraría la situación. Tras un rato eterno de disculpas y manoseos, el paquete quedó preparado y Reno se lo arrebató de las manos casi con violencia. Sheila Bakkar le esperaba. Ella era la clave de sus problemas.
El Paseo de Berceo era una calle larga y bulliciosa, propia de un barrio obrero pletórico de actividad, lleno de comercios, bares, peluquerías, pequeños negocios… Los altos edificios de nueve plantas se erguían escalonadamente calle arriba con estrechos balconcillos asomados uno sobre otro desde los soportales hasta las elevadas azoteas regadas de antenas parabólicas. Reno estaba plantado en lo alto del paseo, agotado, y no paraba de mentir a Montse mientras se preparaba para atravesar el paseo de lado a lado, donde se encontraba ubicado el número 3. Inventaba mil excusas y engaño tras engaño había ganado quince minutos falsos. En realidad llevaba quince minutos de retraso, lo cual, aunque alentador, pues había ganado tiempo, no dejaba de ser una auténtica catástrofe. Montse iba por delante de él, y mientras ella creía que su próxima entrega era la número treinta, él iba por la número veintiséis, y tenía que seguirle el ritmo y no olvidar por dónde creía ella que él estaba, un esfuerzo mental enorme que empezaba a ser demasiado pesado. Se deslizó cuesta abajo a toda velocidad dejándose llevar por la inercia y alentándola a su vez a base de pedalear; tenía ganas de desconectar el móvil para no tener que seguir escuchando a Montse cada cinco minutos, pero sabía que no debía hacerlo. Su objetivo era intentar que Sheila Bakkar no pusiera una reclamación cuando le contara que le habían robado su carta, y luego ganar tiempo a toda costa y acabar el reparto aunque fuese en el último segundo. ¿Imposible? Sí, seguramente, pero no tenía nada mejor que hacer y se jugaba su preciado billete a Egipto. Merecía la pena apostar.
El número tres era uno de esos portales antiguos con las paredes y el suelo forradas de mármol y las puertas de madera primorosamente talladas, aunque desgastadas y machacadas por el uso y el tiempo. Los timbres estaban anticuados, con sus botones redondos incrustados sobre una placa de metal, sin interfono para hablar. Reno pulsó el tercero izquierda, pero en ese instante pensó que quizás sería mejor idea hacer primero la entrega de Félix Riviera y pulsó también el del tercero derecha… y esperó. Al poco un timbre estridente vibró y empujando pudo abrir la puerta con un chasquido. No había ascensor, así que empezó a subir las escaleras de madera gastada. Las viejas tablas crujían bajo su peso y la barandilla bailaba peligrosamente cuando se apoyaba en ella, pero logró llegar al tercero sano y salvo. 
Llamó a la puerta de Félix Riviera con su carta preparada en la mano. Quería ganar tiempo. No tuvo que esperar mucho, al poco un hombre desmejorado y de aspecto abatido abrió. Le miró a él y luego el sobre que sostenía en la mano, como si llevara una varita mágica en ella. No parecía atreverse a cogerla, así que Reno se la tendió esbozando una media sonrisa muy forzada.
–Gracias –dijo al fin Riviera cogiéndola con una mano huesuda y temblorosa. ¿Estaba enfermo aquel hombre? Parecía a punto de desvanecerse…–. La esperaba… Es, es… importante.
–Firme aquí, por favor.
Reno le dio el recibo y un bolígrafo apresuradamente. Tenía miedo de que de pronto aquel hombre se decidiera a contarle sus males, no tenía tiempo para eso. Sin embargo, Félix Riviera se comportaba como un fantasma, ausente y lejano, y se limitó a firmar el recibo y devolvérselo con una triste sonrisa. Daba miedo.
–Gracias por traerla…
Cerró la puerta lentamente y Reno se quedó solo, en el rellano de la escalera. La luz se apagó de pronto, sobresaltándole. ¿Dónde estaba el interruptor? Dio media vuelta buscándolo a tientas, y entonces vio que la puerta del tercero izquierda estaba entreabierta. La empujó tímidamente.
–¿Hola? –el recibidor era muy acogedor y de estilo árabe. Reno cerró la puerta a su espalda.
–¡Pasa!
Una joven se asomó sonriente y le invitó a entrar abiertamente. Era muy hermosa, árabe, o algo así, pero de aspecto muy europeo. Sus ojos negros eran intensos y muy inteligentes, perturbadores. Reno se acercó muy nervioso; no sabía cómo empezar, cómo explicar a aquella desconocida lo ocurrido… Ella estaba en la cocina, grande y cuadrada, con una gran ventana abierta a un patio interior. Desde allí se veía la ventana del vecino de enfrente, curiosamente Félix Riviera, a quien acababa de hacer la entrega. Reno soltó un bufido… Estaba agotado.
–¿No tienes nada para mí?
Aquella pregunta cayó a plomo sobre su conciencia a pesar del sensual acento con que fue formulada. No esperaba tener que explicar lo sucedido tan bruscamente. ¿Qué si tenía algo para ella? Pues no exactamente…


Sentado en su salita de estar, Félix Riviera sostenía entre sus manos trémulas la carta que aquel muchacho acababa de llevarle. Por el membrete sabía que era la que tanto había estado esperando, pero no se atrevía a abrirla. La miraba incapaz de decidirse a conocer su contenido, de vital importancia para un enfermo como él. Probablemente contenía la respuesta a su angustiosa pregunta: ¿viviría o moriría? Se pasó la mano por el cabello entrecano que le caía sobre la frente y se pasó la lengua por los labios resecos. Tenía los ojos cargados de lágrimas que no vertía, húmedas y ardientes, porque no encontraba el valor para afrontar su destino, fuera cual fuera. Finalmente cogió un abrecartas y bruscamente rasgó el sobre, extrayendo la preciada carta. La desdobló sin prisa y empezó a leer, despacio…


Reno estaba terminando de contarle a la muchacha árabe lo ocurrido con su entrega, intentando explicarle que había sido un robo y que necesitaba que ella no reclamara a Velonet por lo ocurrido. Sheila le escuchaba atentamente, la cabeza levemente inclinada hacia él en un gesto paciente, pero en sus ojos había un cierto temor.
–¿Viste quiénes eran?
–No… Bueno sí les vi, pero no les conozco, sólo sé que eran extranjeros, del este, rumanos, o polacos, o algo así. Oye, Sheila, sé que no tienes por qué hacerme favores, pero necesito que me ayudes… Por favor, si dices algo de todo esto en Velonet, estaré despedido, y necesito el trabajo…
Sheila Bakkar no pareció haberle escuchado. Dio media vuelta y desapareció por el pasillo. ¿Qué estaba haciendo?
Era ya la una y media del mediodía y su móvil no paraba de sonar. Lo había apagado y Montse seguramente estaba llamando una y otra vez, preguntándose qué le había ocurrido y por qué no contestaba. Estaba apunto de quitarse el auricular del oído, porque ya no soportaba más la insistencia de la muchacha, cuando Sheila regresó con un sobrecito blanco entre las manos. Estaba levemente sonrojada y nerviosa. Reno contempló extasiado la belleza de aquella muchacha, frágil, morena y esbelta, con el largo cabello negro delicadamente recogido en la nuca. Lo que más le llamaba la atención eran sus ojos, grandes y expresivos, sombreados por espesas pestañas, tan intensos… Resultaba difícil sostener su mirada.
–Verás… ¿cómo te llamas?
–Reno, perdona, no te lo había dicho, me llamo Reno.
–Reno… Curioso nombre, no lo había oído nunca –Sheila sonrió y fue como si se iluminara toda la cocina–... Verás Reno, el sobre que tú llevabas, era un engaño.
–¿Qué? –preguntó estupefacto–. No te entiendo…
–Lo que ellos están buscando ya está en mi poder. Me lo enviaron por otros medios recientemente, pero necesitábamos saber si ellos estaban al tanto, si nos están siguiendo. Quisimos averiguarlo, así que les tendimos una trampa haciéndoles creer que me llegaría por valija a través de Velonet. El sobre que tú llevabas, era un señuelo... para descubrir a los que te asaltaron. Intuíamos que intentarían hacerse con él, pero queríamos saberlo con certeza. Ahora ya es un hecho. A estas horas ya habrán descubierto el fiasco.
Reno enmudeció. No lograba dar crédito a cuanto estaba oyendo… ¿Con qué clase de gente estaba tratando? ¿Terroristas? ¿Traficantes? Era surrealista.
–Pero –no lograba concentrarse–... Si ya han descubierto el engaño… ¿no vendrán aquí a buscar lo que sea que tengas? Saben tu dirección, es absurdo, ¿por qué has dado tu dirección en el sobre?
Sheila sonrió de nuevo.
–Porque queremos saber quiénes son.
–¿Vas a hacer que vengan aquí? –Reno miró casualmente por la ventana que daba al patio y vio a Félix Riviera sentarse pesadamente en su cocina. Parecía destrozado, y muy desmejorado. Estaba lívido y… ¿lloraba? La voz de Sheila atrajo de nuevo su atención.
–Sí, ése es el plan. Ahora debes marcharte. No te preocupes más por tu trabajo, no pondré ninguna reclamación, claro está.
Al otro lado del patio Reno vio al señor Riviera apoyado sobre la mesa, con un objeto en la mano. Trató de ver qué era, pero Sheila le cogió del brazo.
–Debes irte, Reno. Deprisa. Te agradezco todo lo que has hecho, aunque… te pido la mayor discreción. Si guardas silencio, yo también lo haré, y quizás así puedas conservar tu trabajo. Si te das prisa, aún puedes terminar tu ruta a tiempo.
–¿Cómo sabes –ya estaba. ¡El señor Riviera tenía una pistola en la mano! ¡Y se apuntaba con ella directamente en la sien!–... ¡Sheila mira! ¡Se va a suicidar!
–¿Quién…
Reno reaccionó como un resorte, y antes de que la muchacha supiera siquiera lo que estaba sucediendo, corrió hacia la ventana abierta y de un prodigioso salto se lanzó a través del patio contra la ventana de Félix Riviera, irrumpiendo en la cocina de aquel hombre desesperado como un torbellino envuelto en cristales rotos. Cayó sobre él con todo el peso de su cuerpo y ambos rodaron por el suelo estrepitosamente.
La pistola salió volando y cayó en el otro extremo de la cocina, girando sobre sí misma por el suelo hasta quedar inmóvil debajo de una pequeña alacena. Reno no tuvo que forcejear siquiera con Riviera, que de pronto se derrumbó y se quedó llorando en el mismo sitio donde había caído; lloraba amargamente, sacudido por profundos sollozos de auténtico desgarro. Reno recogió el arma y se la guardó para evitar más incidentes. Luego ayudó a aquel hombre enfermo a levantarse. Aún sostenía en una mano la carta que él mismo le había llevado hacía sólo unos minutos.
–¡Reno! ¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡Podías haberte matado! ¿Qué ha pasado? –Sheila estaba asomada por la ventana de su cocina, y estaba pálida.
–Tu vecino ha estado a punto de suicidarse, deberíamos llamar a una ambulancia, ¿te importaría… –la joven se volvió con brusquedad, como si algo hubiera llamado su atención.
–No, ¡espera! –dijo con tono áspero–, ábreme, ya voy.
–¿Te pasa algo?
Sheila no respondió. Escuchó a su espalda unos segundos y desapareció. Al poco rato estaba llamando a la puerta del señor Riviera con los nudillos. Reno se apresuró a abrir, aunque no quería dejar solo a aquel hombre. ¿Y si intentaba arrojarse por la ventana del patio?
–Rápido, cierra la puerta…
La joven entró y se quedó pegada a la pared, escuchando.
–Alguien sube por la escalera –se limitó a explicarle–... Creo que son ellos…
–¿Quiénes? –Reno miraba impaciente hacia la cocina. Afortunadamente desde donde estaba podía ver al señor Riviera, que continuaba sentado deshecho en lágrimas–. ¿De quiénes hablas?
–De los mismos que te agredieron, los que te robaron. Han tardado poco en venir hasta aquí.
–¿Estás segura? ¿Les has visto?
–No, pero no hace falta. Vamos a la cocina.
Sheila era autoritaria y estaba muy segura de sí misma. No necesitaba pedir permiso para hacer lo que se propusiera en cada momento. Se fue hasta la cocina y pasó por delante de Félix sin mirarle siquiera. El suelo estaba cubierto de cristales rotos, y la ventana estaba destrozada. Desde allí veía perfectamente su piso. Con gesto decidido corrió las cortinas sobre los restos de la ventana y se volvió hacia Reno.
–Aquí estamos a salvo, llamaremos a la ambulancia para Félix y mientras tanto podremos vigilar mi casa y ver quiénes son nuestros amigos. Cuando llegue la ambulancia saldrán huyendo y estaremos a salvo… y yo les habré identificado.
–¿Qué? ¿Estás utilizando a tu propio vecino?
–No Reno, ha sido una casualidad, pero hay que ser prácticos… Llama tú a la ambulancia mientras vigilo mi piso –respondió la joven con decisión. Miró a Félix, que ahora se cubría la cara con las manos sin parar de sollozar–. ¿Qué es esa carta?
Sheila la cogió y empezó a leerla.
–Se la traje yo… Era una de mis entregas –Reno se sintió fatal, como si tuviera alguna responsabilidad por haberle llevado aquella dichosa carta al señor Riviera–... Llamaré a la ambulancia.
Entonces, como si de repente fuera consciente de su presencia, el señor Félix les miró y habló con voz de ultratumba, entrecortadamente.
–Os agradezco lo que estáis haciendo, pero es inútil… Estoy desahuciado… ¿De qué sirve que me arrebatéis la pistola hoy si de todos modos estaré muerto en pocas semanas?
Reno no sabía qué decir. Con el teléfono en la mano daba instrucciones para que mandaran una ambulancia enseguida.
–¿Muerto? ¿Por qué? –Sheila le devolvió la carta a su vecino, que la miró sin esperanza–. Aquí no dice nada de eso…
–¿Cómo? Habrás visto que tengo cáncer, ¡es mi sentencia de muerte!
–Sí, pero si hubieras seguido leyendo, Félix… ¡habrías sabido que es un cáncer con un noventa y cinco por ciento de probabilidad de cura!
Un silencio tenso se hizo en la cocina. Félix cogió la carta y la releyó una y otra vez… Llevado por su pesimismo no había terminado de leer el resultado del estudio del colegio de médicos. Lo único que había quedado grabado en su mente es que tenía cáncer, lo demás lo había decidido él mismo. Ahora se daba cuenta de que Sheila tenía razón. Más abajo hablaba de las enormes probabilidades de éxito si se sometía a un tratamiento intensivo… Y había estado a punto de suicidarse.
Un golpe en el piso de la joven les hizo guardar silencio. Reno colgó, indicando con un gesto a Sheila que la ambulancia estaba en camino. Se acercó a ella a hurtadillas. Atisbando a través de las cortinas vieron que dos personas habían irrumpido en la casa por la fuerza. Reno las reconoció enseguida, porque eran los mismos que le habían golpeado en la cueva del parque. Entraron en la cocina y empezaron a revolverlo todo, abriendo cajones, armarios… Tras ellos aparecieron otros tres, jóvenes pero muy decididos, sabían perfectamente qué hacer. Reno también les reconoció. Se desperdigaron por toda la casa, dispuestos a desmantelarla de arriba a abajo.
Sheila se llevó un dedo a la boca indicándole silencio, y miró el reloj. Pronto llegaría la ambulancia y el ruido de la sirena unido al jaleo del equipo de urgencias haría el resto.
A su espalda Félix Riviera vivía su propia aventura. Apoyado en la mesa se pasaba la mano por la frente sudorosa, a punto de desfallecer; leía y releía la carta con su destino escrito en ella, incapaz de asimilar que había estado a punto de renunciar a todo por rendirse. Si aquel muchacho no hubiera arriesgado su propia vida por salvarle, ya estaría muerto. Esa misma mañana se había mirado al espejo y se había sentenciado antes de empezar a luchar. Ahora todo había cambiado…
Transcurrieron diez intensos minutos de espera, durante los cuales el piso de Sheila pasó de ser el agradable hogar de una joven soltera e independiente a un caos absoluto. Los cinco extranjeros lo desmantelaron todo, sin mostrar el menor respeto por nada de lo que tocaban; arrancaron cajones, tiraron muebles, libros, ropa, cuadros, todo voló por los aires amontonándose por el suelo en informes montañas de lo que habían sido las pertenencias de la muchacha. Sheila contemplaba aquella vandálica intrusión impasible, pero Reno contaba los segundos, deseando que llegara la ambulancia. A aquellas alturas ya se había dado por despedido, la situación le había superado por completo, y no dejaba de pensar que había salvado la vida de un hombre. Si aquel día hubiera hecho su ruta con normalidad, se hubiese limitado a entregar la carta a Félix Riviera y hubiera seguido su ruta… En cierto modo se alegraba de que los acontecimientos se hubieran resuelto así; estaba sin empleo, pero ahora se decía a sí mismo que ya encontraría otro. Ahorraría y se marcharía a Egipto a cumplir su sueño.
De pronto el estridente aullido de la sirena de la ambulancia llegó hasta ellos con fuerza y cada vez más cerca. Al poco sonó el timbre y Reno se apresuró a abrir a los chicos de urgencias para que subieran. De común acuerdo con Félix, Reno y Sheila se ocultaron en el salón para que nadie supiera de su presencia en el piso. Así, los intrusos del piso de Sheila, probablemente alarmados por la presencia del equipo de emergencias, se marcharían ignorando que tenían tan cerca a la única persona que podía revelarles el paradero del objeto que andaban buscando.
–¿Félix Riviera? –un joven alto y fornido se acercó a él visiblemente preocupado y con mucha delicadeza le examinó–. ¿Le duele algo? ¿Está mareado? Dígame si puede moverse con normalidad…
Félix respondió automáticamente mientras una mujer le tomaba el pulso y le ayudaba a levantarse. El equipo de urgencias tardó apenas diez minutos en llevárselo al Hospital, donde le ingresarían unos días en observación. Entre tanto, en el piso de al lado, los cinco extranjeros se habían agrupado para salir sin ser vistos. No habían encontrado nada y no querían arriesgarse más de la cuenta. Habían reaccionado tal y como Sheila había previsto, y se disponían a abandonar la casa.
–Se marchan –siseó Reno conteniendo la alegría. Parapetado junto a la puerta de la cocina veía, aunque con dificultad, lo que estaba sucediendo en el tercero izquierda–... Sheila, ya se van…
La joven abandonó su escondite en el salón y se acercó con precaución a la ventana de la cocina, atisbando a través de las cortinas. Enfrente, tal y como había notado Reno, el grupo de asaltantes se disponía a abandonar la casa. Pero uno de ellos parecía no querer renunciar a seguir buscando y estaba de pie, en medio de la cocina, con la mirada fija en el suelo. Estaba enfurecido, todo su cuerpo en tensión delataba su estado de ánimo, y sostenía una porra enorme en sus manos, blandiéndola con tanta fuerza que parecía querer reventarla. Entonces sus compañeros le llamaron desde la entrada del piso y él levantó la vista. Les dijo algo en voz baja, murmurando entre dientes, y escupió al suelo. Se negaba a abandonar. Se volvió sin dejar de mascullar en algún idioma desconocido y miró directamente hacia la ventana tras la que se hallaba oculta Sheila, primero indiferente, y luego con más atención. Su expresión cambió paulatinamente y una siniestra medio sonrisa apareció en su rostro. Sheila se dio cuenta de que aquel hombre había visto el destrozo que Reno había provocado al lanzarse por encima del patio para evitar el suicidio de Félix…
–Te equivocas, no se van…
–¿Qué? ¿Por qué… –No pudo acabar la frase. Sheila le tapó la boca con una mano y le obligó a retroceder hacia el salón.
–Han visto la ventana rota, y habrán sacado sus propias conclusiones. Harán comprobaciones, y eso quiere decir que van a venir a este piso.
Reno palideció. No deseaba ni por lo más remoto volver a enfrentarse a aquella gente. Se llevó instintivamente la mano a la brecha abierta en su ceja.
–Oye, no… Yo no puedo quedarme, no puedo seguir con esto, no tengo nada que ver con esa gente ni contigo –era la primera vez que perdía de aquel modo la compostura. Todo su aplomo había desaparecido–... Vámonos, antes de que lleguen…
–¿A dónde? ¿Crees que te va a dar tiempo a salir sin que te vean? ¿A dónde irás? –Sheila le sujetó por el mentón con dulzura y le miró a los ojos tan intensamente que hubiera podido perderse en ellos para siempre–. Escucha, tenemos una oportunidad. No saben que estamos aquí, sólo quieren comprobarlo, y eso nos da cierta ventaja. Son cinco, nosotros dos, les sorprenderemos y huiremos.
–¿Qué? Sheila, son cinco bestias, ¿qué crees que vamos a poder hacer contra ellos nosotros dos? ¡Míranos! No tendremos la menor oportunidad…
–No, no… Escúchame. Confía en mí, Reno. Tú tienes algo que nos dará ventaja –estiró una mano y la deslizó por su cintura, hacia la parte baja de su espalda–... No contaba con esto, pero te aseguro que servirá.
La pistola de Félix apareció como por encanto en su mano. Reno se había olvidado por completo de ella, y la miraba estupefacto, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
–No pensarás utilizar eso…
–¿Tienes una idea mejor?
El silencio de Reno fue tan elocuente que Sheila lo tomó como un no.
–Dime qué es lo que buscan.
–No tenemos tiempo para eso. Escóndete tras la puerta de entrada y espera mi señal.
–No, dime qué buscan –exigió Reno enfadado–. Ya que me arriesgo quiero saber por qué.
Sheila se acercó muy seria.
–Ayúdame, Reno, te lo pagaré… –le besó en la mejilla y se retiró lo justo para mirarle a los ojos.
Luego se apartó y se fue tras la puerta de la cocina, que quedaba junto a la entrada. Se oyeron pasos en el rellano de la escalera y un susurro de voces. Ya estaban allí. Sheila empuñó la pistola y miró a Reno interrogante. ¿Cómo negarse? ¿Acaso tenía elección? Antes de que llegara a esconderse empezaron a forzar la puerta principal. En el preciso momento en que se ocultaba como podía tras ella, la hicieron saltar con violencia. El primero en entrar fue el mismo que había descubierto que la ventana estaba echa pedazos. Los ojos le brillaban de pura excitación, era muy grande, fuerte y de marcado aspecto nórdico. Hizo un gesto para que le siguieran el resto de sus compañeros.
«Ahora o nunca…» pensó Reno.


Montse arrojó contra la mesa los auriculares, harta de intentar hablar con Reno. Hacía ya más de un cuarto de hora que no respondía, y estaba segura de que había cortado deliberadamente la comunicación. Estaba enfadada, y al mismo tiempo preocupada. Intuía que el nuevo repartidor estaba metido en algún lío, sobre todo porque cada palabra que habían cruzado la última media hora había sido forzada. Reno le había estado mintiendo, de eso estaba segura. Por poco que le conociera sabía que algo no iba bien, y desde luego daba por sentado que no iba a llegar a tiempo, y que estaba despedido.
Por alguna extraña razón se sentía defraudada y muy enojada, no con Reno, o sí, también con él. Estaba enfurecida porque algo había salido mal y conocía el mal genio y la testarudez de Juan Carlos, quien cuando comprobara que el joven no estaba en su taquilla a la hora, se limitaría a firmar su despido y finiquito, sin escuchar excusas. Y ella quería que Reno se quedara… ¿por qué? Montse se encogió de hombros eludiendo la respuesta y echó un vistazo al monitor. Reno había hecho sus entregas correctamente hasta el momento en que ella le había pedido que se desviara y recogiera un paquete en la Avenida Estrella 27. A partir de ahí todo se había vuelto confuso y entrecortado, y seguramente no había cumplido ni una sola entrega más, a pesar de que le había ido confirmando cada una como si realmente las estuviese haciendo… Ella sabía que no.
Mordisqueó un lápiz con impaciencia. Lo peor que podía haber pasado es que el muy estúpido y arrogante súper ciclista hubiera ido por el Parque del Real y allí le hubiesen atracado, robándole la valija, la cartera, el móvil, o la bici… Se preguntó cómo podía ayudarle. No sabía dónde estaba y había apagado el móvil o se lo habían quitado…
–Joder…


Reno tomó aire. «¿Qué vas a hacer?», la pregunta se planteó en su mente por una sola fracción de segundo, y a continuación los acontecimientos se sucedieron como en una película a cámara rápida. Cuando vio entrar a aquellos energúmenos armados con sus porras, un sentimiento de rabia le embargó profundamente, pero fue la visión de Sheila, agazapada y con un arma cargada en sus manos, la que en el último segundo le hizo reaccionar como lo hizo. Oculto a medias se apoyó contra la pared y dio un violentísimo empellón a la desvencijada puerta, que golpeó con inusitada fuerza al joven nórdico. Reno se irguió entonces y gritando como un poseído salió de su escondite y se abalanzó contra el sorprendido grupo, como si fuese a atacarles él solo. Ante los atónitos ojos de Sheila, en lugar de eso dio un portentoso salto y pasó entre ellos, cayendo en el rellano de la escalera, fuera de la casa. No pensó. Se levantó y sin dudarlo un instante se lanzó por las escaleras.
–¡Reno!
La voz de la joven le llegó lejana y sorprendida, pero no le importó, porque estaba seguro de que sabía defenderse sola muy bien. Además estaba armada, y él no quería tener nada que ver con ella, ni con sus oscuros secretos. Ya no le interesaba saber qué era lo que aquellas bestias del Este estaban buscando, sólo pensaba en recoger su bici, la valija, y tratar de terminar la ruta como fuera. Cuando llegó al portal fue directo hasta la bici, y tras comprobar que la bolsa con el reparto continuaba en la parrilla cogió el móvil y empezó a llamar a todos sus amigos. ¿Qué pensaba hacer? Él sólo nunca lograría hacer las entregas en los escasos cincuenta minutos que le quedaban, pero si le ayudaban, tendría una oportunidad.


Las tres menos cinco… Y ni una noticia de Reno. Montse se levantó muy nerviosa y apagó el ordenador. Miró temerosa hacia el despacho de Juan Carlos y le vio recogiendo sus cosas. ¿Preguntaría por él? ¿O se marcharía a casa? Montse se sentó disimuladamente aguardando para ver qué hacía su jefe, aunque adivinaba sin esfuerzo sus próximos movimientos. Juan Carlos salió del despacho y caminando entre las mesas se acercó a ella con su habitual torpeza. Iba despacio, tanto que a ella le pareció que tardaba una eternidad en aproximarse, un tiempo angustioso que sin embargo no le dio la oportunidad de pensar en alguna excusa. Dejó el bolso en el suelo, ya no había escapatoria, y quedaban dos minutos para las tres.
–Montse, me voy a casa… ¿Qué tal ese chico? –la temible pregunta. Juan Carlos nunca dejaba pasar el primer día de prueba de los novatos. Si descubría que Reno no sólo no estaba en su taquilla, sino que había desaparecido con la valija…–. Habrá llegado ya, ¿no?
–Sí, me ha parecido verle hace un momento –¿estaba mintiendo? ¿por qué?–, a lo mejor se ha marchado ya porque estaba recogiendo sus cosas y creo que tenía prisa.
–¿Marcharse? No, no, ya sabes que no puede irse el primer día sin hablar conmigo.
–Ya, pero es que tenía prisa, y no me acordé de decirle que tenía que quedarse, porqu...
–Vamos a ver si le cogemos antes de que salga –la interrumpió Juan Carlos. No parecía enfadado, pero en breves segundos habría descubierto el pastel–. Quiero ver si ha entregado la valija entera.
–¡Sí lo ha hecho!
Montse se apresuró a seguirle, intentando retenerle, pero Juan Carlos era un hombre de ideas fijas y estaba acostumbrado a que los chavales trataran de pegársela ocultando alguna entrega sin hacer, sobre todo el primer día.
–Como se haya ido le echo… Ya le dije que tenía que respetar las reglas, como tenga entregas sin hacer…
Montse estaba sudando. Bajaron a la planta baja, donde estaban las taquillas. Un enjambre de jovencitos ciclistas estaba ya recogiendo y cambiándose, pero Montse no veía a Reno, y la verdad, no esperaba verle. ¿Cómo iba a ser eso posible?
–¡Reno! –Juan Carlos levantó una mano, parado en medio del barullo de conversaciones de los chavales, quienes le miraban con cierto temor.– ¡Reno! ¡No se te ocurra irte todavía! ¡Espérame que tienes que pasar la revisión!
Montse se detuvo en seco. ¿Dónde estaba? No lograba verle, aunque a lo mejor era el propio Juan Carlos, con su enorme mole grasienta, quien le tapaba la visión… Estaba tan nerviosa que apenas podía respirar. Y entonces alguien se apartó y por fin pudo verle. Estaba de pie, cambiándose con gesto ausente y al verles hizo un leve gesto de asentimiento. Estaba muy magullado y parecía cansado, terriblemente cansado.
–Montse, pídele la bolsa y los recibos, ahora vengo.
Juan Carlos dio media vuelta y se alejó.
–¡Ey, Montse! ¡Hasta mañana!
Un chico la saludó sonriente, pero ella apenas se dio cuenta. No dejaba de mirar a Reno, que ya no parecía el mismo joven arrojado y prepotente de aquella mañana. ¿Qué le había ocurrido? Se moría de ganas por ir a preguntar, pero sus pies no se movían. Estaba como petrificada. Entonces alguien la empujó y dio un traspiés, y como por arte de magia empezó a caminar en dirección al joven, quien de pronto le miró largamente y le sonrió. Parecía decir «…eh, tranquila… Todo está arreglado…».
–Hola… –tenía pensado darle un buen repaso, reprenderle por haber cortado la comunicación, por haberla tenido en vilo, por… Ahora que le tenía delante simplemente no sabía qué decir.
–Hola Montse –Reno le tendió una bolsa arrugada y sucia y un montón de recibos–... Están todos, puedes contarlos.
–No pensé que llegarías –cogió la bolsa y se limitó a guardar los recibos en ella, sin contarlos–. Daba por sentado que no ibas a aparecer…
–¿Y perderme ese café contigo? –sonrió él–. Te dije que llegaría antes de las tres, siento el retraso…
–Reno, ¿qué ha pasado? Porque me lo has hecho pasar mal, ¿sabes? ¿Por qué apagaste el móvil? ¿Dónde has estado? ¿Y cómo has podido hacer las entregas?
–Si te contara toda la verdad no me creerías –repuso él sentándose en un banco junto a su taquilla–, así que tendrás que conformarte con el resultado. Lo que importa es que he llegado a tiempo, y Juan Carlos no tiene por qué saber nada… ¿Estás de acuerdo?
Montse le observó con el ceño fruncido. Le daba la sensación de que trataba de manipularla.
–No diré nada si todo está bien –convino encogiéndose de hombros–, pero me gustaría que me contases lo que ha pasado. Aunque luego no me lo crea, haré un esfuerzo.
–Está bien –dijo él señalando a su espalda–. Si te tomas ese café conmigo te lo cuento todo.
Juan Carlos regresó antes de que pudiera responder, sudoroso como siempre. La mayoría de los ciclistas ya se habían ido a comer, y sólo quedaban una docena de personas a su alrededor.
Aquella noche Reno sólo deseaba una cosa: una larga, larga ducha ardiente, y dormir. Apoyado en el lavabo se curaba la brecha de la ceja aplicando un cicatrizante. Pensaba en Montse, en cómo le había cubierto frente al jefe, y en lo hermosa que estaba al hacerlo; saboreó el agradable rato que había disfrutado con ella en la cafetería El Rinconcito, tomando ese café prometido, y se preguntó si ella le había creído realmente. No había mentido, se había limitado a relatarle paso por paso cuanto le había ocurrido desde el momento en que empezaron a seguirle, y ella le había escuchado pacientemente, sin interrumpirle. Sus bonitos ojos castaños le observaban curiosos, recelosos en parte, pero sobretodo tímidos, y esa timidez era la parte que más había disfrutado en aquella agradable cafetería. Le había preguntado por Sheila, quería saber qué pensaba hacer con respecto a ella. ¿Hacer? Nada… Reno se fue quitando la ropa para meterse en la ducha. No pensaba hacer nada. Aquella chica era una incógnita, pero sobre todo era peligrosa. No le importaba por qué la seguían, ni qué ocultaba, no quería averiguar cómo había terminado todo en el piso de Félix Riviera, porque estaba convencido de que ella había salido indemne, sin su ayuda. Se desprendió perezosamente de la camiseta sudada y se desabrochó el pantalón. Sheila era hermosa y sensual, y al mismo tiempo una bomba de relojería. Montse en cambio…
Topó con algo en su bolsillo trasero. No era suyo, sacó la mano y vio que se trataba de una pequeña bolsita de plástico. En su interior había una especie de microchip. ¿Se lo había colocado allí Sheila cuando le quitó la pistola? Estaba seguro de eso. De pronto se sintió enfurecido, porque creía haber terminado con todo aquello. Rabioso con la joven árabe, se quitó los pantalones, dejó el chip sobre la ropa y desvistiéndose del todo se metió en la ducha. Puso el agua todo lo caliente que podía aguantar y se metió debajo del chorro. Con los ojos cerrados, dejó que el calor y la humedad relajaran sus músculos… Dejó a un lado el microchip, a Sheila, y todo lo que esa joven significaba, y empezó a frotarse el cuerpo con una esponja, derrotado, agotado… Sólo quería dormir. Ya pensaría qué hacer al día siguiente.

Pipipiiii pipippiiii pippipipiiiiiiiii

Las siete de la mañana y Reno continuaba profundamente dormido. El cansancio acumulado por la experiencia del día anterior le habían sumido en un profundo sueño del que no era fácil que despertara. Tímidos rayos de luz se filtraban por las rendijas de la persiana y en la agradable penumbra de la habitación sólo se escuchaba el rítmico compás de su profunda respiración y el estridente pitido del despertador. Transcurrieron cinco largos minutos antes de que lentamente Reno empezara a moverse. Poco a poco fue abandonando el letargo que le dominaba y con enorme esfuerzo llegó a abrir los ojos y con una mano torpe apagó el molesto despertador. Por un instante jugueteó con la idea de que aquella mañana no tenía que levantarse, porque estaba despedido. Sin embargo, pronto recordó que no era así. Montse se había encargado de eso, así que sí, eran las siete y diez de la mañana y tenía que levantarse y salir zumbando una vez más.
Contó hasta tres y apretando los dientes se incorporó y se levantó. Mecánicamente se vistió y se fue a la cocina, a prepararse el desayuno. Un zumo de naranja, unos cereales… Mientras estaba sentado miró hacia el baño y vio asomando por la puerta sus pantalones, aún tirados en el suelo tal y como los dejó la noche anterior… y la pequeña bolsita de plástico sobre ellos. Estuvo a punto de atragantarse, porque realmente había olvidado aquella sorpresa de su amiga Sheila. Su segundo día en Velonet y ya tenía problemas. Reno soltó un gruñido espectacular y levantándose fue hasta el baño y de un manotazo iracundo cogió la bolsita y se la guardó en la chaqueta. Pensaba tirarla al primer contenedor de basura que encontrara. «¿Qué te parece Sheila? ¿Creías que iba a hacer de conejo para ti y tus amigos?».
Las siete cuarenta. Reno salió de su casa, estaba nublado y hacía calor, una de esas mañanas pesadas, cargadas de humedad. Soplaba un viento del sur racheado, insistente y molesto, un día perfecto para las complicaciones. Miró a izquierda y derecha y no vio ningún contenedor cercano, así que cogió la bici y se marchó a trabajar. Lo que más le animaba aquel día era volver a ver a Montse, aunque sólo fuera durante el ratito en que concretaban la ruta de aquel día. ¿Le contaría lo del microchip? ¿Y si se lo enseñaba? Quizás así le creería…
Sonó su móvil en el bolsillo. Mientras se preguntaba quién podría ser cogió el aparato y contestó sin dejar de pedalear.
–Reno, ¿sabes quién soy?
¿Cómo no iba a saberlo? ¿Acaso era fácil olvidar aquel acento sensual?
–¿Cómo tienes mi número? ¿Y por qué no me dejas en paz? –quería poner fin a todo aquello–. Voy a tirar tu chip a un contenedor ahora mismo.
–Gracias por guardármelo…
–¿Guardártelo? ¿Estás loca? –estaba cada vez más enfurecido–. ¡Tú me lo pusiste en el bolsillo, no fui yo quien lo guardó! ¿Recuerd..
–Reno, perdona… Siento haberlo hecho así, pero no tenía alternat…
–Oye, déjame en paz, olvídame, ¿vale? ¿Quieres tu chip? Lo voy a arrojar aquí mismo, en la papelera de la Calle Monet –miró el número de la calle–... 12. Si lo quieres ya sa…
–¡No! Reno, escucha –Sheila trataba de calmarle. No parecía alarmada–... Oye, te prometo que todo esto se va a terminar, sólo tienes que mirar detrás de ti, verás un vehículo gris plata…
Reno se volvió y vio que efectivamente un flamante coche le estaba siguiendo. Tenía los cristales tintados y no podía ver a sus ocupantes.
–¿Qué es esto? Oye Sheila…
–Reno, sólo tienes que darles a ellos el chip, y te pagarán por haberlo llevado. Después todo habrá terminado, y no sabrás nada más de mí, ¿estás de acuerdo?
–¿Me vas a pagar? –Reno no salía de su asombro. Incrédulo fue frenando la bici, hasta detenerse en medio de la calzada. A aquellas horas no había apenas tráfico en aquella parte de la ciudad–. ¿Cuánto crees que vale todo lo que me has hecho pasar, Sheila?
–Creo que la suma que van a darte te parecerá suficiente por tu ayuda. Sólo dales el chip y sigue adelante. Te deseo suerte.
Cortó.
Reno guardó el móvil y suspiró. El automóvil se detuvo junto a él suavemente. Luego, la ventanilla trasera empezó a bajar con un leve zumbido eléctrico. Un hombre trajeado le miró y sin mediar palabra extendió una mano con un sobre. Se ocultaba tras unas gafas de espejo espantosas. No podía saber si le estaba mirando o no. Reno sacó la bolsita con el microchip y se la dio, a cambio del sobre. A continuación la ventanilla volvió a subir y el coche se alejó, desapareciendo más adelante al doblar una esquina.
Ya estaba… ¿Ya estaba? ¿Realmente había terminado la pesadilla? Esperaba que el móvil sonara de nuevo en cualquier momento, pero nada de eso sucedió. Estaba solo en medio de la calle. No sin cierto recelo entreabrió el sobre que aquel hombre le había entregado, esperaba que hubiese una cantidad simbólica, un detalle por haber participado en no sabía qué, pero…
Reno palideció.
Allí, en aquel sencillo sobre que sostenía entre las manos, había nada menos que… Lo cerró presa de los nervios. Después de eso, ¿iría a Velonet? Cogió la bici y empezó a pedalear, esta vez con más energía. Incluso cuando las primeras gotas de lluvia empaparon el asfalto y mojaron sus ropas, continuaba sonriendo. Pensaba invitar a Montse a desayunar. Cruzó el barrio como una exhalación, rodando velozmente, como siempre le había gustado hacer, ajeno al mundo, ajeno al tráfico y a la gente, disfrutando del ritmo acelerado de su bici y de la libertad…


© Maite R. Ochotorena

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