Entradas

Mostrando entradas de diciembre, 2007

El Amanecer del Alma

Era tímida aquella su primera mirada, tendida en el horizonte, bañada de sueños ingenuos, arrebolada de incumplidas promesas que por su naturaleza tornábanse eternamente inalcanzables... Era leve y frágil su amanecer de ternuras y cándidas canciones; su voz era trémula y su mente dibujaba trazos inseguros; de su rostro luminoso, candente pendía una fugaz sonrisa. Las estrellas danzarinas que de su pecho se elevaban prístinas y audaces, se esparcieron velando el cielo con un resplandor estremecido. Sus primeros pasos encadenaron huellas de jazmines tintadas, sus primeras palabras conjugaron versos de dulces torrentes preñados, era tímida su primera mirada, tendida en el horizonte, bañada de sueños, de incumplidas promesas de cuya naturaleza ella bebería ansiedades y placeres de una vida aún por descubrir.
Maite R. Ochotorena

Una Mañana Fresca

Una mañana fresca… El rocío me cubre los pies, la brisa enreda mis cabellos y vela estos ojos somnolientos, perezosos… Saboreo el dulce aire matinal, disfrutando del momento, escucho los pájaros, el corazón bate suave y cálido dentro de mi pecho.
Sonrío porque soy feliz, camino despacio, me entretengo, no tengo prisa… Y muy cerca, entre las flores, está lo que más quiero, un ángel de ojos grandes, sus manezuelas se agitan, me mira, sonríe…
Su reflejo en mis ojos, ahora despiertos, debe ser hermoso, porque una lágrima dichosa se derrama, y en la comisura de una amplia sonrisa se retiene un segundo, antes de caer.
Una mañana fresca, el rocío me cubre los pies, la brisa enreda mis cabellos y vela estos ojos, brillantes, dichosos por tenerle a él, mi bebé, fruto de mi amor, mi amanecer de cada día…
Mi vida.

Maite R. Ochotorena

Alma Nueva

El alma tendida se eleva frágil, apenas tallada de memoria, apenas dibujada. Dulce mirada, ingenua caricia de su voz aterciopelada, gira y gira entre las estrellas, busca una nube, la más alta, quiere alcanzar esa promesa, brillante en el horizonte, sobre el mar, reflejo susurrante de todos sus anhelos. El alma cándida inclina su mejilla, roza breve la esperanza, y se acurruca buscando refugio en el viento.

La Condena

Amanecía al aspirar el frío aire de mi encierro; la oscuridad era mi compañera, el silencio un regalo, la soledad mi carcelera. Mi alma prisionera hubiera querido volar lejos, mi voz rasgar ese silencio, mis ojos ver en las tinieblas... mi corazón encontrar ese consuelo, mi alma el perdón para una culpa inventada, compasión, un rayo de luz para mi tormento.
Mas fuera sólo esperaba la muerte; mil voces airadas vociferaban castigando cada paso hacia el inevitable destino. Mis pies hollaron por fin el barro marcando huellas desesperadas, trazando el sendero más triste que jamás hubieran soñado.
El alma encogida, la voluntad humillada, la voz de la verdad silenciada, mi cuerpo avanzaba, la mente se negaba, pero los pies me arrastraban.
Las lágrimas derramaban la injusticia, y la injusticia humedecía mis mejillas heladas pidiendo clemencia, y la clemencia no llegaba... porque goteaba sobre mis ropas y se desperdiciaba entre sus hilos. Pobrecilla, nadie podía verla.
Y así llegué hasta el lu…

El Conde de Torquemada

Sonaron las doce del mediodía… Hora extraña para salir, pero el Conde de Torquemada Y Pardiez de Revilla Estirada no acataba las normas. Por eso era como era, por eso se arrastraba por la vida como un miserable despojo, sombra de lo que había sido… bebedor, drogadicto, adicto al sexo, pendenciero y sobre todo, patoso. Daba grima. Nada más abandonar su ataúd, surgiendo como una sombra viscosa de la montaña de hielos con que había recubierto el interior para no pudrirse durante el sueño, tropezó y cayó de bruces, arañando el suelo con sus enormes alas translúcidas de chapulín. Gruñó hediendo a alcohol y recordó que hacía sólo dos horas estaba chupándole la sangre a un borracho en la esquina de una calle cualquiera, junto a algún bar olvidado… El Conde de Torquemada se medio irguió, orgulloso de su tambaleante figura, y frotó sus gastados colmillos con un dedo sucio. Fuera, la estridente música de una banda de Carnaval retumbó con fuerza, recordándole que de nuevo podía salir a la calle …

Tus Manos

Una dulce caricia promesa de otras tantas, cálida piel en mi regazo, prolongado beso de tus dedos en torno a mi cintura, modelando mi sonrisa, besando mis labios... Un rubor apasionado enternece cada gesto cuando rizas mis cabellos; tu pulso penetrante se entrelaza entre mis dedos al susurrar los tuyos tanta ternura cuando coges mi mano. Ansío ese roce inesperado, ese leve gesto al tomar mi cara con amor y atrapar esa mirada, promesa de pasión, regalo de una unión eterna de tu alma con la mía, corazón con corazón.
© Maite Rodríguez Ochotorena. Todos los derechos reservados.

Algo Bulle en tu Mirada

Algo bulle en tu mirada, algo sereno, plácido… No ajeno ni distante a mí… pero eterno y aunque sincero, también símbolo de mi desesperación. Respiro lentamente, con miedo de viciar el aire que tú exhalas con cada promesa que me haces; no trato de moverme, por si el más leve gesto pudiese romper el hechizo de tu presencia.
Quiero creer en el anhelo de tus besos, el roce de tus manos, cada leve suspense entre nosotros, ese frágil suspiro que brota del momento pasajero en que nos unimos…
Algo bulle en tu mirada, destello ambiguo que evito… No deseo comprenderlo, no podría soportar interpretarlo. Retengo tus dedos entre los míos, sólo un segundo, un placentero roce del que no me desprendo. Tus ojos brillan en los míos, tus labios sellan mi deseo y describen el fuego que desciende entre mis senos y se pierde en mis caderas…
Pero algo bulle en tus caricias, algo latente, vestido de mentira, lo veo aunque no quiera en cada abrazo, mientras duermes a mi lado. Quiéreme amor, guárdame en tu pen…

«Terror en la Sombra», un relato de terror

Imagen
A la sombra uno se recuesta plácido y ajeno al bochorno de la tarde más calurosa; en la sombra imaginamos formas que de la magia de nuestra fantasía parecen surgir con vida propia; sombras pesan a veces en nuestro ánimo, nublando el pensamiento, y en las sombras podemos querer escondernos de nuestras faltas más graves, huir de nuestros pecados, evitar juicios y eludir la culpa... Desde donde se encontraba, Merlín oía con toda claridad el ir y venir de su dueño y señor; sus pasos cansinos; su respiración; el modo en que retiraba los restos del frugal desayuno de la mesa; esa tosecilla que emitía de vez en cuando sólo para oírse a sí mismo... Adivinaba cada movimiento igual que sabía a ciencia cierta que unos minutos después se iría a la sala y se sentaría en su butaca a echar una cabezadita. No lo había presenciado nunca directamente, pero tras un año allí encerrado carecía de importancia: cada día se repetía exactamente igual al anterior, el mismo ritual, y había llegado a descifrar l…