El Conde de Torquemada

Sonaron las doce del mediodía… Hora extraña para salir, pero el Conde de Torquemada Y Pardiez de Revilla Estirada no acataba las normas. Por eso era como era, por eso se arrastraba por la vida como un miserable despojo, sombra de lo que había sido… bebedor, drogadicto, adicto al sexo, pendenciero y sobre todo, patoso. Daba grima.
Nada más abandonar su ataúd, surgiendo como una sombra viscosa de la montaña de hielos con que había recubierto el interior para no pudrirse durante el sueño, tropezó y cayó de bruces, arañando el suelo con sus enormes alas translúcidas de chapulín. Gruñó hediendo a alcohol y recordó que hacía sólo dos horas estaba chupándole la sangre a un borracho en la esquina de una calle cualquiera, junto a algún bar olvidado… El Conde de Torquemada se medio irguió, orgulloso de su tambaleante figura, y frotó sus gastados colmillos con un dedo sucio. Fuera, la estridente música de una banda de Carnaval retumbó con fuerza, recordándole que de nuevo podía salir a la calle sin llamar la atención. Se miró en un espejo, alto, esmirriado y harapiento, una especie de Conde Drácula alado procedente del trópico, parecía un triste disfraz de sí mismo. Pero el carnaval, acontecimiento ecuménico, le daba alas para volar a cualquier lugar del mundo, para deambular por las atestadas calles y robarle el alma a sus víctimas dejándose llevar por sus instintos imponderables… Así que había llegado el momento. Se asomó a su ventana y salió al alféizar. Desde allí olió la sangre... y una sonrisa desdentada asomó en su chupado rostro de vampiro mientras se lanzaba al vacío aleteando sin ton ni son. Allá iba, el Conde de Torquemada y Pardiez de Revilla Estirada, el último vampiro tropical vivo en el mundo!

© Maite Rodríguez Ochotorena.

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