La Condena

Amanecía al aspirar el frío aire de mi encierro; la oscuridad era mi compañera, el silencio un regalo, la soledad mi carcelera. Mi alma prisionera hubiera querido volar lejos, mi voz rasgar ese silencio, mis ojos ver en las tinieblas... mi corazón encontrar ese consuelo, mi alma el perdón para una culpa inventada, compasión, un rayo de luz para mi tormento.

Mas fuera sólo esperaba la muerte; mil voces airadas vociferaban castigando cada paso hacia el inevitable destino. Mis pies hollaron por fin el barro marcando huellas desesperadas, trazando el sendero más triste que jamás hubieran soñado.

El alma encogida, la voluntad humillada, la voz de la verdad silenciada, mi cuerpo avanzaba, la mente se negaba, pero los pies me arrastraban.

Las lágrimas derramaban la injusticia, y la injusticia humedecía mis mejillas heladas pidiendo clemencia, y la clemencia no llegaba... porque goteaba sobre mis ropas y se desperdiciaba entre sus hilos. Pobrecilla, nadie podía verla.

Y así llegué hasta el lugar de injusto castigo, donde mi vida dejó de tener sentido, donde exhalé mi último suspiro, el más breve, el más angustioso, el que precede al filo cuando presiente su frío acero antes de que caiga cumpliendo el veredicto... El que dictó este destino incierto, injusto... el mío.

Maite R. Ochotorena

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