«Reflejos», un relato de terror


Sara clavó sus ojos tristes en la pulida superficie del espejo, en el vestíbulo. Estaba a punto de salir para ir a trabajar, pero algo la había retenido al pasar hacia la puerta de la calle, algo indefinido, gélido y arrebatador: un impulso. Vio en su reflejo aquella imagen de sí misma a la que estaba tan acostumbrada, distante y extraña, la de cada día. Entrecerró los ojos tratando de atisbar a través de la figura escuálida que veía algo de humanidad, de sentimiento, pero su reflejo evidenciaba que estaba vacía, hastiada y cansada.
Giró hacia la puerta con gran desgana, la abrió y salió en silencio.
De camino a su estudio, aferrada al volante del viejo coche que conducía desde hacía cuatro años, no dejaba de preguntarse qué clase de maldición se había apoderado de su alma. No lograba sentir nada, vivía sin emociones, se limitaba a pasar por la vida como si nada pudiera afectarla a ella, ni ella pudiera afectar a nada ni a nadie… como un fantasma. Separada, sin hijos, sin amigos, lejos de su familia, vivía inmersa en la marea de actividad que agitaba su ciudad, anónima e impasible.
Miró por el retrovisor, hacia la larga cola que llenaba la carretera. Allí estaba el bullicio rutinario… el rumor de los coches, los pitidos, el desasosiego… Sara suspiró, concentrada por si de aquel gesto normal escapaba algún indicio de cordura, pena o exasperación, pero sólo era aire que ella forzadamente exhalaba.
Alguien pitó por detrás y Sara aceleró. Estaba resignada a pasar un largo día en su estudio, enfrentada a sus lienzos en blanco, sin poder pintar porque no podía transmitir, ni imaginar, ni sentir. Hacía mucho que sus cuadros estaban desprovistos de todo significado. Ya estaba contando las horas para regresar a casa.
Por la tarde, al llegar la ansiada hora de regresar a su seguro refugio, siguió un impulso, por el solo hecho de haberlo sentido. Decidió entrar en un café cercano por el que solía pasar cada día: "El Cafelito". Al cruzar la puerta de cristal del local sintió algo parecido a la ansiedad, y aunque no logró identificar su origen se sorprendió conservando esa pequeña dosis de emoción… Cruzó entre las mesas sin prestar atención a las parejas que charlaban, las amigas que se juntaban, el caballero solitario leyendo un periódico… Se conducía como una autómata, sin objetivo, excepto que había decidido entrar allí por hacer algo distinto. Se acercó a la barra y pidió un café descafeinado de máquina. Su voz sonó fría y monótona y el camarero la miró con indiferencia.
     
       –Uno diez, por favor…

Sara pagó, se tomó el café y preguntó por el baño.

       –Al fondo a la izquierda.

Entonces, sorprendentemente, por segunda vez aquel día, Sara sintió algo al dirigirse hacia los aseos… De nuevo algo negativo, una vaga inquietud, que venía a sumarse a la ansiedad de antes. Abrió la puerta del aseo para mujeres y entró en un baño amplio y moderno, excepcionalmente limpio. Sin quererlo se miró de reojo en el espejo: estaba pálida. ¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo sin sentir nada lo primero que la embargaba era un temor injustificado?

        –Ten cuidado, niña. Vigila dónde miras.

Sara dio un respingo al oír aquella voz ronca muy cerca y descubrió a su lado a una vieja gitana toda vestida de negro que la miraba fijamente.

        –Déjeme en paz, señora.

        –Óyeme niña, no te lo vuelvo a repetir. Ten cuidado dónde miras. Un peligro te acecha.

Los profundos ojos azabache de la mujer la traspasaban como si de dos ascuas hirientes se tratase. Se acercó un poco a ella y bajó aquella voz gutural que parecía emerger del averno.

      –Lo que ves, no siempre es de este mundo, y los espejos suelen encerrar terribles visiones. Aléjate de los espejos niña y guarda esto –le cogió la mano derecha por sorpresa, la sujetó con férrea determinación, y colocó en su palma una ramita de romero–… Llévala contigo y no busques más donde no debes.

     –¿Qué dice señora? –Sara retiró la mano espantada, pero no se deshizo del romero–. ¡Métase en sus asuntos…

De pronto el corazón empezó a batir en su pecho como si ahogara un tropel de tambores resonando a la vez; le faltó el aire y no quiso permanecer allí más tiempo. Salió apresuradamente, sin volver la vista atrás. Cruzó el local, pálida como un muerto, y llegó a la calle. En su mente martilleaban las enigmáticas palabras de la vieja gitana, palabras sin sentido, siniestras.
Miró a ambos lados de la calle. Todo parecía tan normal… La gente caminaba a su alrededor, cada uno con su vida a cuestas, perdida la mirada.
Sara decidió regresar a casa cuanto antes, tratar de olvidar lo ocurrido y procurar recobrar la compostura. Casi echaba de menos su anterior apatía, no sentir miedo, no sentir nada. ¿Qué había querido decir la gitana?
Aquella noche la soledad se abatió sobre ella de forma despiadada. Sentada en la quietud de su salón apretaba en la mano la delicada ramita de romero, y lo hacía sin saber por qué, asombrada de prestarle atención a aquel absurdo trozo de superstición. Una agradable penumbra difuminaba los objetos a su alrededor; había puesto un disco para que llenara el vacío ambiente que tanto la oprimía y también había encendido la tele, que resplandecía emitiendo cambiantes destellos de colores, sin sonido. Acababa de cenar, y tras una larga ducha bien caliente reflexionaba a solas, acurrucada en su sofá color café. Aspiró el suave olor del romero y al instante acudió a su memoria la imagen de la gitana… y sus palabras.

      –Mierda…

Se levantó y fue hacia la cocina, a por un vaso de leche caliente.
Fue muy consciente de que acababa de pasar por delante del espejo del recibidor. Retrocedió. ¿Por qué se detenía junto a él? ¿por qué se miraba en él mientras apretaba la ramita entre sus dedos con frenesí? Allí estaba ella, rubia, delgada, ojerosa, de finos labios rojos y una graciosa barbilla… Se miró a los ojos, se inclinó un poco hacia el reflejo y miró más de cerca.

     –Oh Sara, estás horrible –murmuró con cierto desdén por su abandonado aspecto–… ¿y por qué no iba a mirarme en el espejo? Menuda tontería…

Se apartó con brusquedad, fue a la cocina y arrojó la ramita de romero a la basura.
Tras ella, en el reflejo oscuro del espejo en el que acababa de mirarse, una sombra se agitó desde el fondo, enturbiando la pulida superficie, que se empañó como si alguien hubiese echado el aliento sobre ella. La música en el salón se detuvo y el silencio pareció retomar su lugar con irrefrenable dominio, tan opresor que Sara dejó el vaso de leche que acababa de calentar y se volvió algo cohibida. Acababa de darse cuenta de que la másica ya no sonaba, porque precisamente había estado tarareando una de sus canciones favoritas mientras bebía la leche. Se asomó por la puerta y miró hacia el sombrío salón, donde la tele continuaba destellando intermitentemente. El aire estaba enrarecido, como si el mundo entero hubiese contenido el aliento.
Sara se negó a que ideas demasiado imaginativas inundasen su mente, así que salió con decisión, fue hasta la mesita de centro en el salón, cogió el mando de la tele y subió el volumen. Necesitaba oír algo, lo que fuese. Al instante la voz del hombre del tiempo se alzó con claridad, y al poco la música de los anuncios publicitarios llenó el ambiente. Permaneció con el mando en la mano unos segundos, contemplando absorta las imágenes de la pantalla. ¿Por qué estaba temblando? ¿Tenía algo que ver con el hecho de haberse deshecho del romero?

      –Qué tontería…

Pero no se atrevía a volver a recogerlo, ni a pasar por delante del espejo. Ni siquiera era capaz de acercarse al recibidor. Se arrepintió de pronto, con espanto supersticioso, de haber tirado a la basura la ramita de romero protectora que la gitana le había dado. ¿Y si realmente servía de algo?

      –Joder, pero si yo no creo en estas tonterías…

Dio un paso y luego otro, forzándose a caminar hacia el recibidor. La entrada de la casa se le antojó ahora mucho más sombría de lo normal, y por alguna razón la luz de la cocina no lograba desterrar las sombras. Sara frunció el ceño y apretó los dientes. Se colocó de frente al espejo, y se obligó a mirarse en él. Sólo para demostrarse que no ocurría nada.
Por alguna razón, al volver a mirar su reflejo pensó en su triste vida, en la soledad que pincelaba cada largo día, en la forma anodina que tenía de dejar pasar el tiempo. Estaba tejiendo una amarga sinfonía en torno a sí misma, y empezaba a ser incapaz de apartarse, de tomar otro camino, víctima de su encierro. ¿Cómo había llegado a estar tan aislada? ¿Qué había sido de sus amistades, de su risa, sus ilusiones, su buen humor, su gusto por las tertulias, por la compañía… ¿Quién era esa desconocida que le devolvía la mirada desde el otro lado? Aquella no era ella, aquel era el reflejo de una mujer solitaria, apática y depresiva.

      –Maldita seas, estúpida –gruñó furiosa. De repente volvió a sentir, y con tanta intensidad que todo su cuerpo se agitó, como si una sacudida eléctrica lo hubiese recorrido de los pies a la cabeza. Una oleada de sensaciones embargó su mente y su corazón, rabia, ansiedad, frustración, desesperación… todo aquel cúmulo de emociones negativas que con tanto esmero había ido acumulando bajo una aparente indiferencia, emergió con violencia, aturdiéndola–… Joder...

Fijó unos ojos llorosos en los de su reflejo, y vio tristeza. No podía seguir así…

Mientras pensaba en su desdicha algo le llamó sobrecogedoramente la atención. Acababa de ser consciente de que el sonido de la tele, como la música, había cesado. ¿Desde cuándo? Al volverse a mirar se percató de que el aparato estaba apagado, y el salón a oscuras.

       –¿Qué…

El silencio se le antojó espantoso, atronador. Hubo un movimiento fugaz en la superficie del espejo.

       –No puede ser…

Se acercó de nuevo y entonces descubrió, aterrada, que no se veía en él. En vez de su reflejo, la brillante superficie mostraba un fondo oscuro y difuso…

…y entre aquellas negras sombras algo se movía…

Un grito ahogado agarrotó su garganta. Poco a poco, del mismísimo fondo de su espejo, una figura fue emergiendo, contorneándose sus formas… Unos ojos hueros se clavaron en ella, hirientes. La casa quedó atrapada en la pesadilla, un silencio mortal se adueñó de ella, Sara no lograba moverse. La figura pareció adquirir volumen, de su informe cuerpo surgieron brazos y piernas, sin dejar de ser una sombra ominosa que atravesó el cristal y se vertió hacia la joven como una marea envolvente cuya gélida esencia pronto se apoderó de ella, la rodeó, la cubrió…
Mientras engullía a la frágil Sara en un abrazo raptor y la arrastraba consigo de nuevo hacia las tinieblas, ella sólo pudo recordar las palabras de la gitana: “…ten cuidado dónde miras, un peligro te acecha…”.

En unos segundos la sombra y ella desaparecieron. La luz regresó, el televisor de plasma volvió a encenderse, pero la casa quedó vacía… Vacía de tiempo y sonrisas, de color, de momentos, de historias… Apareció consumida y triste, como si jamás la hubiesen habitado, desprovista de espíritu.

El espejo del recibidor quedó opaco, como una negra boca sin fondo.

© Maite R. Ochotorena

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