«Terror en la Sombra», un relato de terror

A la sombra uno se recuesta plácido y ajeno al bochorno de la tarde más calurosa; en la sombra imaginamos formas que de la magia de nuestra fantasía parecen surgir con vida propia; sombras pesan a veces en nuestro ánimo, nublando el pensamiento, y en las sombras podemos querer escondernos de nuestras faltas más graves, huir de nuestros pecados, evitar juicios y eludir la culpa...
Desde donde se encontraba, Merlín oía con toda claridad el ir y venir de su dueño y señor; sus pasos cansinos; su respiración; el modo en que retiraba los restos del frugal desayuno de la mesa; esa tosecilla que emitía de vez en cuando sólo para oírse a sí mismo... Adivinaba cada movimiento igual que sabía a ciencia cierta que unos minutos después se iría a la sala y se sentaría en su butaca a echar una cabezadita. No lo había presenciado nunca directamente, pero tras un año allí encerrado carecía de importancia: cada día se repetía exactamente igual al anterior, el mismo ritual, y había llegado a descifrar las claves de todos los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor, en cualquier parte de aquel oscuro y lóbrego lugar, no necesitaba ver para saber.

Fuera, al otro lado, en la calle, el sol lucía con todo su esplendor, pues era un precioso día de mayo, cálido, vestido con un glorioso cielo azul intenso. Un fuerte viento del norte soplaba agitando las ramas de los árboles; hacía bailar sus hojas y arrancaba notas musicales de su danza alocada, elevándolas y mezclándolas con su voz profunda y melódica; susurraba una canción alegre y la extendía por las calles, rozando todas las cosas, jugando con los cabellos de esa chica, enredándose en la falda de aquella mujer, agitando las banderolas que adornaban la entrada de ese bar, revoloteando junto a las palomas en su vuelo zigzagueante hasta encaramarse a las ventanas y balcones de los edificios para curiosear en las casas de esas personas que vivían en ellas... Y se colaba a raudales en todas ellas, penetrando alegre y desafiante en habitaciones, salas y buhardillas, removiendo cortinas, agitando las flores de los alféizares y llevándose sus pétalos de hermosos colores en remolinos vivos que giraban y giraban en un alocado ritmo de genialidad caprichosa.
Hasta que su frenesí fue a toparse con la única ventana que en un día como aquel permanecía cerrada. El viento se derramó contra sus cristales y no pudo entrar en la oscura habitación oculta al otro lado; empujó con ímpetu una y otra vez, arrojando pétalos de colores contra aquel muro de cristal translúcido, viento curioso que gastaba su empeño en mirar el secreto escondido tras la ventana, que no era otra que la de Merlín, el canario más triste y solitario del mundo...
El pajarillo salió de su letargo y miró aquella ventana agitada por una mano invisible; escuchó el ulular del viento, que rugía al otro lado cada vez más empeñado en entrar, y tuvo miedo. Merlín no había visto nunca el exterior, no había oído jamás un sonido como aquél, y se le antojó que aquel mundo ajeno a su existencia podía querer devorarle. Grabadas con fuego permanecían en su memoria las palabras de suviejo carcelero, de odio hacia todo lo que había al otro lado de la ventana, de repulsión, de rechazo desmedido... ¿No habría algo de verdad en ellas cuando aquella voz que ululaba estrellándose contra los cristales sólo parecía querer reventarlos? Merlín tembló atemorizado por la fuerza destructora empecinada en entrar.
Y de repente, la vieja ventana ya no pudo contener por más tiempo el ímpetu de aquel viento joven y orgulloso y tuvo que ceder a su curiosidad innata, que alegremente logró colarse en la habitación de Merlín, y con él trajo un millar de pétalos llenos de fragancias dulces, revoloteando envueltos en rayos de sol luminosos que aquel desventurado pajarillo contempló hechizado. Las pesadas cortinas se vieron levantadas bruscamente, sacudiéndose de encima el polvo acumulado en su vieja tela; se revolvieron inútilmente, tratando de eludir a aquel viento primaveral, que enérgico y decidido a cambiarlo todo de sitio penetró hasta el último rincón de la triste habitación, y al ver a Merlín voló hacia él y con dedos fuertes pero delicadosremovió sus frágiles plumas, haciéndole cosquillas.
¿Qué era aquello? El canario notó el aire limpio de la primavera penetrar en sus pulmones y aspiró con fuerza, disfrutando de tantos olores nuevos, del agradable roce del viento, que amigable agitó la jaula de hierro y se deslizó por toda la habitación, mostrando a Merlín la belleza de la vida. Los pétalos de las flores revolotearon a su alrededor en un remolino sibilante que mil veces cambió de forma y de color, jugando sobre el suelo en un enredo sin fin... Fue tal la alegría que embargó a Merlín que la voz brotó involuntariamente de su prodigiosa garganta, un año enmudecida por estar allí encerrado, solo, abandonado a su suerte, en manos de un necio. Las notas musicales se elevaron graciosas y cambiantes, uniendo su ritmo enloquecido con la voz del viento, y ambos cantaron juntos componiendo una melodía armoniosa y vibrante. Merlín cantó y cantó cada vez más alto, y aún lo hizo con más entusiasmo cuando sus ojitos negros vieron por primera vez el mundo al otro lado de la ventana, el cielo azul, las casas, losárboles, todo tan pletórico y bello que creyó que su corazón estallaría de gozo y deseo de salir de allí...
Pero estaba cantando demasiado alto, llevado sin remedio de su entusiasmo...
Pronto la amarga voz de su carcelero resonó por encima de la del pájaro y la del viento, rugiente, encolerizada. Merlín enmudeció de repente y toda su alegría se esfumó, igual que había llegado, cuando le vio cerrar la ventana de un golpe y correr las cortinas triunfantes sobre ella. Don Elías ocultó bruscamente aquel hermoso cuadro del mundo exterior de su vista; el viento se retiró al momento, expulsado de la habitación, y los dulces pétalos de flor tan esmeradamente recogidos por su mano caprichosa cayeron de golpe al suelo, y en la sombra que de nuevo se adueñó de aquel lugar, parecieron morir, apagados sus brillantes colores, incapaces de bailar.

- “¡Esta endemoniada ventana! ¡La tapiaré si es necesario!” – El viejo estaba fuera de sí, ajeno a la inmensa congoja del pajarillo. Desapareció un momento y regresó con una escoba para barrer sin piedad aquel brevemente animado montón de pétalos, mezclándolo con el polvo derramado por las cortinas, que mudas observaban la escena desde su posición privilegiada, contentas por poder volver a estar en su sitio, bien colgadas, cumpliendo su función, que no era otra que vigilar aquella peligrosa ventana.
Merlín ya no prestaba atención al viejo mientras éste volvía a dejarlo todo como estaba, es decir, sumido en aquella penumbra melancólica y rancia que él ya de ningún modo podría soportar. No ahora que había probado la frescura de la vida... ¿Cómo volver a su rutinaria existencia, a su encierro solitario? ¿Para qué quería sus alitas en aquella odiosa jaula? Jamás las había estrenado, nunca podría volar con ellas bajo ese hermoso cielo azul... Fuera, al otro lado de la triste ventana, el viento rugía encolerizado, empujando con fuerza pero sin éxito. Su voz sonaba apagada tras los cristales, donde lucía un sol espléndido y cálido. Al otro lado... donde estaba la libertad.
Don Elías parecía encontrar sosiego en la sombría habitación de aquella oscura casa, su baluarte, su escondrijo, donde nadie podía imponerle su presencia, su charla; donde ningún mortal tendría la menor oportunidad de colarse y perturbar su existencia solitaria de tantos inviernos... largos y premeditados, hasta aquella noche de su cumpleaños.
Con calculado esfuerzo se inclinó sobre la única vela de un triste pastel y sopló hasta agotar la escuálida y palpitante llamita, consciente del opresivo silencio que reinaba en torno a él. La lucecilla se extinguió finalmente y en los entrecerrados ojos de Don Elías brilló por última vez su reflejo, como una ilusión de calidez en aquella mirada vacua y desprovista de alegría.
Fue mecánica su precisión cuando retiró la infeliz velita del pastel y la depositó en el cajón de la mesita; el ligero temblor de sus huesudas manos apenas si se dejó sentir al coger el pastelillo y llevárselo a la amplia y cavernosa cocina para guardarlo en la alacena sin haberlo probado, en una estantería triste y oscura. Olía a moho, a tiempo consumido, a rancio... Sin embargo, a Don Elías le gustaba pensar en el dulce sabor de todos aquellos postres de cumpleaños que había ido dejando cada año allí, eternamente olvidados, no saboreados, desvirtuados y perdidos en el tiempo.
No muy lejos, en su habitación, el triste canto del infeliz Merlín, su único e involuntario acompañante, se elevó indiferente y monótono, rompiendo a pesar de su tono melancólico el agrio silencio de la vieja casa, filtrándose en las grietas de las paredes húmedas y tristemente empapeladas, en los carcomidos suelos y en los viejos y altos techos sin lámparas, excepto la de la sala, en cuyos siete brazos se enredaba evocando ecos tintineantes; aventuraba su voz de canario osado en las sombras más antiguas de cada rincón, con la intención de robarle al tiempo estancado de aquel lugar triste y solitario un pequeño lapso, una fisura de belleza, un paréntesis que para Don Elías no significaba sino que había llegado la hora de acostarse. Su fiesta de cumpleaños había finalizado.
Sus pasos se arrastraron en la penumbra tirando de él cansinamente, despertando rumores extraños en el lánguido pasillo. Pasaron bajo el cansado aparato de aire acondicionado, que rumiaba por lo bajo vomitando algo de aire desde sus entrañas en aquel angosto espacio desnudo, sin recuerdos, ni personales ni superfluos, y le llevaron hasta la cama, amplia y alta, con su maciza cabecera de roble tallada en curiosas espirales floreadas, hermosos grabados, alegres en otro tiempo, carcomidos ahora en el olvido de Don Elías. Enjaulado junto a esa misma cabecera, como presidiendo los sueños de su carcelero todas las noches, Merlín aleteaba desesperado, batiendo unas alas inútiles en una jaula de hierro demasiado pequeña, y sus ojillos negros y desesperanzados brillaban a la luz de la lámpara de la mesita de noche, fijos en la figura encorvada de aquel viejo renegado de la vida y amargado, su única compañía, mientras se metía entre las pesadas mantas sin prestarle la menor atención. ¿Dónde estaba el viento, el sol, la libertad que aquella misma mañana había podido saborear siquiera brevemente?
Don Elías, siempre ajeno a la desesperación de su prisionero, contó los segundos siguiendo atentamente el TIC-TAC del reloj de pared de la sala, que llegaba claramente a sus oídos a través del pasillo, ¡TIC-TAC, TIC-TAC, TIC-TAC! Dejó vagar esa mirada desinteresada que le caracterizaba por las paredes deslucidas, tan carentes de alma propia como él, y se detuvo un instante en el enorme armario empotrado en la pared, con sus dos pesadas puertas entreabiertas, como queriendo dejar salir la oscuridad de su interior en un grito de agonía, para librarse así de su solitaria existencia carente de perchas, de ropa colgada, de corbatas, de pantalones, de cajas con recuerdos o secretos ocultos, objetos que sin duda le darían sentido a lo que era. Una bata anticuada se aferraba con sus brazos de tela de cuadros, en otro tiempo rojos y verdes, al cojo galán arrinconado cerca del pobre armario; parecía reírse de su vacío al permanecer eternamente fuera: jamás había estado colgada en él.
Las cortinas marrones pendían inertes, con su pesada tela envejecida ribeteada por largos y raídos flecos, impertérritas, ocultando deliberadamente la estrecha y tímida ventana tras ellas y su peligrosa conexión con el mundo exterior, con las voces de la gente, el sol, la lluvia y las estaciones, la vida... Estaban satisfechas, porque el viento ya no soplaba al otro lado y la noche había devuelto la calma a las calles. Eran las mudas guardianas del encierro voluntario de aquel viejo malencarado, quien por su parte se vanagloriaba por haberlas vuelto a dejar bien cerradas, cercenando los insistentes rayos de luz que hubieran podido colarse por algún resquicio para violar su celosa intimidad. Esto le producía una satisfacción cercana a la alegría, sentimiento éste que él sin embargo malinterpretaba por completo.
Los arrugados ojillos de Don Elías se entornaron al fin ocultando aquella fea mirada altanera, egocéntrica, obstinada y severa, y pronto su respiración se suavizó, escapándose de sus finos labios un lento y agrio suspiro, seguido de un primer ronquido de fea sintonía: se había dormido. Ningún ángel velaba por su sueño, ni blanco ni negro, pues estaba completamente solo en su baluarte.
Y suele suceder que durante el sueño surgen nuestros miedos; los fantasmas emergen de nuestros malos actos para atormentarnos, y una gran inquietud juguetea en nuestra mente prisionera de la noche, disfrazándose de mil pesadillas, cada cual más espantosa... Aquella noche de cumpleaños Don Elías pronto comenzó a sudar, a revolverse apesadumbrado, presa de sí mismo, incapaz de despertar y escapar de un sueño horripilante. Pálido hasta casi resplandecer en las mórbidas tinieblas de su habitación, se debatió entre las asfixiantes mantas cada vez más violentamente, enseñando sus dientecillos afilados entre unos labios resecos a causa del grito ahogado en la garganta... Así continuó, presa de un atroz sufrimiento, durante mucho rato, hasta que despertó al fin con un aullido histérico cuyo eco fantasmal se prolongó en la noche. Estaba sin resuello y agotado, empapado en un sudor frío. Un nudo agarrotaba su garganta enmudecida de espanto.
Se vio ciego en las sombras de la noche, y por una vez deseó que aquellas condenadas cortinas que cubrían la ventana de su habitación estuviesen corridas, para que al menos la tenue luz de la farola en la calle penetrase en su bastión para romper aquella tortura de oscuridad que ahora, y por primera vez, no deseaba. Tanteó torpemente tratando de dar con el cable de la lamparita de su mesilla y encenderla. Al accionar el botón y desparramarse la pobre luz de una bombilla triste y gris a su alrededor, se percató de que Merlín batía sus alas frenético, revoloteando en su jaula, chocando contra los barrotes que le hacían prisionero y produciendo al hacerlo un extraño silbido de plumas rotas que caían al suelo formando en él un caprichoso salpicón, sombra de sí mismo. Don Elías pasó asombrado su atención del enloquecido canario a su tétrica versión de plumones sobre el suelo, tapándose con las manos los oídos, incapaz de soportar aquel ruido demoníaco.
El canario se lanzaba desesperado, una y otra vez, contra los barrotes de su jaula. Buscaba enconadamente la libertad, llamando al viento amigo, clamando por volver a ver el sol, los árboles, por respirar una vez más el aire límpido del mundo, por sentirse vivo. Ya no podía soportar más aquel encierro, la soledad... y batía sus alitas tan rápido que sesgaba el viciado aire de la habitación con un lamentable zumbido que acabó por hacer perder los nervios a su viejo carcelero, quien muy equivocadamente creyó que aquel maldito bicho había sido presa, al igual que él, de alguna pesadilla.
Don Elías, agobiado por aquella actitud desafiante, se levantó y salió de la protección de las mantas, pisando al hacerlo el suave montoncito de plumones que tan curiosamente se había formado a los pies de su cama, y al hacerlo desperdigó aquella mágica reunión en una nubecilla lenta y suave alrededor. Don Elías gruñó despectivo y esparció aún más lo que quedaba bajo su pie, para a continuación abrir la puerta de la jaula e introducir su mano huesuda en ella, buscando al histérico animalillo.
Durante unos treinta segundos mano y pájaro fueron arriba y abajo en un baile arrítmico y tétrico, hasta que la mano fría atrapó el cálido cuerpecillo del canario, cerrándose la garra en torno a él para que dejara de batir aquellas alas inútiles en vano. Don Elías lo extrajo de su encierro y se lo llevó hasta su lecho, sosteniéndolo en tanto lo observaba atentamente temblar de pavor, con sus ojillos negros abriéndose y cerrándose rápidamente y el corazón latiendo desbocado en su pechito. Vio entonces su reflejo en aquellos ojos brillantes y, como si la burlona evidencia de la miseria de su alma le hubiese devuelto la mirada desde ellos, cogió la delicada cabecita de Merlín y la apretó con fuerza, privándole del aire vital, ahogándole deliberadamente, hasta que el desgraciado canario dejó de agitarse y de luchar. En la palma abierta de aquella mano asesina quedó inmóvil. Mostraba aún una gran belleza en su cuerpecito inanimado, pero no despertó lástima ni arrepentimiento alguno en aquel viejo cruel, quien al contrario, muy satisfecho de sí mismo, lo volvió a depositar en la estrechez de la jaula. Pensaba que el pájaro al fin había dejado de incordiar y frotaba sus doloridos oídos aliviado al haber regresado el silencio a su dormitorio.
Al acostarse y apagar la lámpara, tampoco dedicó un fugaz pensamiento al que le había acompañado durante aquel año con su dulce voz, el único toque de color, de vida, de esperanza, de su monótona y ruin vida... Merlín pasó al olvido rápidamente.
Don Elías lanzó un profundo suspiro convencido de que el sueño llegaría esta vez plácido y libre de pesadillas, y apoyó sus canas ralas en la almohada, dispuesto a dormir de un tirón hasta el amanecer...
Empero en ocasiones la casualidad, el azar, o el destino suelen surgir repentinamente, y traen de la mano sucesos que pueden ser buenos o malos, previstos o imprevistos, y alguna vez temibles. Y a veces las sombras despiertansecretos dormidos, o abren la puerta a eventos misteriosos que alteran nuestro ritmo de vida para siempre.
Y aquella noche la soledad no parecía dispuesta a acompañar a Don Elías, sino que más bien le había abandonado en sus tinieblas, aliándose con ellas, y de ellas mismas había extraído algo funesto que se coló en la casa. Quizás el espíritu de Merlín había dejado abierta una fisura entre el Más Allá y este mundo al abandonarlo de forma tan trágica y brutal, una grieta lo bastante ancha para que algo mórbido se deslizara por ella. Como quiera que fuese, en el mismo instante en que los párpados del viejo desalmado se cerraban, el insólito revoloteo de unas alas sonó alto y claro en la casa, rompiendo el silencio de la madrugada.
Don Elías dejó de respirar en ese mismo instante, los ojos desmesuradamente abiertos en la oscuridad, el oído atento, la mente alerta...
Extendió despacio una mano temerosa y encendió una vez más la lamparita, y un aleteo suave se oyó en dirección a la cocina, dondecesó repentinamente. La evidencia de su vida solitaria llenó al viejo de amargura y temor. ¿A qué podía obedecer aquel fenómeno? ¿Había sido su imaginación, alterada por tan horribles pesadillas? No... Había oído claramente aquel batir de alas... Algo imposible, porque Merlín estaba muerto y en su jaula, de eso estaba bien seguro...

¿O no?

Don Elías buscó la evidencia del cuerpo de Merlín, sólo para convencerse a sí mismo de que seguramente aún era presa de un mal sueño.
¿Y por qué entonces... no lo vio allí, donde lo había dejado?



Frotó sus ojillos con incredulidad, convencido de que el velo nocturno con su irrealidad le estaba jugando una mala pasada. Pero... al volver a mirar ¡seguía sin estar allí!
Agitó la jaula, lleno de impotencia y soberbia ante aquel hecho extraordinario que escapaba a su comprensión, pues estaba seguro de haber ahogado al canario, y recordaba que su corazónhabía dejado de latir. Trató de contar hasta diez buscando una calma imposible: 1, 2, 3, 4... pero antes de alcanzar el 5 de nuevo se repitió aquel aleteo suave, fantasmal, perdido en algún rincón de la vasta cocina.
Don Elías tomó una decisión en aquel mismo instante. Haría frente a tan enloquecedora situación. Alguien trataba de asustarle y no estaba dispuesto a ceder. Pensó en los críos del edificio, siempre buscando la forma de molestarle... Descubriría dónde estaba la trampa, y después se vengaría. Ya sabría qué hacer...
Se armó de todo su valor y embutiendo los frágiles pies en unas desgastadas pantuflas se apoderó de la bata del galán, cuya tela ondeó somnolienta y deshilachada tras él mientras abandonaba la habitación y cruzaba la puerta en dirección a la cocina. Tenía frío. De su boca brotaba un vaho incomprensible, pues la primavera estaba ya avanzada y el calor preludio del verano había invadido la ciudad. Antes de acostarse había oído en la radio que la temperatura rondaba los 27 grados... ¿Qué sentido acompañaba entonces a aquella gélida atmósfera dentro de su casa? No pudo evitar tiritar y menos aún el castañeteo de sus dientecillos gastados.
Los dibujos floreados del papel del pasillo se alargaban en difusas líneas verticales de arriba a abajo, continuándose hacia la sala sin interrupción y de allí a la cocina, libres de adorno alguno, y por vez primera se le antojaron mórbidos y le pareció que prolongaban aquel condenado pasillo en una distancia eterna hasta la cocina. A su izquierda la sala se abría abandonada, con su triste butacón aposentado junto a una chimenea largo tiempo en desuso y un montón de libros polvorientos apilados sin orden aparente a sus pies. Allí las cortinas también se hallaban corridas, dejando entrar apenas un hilo de luz artificial bajo ellas. Una pesada librería, desvencijada y sin brillo, se levantaba contra la pared mostrando sus estanterías repletas de libros no leídos, carcomidos y muertas sus páginas, sin lector que se interesara por ellas. Era un resto del anterior inquilino de la casa, de otro tiempo, una sombra de lo que fue un hogar en el pasado... No había alfombras que cubrieran el gastado suelo, ni cuadros, ni figuras, ni planta alguna daba vida a aquel cuadro dantesco de desoladas pinceladas.
Pero Don Elías no se fijaba en todos estos detalles, pasaba su mirada por encima de ellos, interesado tan sólo en el origen de aquel aleteo que ahora parecía provenir de allí mismo. Se había detenido en el umbral de la sala esperando oír nuevamente aquel sonido en algún rincón, entre las sombras espesas que desdibujaban los contornos con sus dedos tenebrosos. Medio apoyado en el quicio de la puerta esperó atento, impaciente, aterido de frío, tratando de ignorar el agarrotamiento que comenzaba a entumecer su cuerpo.
No tuvo que aguardar mucho. Ahora procedía de la vieja estantería, tan real que abandonó la idea de estar soñando despierto. Sin duda el espectro de Merlín le buscaba dispuesto a cobrarse su venganza... ¿de qué otra cosa podía tratarse? No... Quizás él no se había equivocado en su primera impresión, al pensar en los endemoniados chiquillos, tenía que ser cosa de ellos... La mente de Don Elías divagaba confusa, pasando de la certeza de la ominosa presencia vengativa de Merlín, que trataba sin duda de arrancarle la vida, al convencimiento de que los diablillos infantiles que siempre trataban de atormentarle, se mofaban de él una vez más... ¡Estaba enloqueciendo!
Determinado a acabar con aquella situación accionó el interruptor de la pared y avanzó muy decidido hacia la alta e imponente estantería, pero las siete bombillas de la única lámpara que colgaba del techo estallaron en mil pedazos antes de que hubiese dado dos pasos, y un montón de diminutos cristalitos cayeron sobre él en una cascada cortante que laceró su rostro con mil finos cortes. Don Elías aulló de dolor y de rabia, retrocediendo asustado entre chasquidos de cristales rotos bajo sus pantuflas. ¿Era la forma de Merlín la que se había formado allí, a base de trocitos de cristal?
Don Elías gimió de temor y su lamento tomó forma en el aire congelado para esfumarse un segundo después. Se limpió nervioso con la manga de su bata las diminutas heridas sin dejar de mirar hacia la estantería, pues el aleteo persistía, aunque no lograba ver nada en aquella oscuridad, sólo formas vagas que ahora se escudaban en la excusa de las bombillas rotas... Un temor sordo le atravesó intensamente mareándole y sintió que sus rodillas fallaban. Había algo allí, rodeándole, cercándole en su encierro voluntario, algo malévolo que enfriaba el aire que respiraba y buscaba hacerle perder la razón.
Don Elías temblaba de pavor por primera vez en su vida, y de pronto se sabía extraño entre aquellas paredes por él ignoradas. Quizás él era como un tumor que la casa entera trataba de extirpar, quizás Merlín buscaba venganza desde el Más Allá, o quizás simplemente había perdido la cabeza definitivamente. Balbució algunas palabras incoherentes, tratando de pronunciar el nombre de su canario.
Y entonces el silencio regresó.
El viejo llegó dificultosamente hasta la estantería y la revisó, no sin miedo, buscando algún rastro de su difunto pájaro. Nada halló entre los libros, excepto polvo. Algunos de aquellos volúmenes se deshicieron al tocarlos, deslizándose su contenido entre los dedos frígidos de aquel hombre sin corazón, al igual que la vida escapa de nuestros cuerpos con cada segundo que pasa acercándonos irremediablemente a la muerte, pero sin dejar en cambio huella alguna en él, pues ni una sola de las palabras impresas en las marchitas páginas se había visto reflejada en sus ojos durante lectura alguna. Destripó desconcertado todas las baldas, vaciándolas, hasta que una montaña de libros quedó a sus pies entre una nube de polvo viejo, el único que los había rozado en tanto tiempo.
Nada.
Obcecado, el viejo arremetió contra los volúmenes que quedaban y los volcó violentamente de sus estantes, emprendiéndola a patadas con ellos hasta reventarlos, deslomarlos y dejarlos en un montón informe de páginas revueltas y rasgadas. Cuando hubo acabado con ellos, encendido aún por la locura, se condujo renqueante hacia la cocina, tironeando con inusitada energía de sí mismo y dispuesto a darle la vuelta a las paredes, si era necesario, para acabar con aquel tormento. Su ira desatada arrancó el papel de la pared del pasillo al cruzarlo, y arrasó a continuación la encimera de la cocina al entrar en ella, arrojando cazuelas de hierro al suelo sucio de loza y causando un gran estruendo que no cesó en aquel desenfrenado ataque destructor. Platos, tazas, cubiertos, cajones, trapos, la cafetera, la tostadora, el reloj de pared, el calendario (que había encontrado allí colgado al comprar la casa y que jamás se había molestado en cambiar, como si así pudiese burlar el paso del tiempo), las dos únicas sillas, la mesa plegable... Todo voló de un lado a otro en confusa revolución rompiéndose y quebrándose inútilmente contra el suelo, contra las paredes, contra los armarios...
Al cabo de un rato Don Elías quedó inmóvil, jadeante, en medio de los restos de lo que había sido la cocina, y su figura parecía haber encogido con el esfuerzo destructor... En aquellos momentos era consciente de que a pesar de todo, aquel horrible aleteo persistía, ahora en otro rincón distinto al anterior, desplazándose a su antojo, esquivándole burlonamente.
- “¡¡¡Merlíííííííín!!!”
Vencido por la evidencia de sus inútiles esfuerzos, retrocedió hacia la relativa seguridad de su dormitorio, seguro ya de que el pájaro no estaba allí, sino que una fuerza oscura se había adueñado de la casa...
No obstante, uno no le da la espalda a las sombras, sino que ellas suelen teñirlo todo con trazos precisos de misterio y temor, y pellizcan nuestra inquietud mientras caminamos huyendo de ellas, nos rodean y no podemos evitarlas aunque cerremos los ojos, porque siguen estando allí, bajo nuestros párpados, permanecen ancladas en nuestra mente y noshacen esclavos de su presencia por toda la eternidad, ya que ellas prevalecen a lo largo del tiempo y son reinas de nuestras pesadillas.
Y es así que en el mismo instante en que Don Elías se adentraba en la aparente seguridad de su cuarto, un estruendo a sus espaldas sobrecogió su tambaleante calma y anuló todo rastro de cordura en él. Algo grande y pesado se movía tras él, no sabía si se arrastraba por el suelo o si reptaba pegado a las paredes, o quizás flotaba en el mismo aire que respiraba... pero al volverse a mirar por encima del hombro no vio nada, aparte de una espesa sombra, tan oscura que tras ella no lograba distinguir el pasillo, ni la sala, ni la puerta de la cocina o la del baño. Un terror sin nombre le cercó, aislándole, empequeñeciendo su persona, rozando su piel y su cabello deliberadamente, y como si las sombras tuviesen dedos vio moverse la tela de su bata, agitada por una mano invisible, y de improviso aquella vieja bata se abrió y le abandonó cayendo al suelo como si fuese de plomo. Su pijama comenzó a arrugarse sobre sí mismo, replegándose caprichoso, y Don Elías ya no pudo soportarlo más.
Se lanzó despavorido hacia la cama, cerrando la pesada puerta de roble tras él. Aullaba histérico cuando se cubrió con las mantas de pies a cabeza, pues percibía una marea de espeso horror colándose bajo la puerta, notaba cómo le robaba el aire, impidiéndole respirar. La ominosa negrura abordó el dormitorio y Don Elías enmudeció repentinamente, sin aire, a pesar de que abría su boca en una mueca carnavalesca, boqueando en busca del grito, como en una pesadilla. Con los ojos desmesuradamente abiertos agitaba brazos y piernas mientras dedos oscuros trataban de sacarle de la cama, tirando de su pecho. Una fuerza intensa, invisible y sin embargo tangible, le empujaba y atravesaba desde todos los ángulos, levantándole sobre el colchón, agitando su cuerpo, zarandeándole, y hasta la cama comenzó una macabra danza, traqueteando pasos de baile sin sentido sobre el suelo, con un eco intermitente y hueco y un alocado movimiento zigzagueante que la hizo girar sobre sí misma en una espiral demoníaca. El cuerpo de Don Elías agonizaba engullido por la marea de sombras...
En medio de la locura algo aferró las mantas arrojándolas lejos, y Don Elías quedó al descubierto, vulnerable y oprimido. Toda la habitación pareció cernirse sobre él. El tiempo se detuvo. Sus ojos no lograban ver nada, pues toda la oscuridad del mundo se concentraba en aquel lugar y pesaba sobre su frágil cuerpo.
Por la mañana el sol se miró en los cristales de la ventana. No podía atravesarlos, así que los besó seductor, arrancando un brusco destello de su superficie helada. El viento primaveral regresó con el frescor matinal, canturreando suavemente, alegre y dispuesto a soplar todo el día, pues debía anunciar la llegada del verano y esparcir por doquier promesas de calor estival... Y al llegar junto a la ventana cerrada de la siniestra habitación recordó al desventurado canario que tan dulcemente había cantado con él el día anterior. Y como era viento terco y jamás cedía en su empeño, quiso de nuevo llegar al otro lado, y decidido empezó a soplar con fuerza, hasta que la ventana al fin se abrió, porque era vieja y estaba cansada, apartando definitivamente las cortinas y dejándole entrar. El sol también quiso entrar, y lo hizo a raudales, descubriendo horrorizado una figura inmóvil sobre una cama desmembrada en medio de aquel lugar de muerte. El sol, curioso, se desparramó con cautela por el suelo, arrastrando las sombras y obligándolas a retroceder, hasta iluminar la ominosa escena de la que Don Elías era el único protagonista. El viento silbó envalentonado y agitó las mudas cortinas sólo para hacerlas rabiar, y cuando se cansó de ellas voló raudo hacia la vacía jaula de Merlín... El canario amigo ya no estaba allí, así que atravesó los fríos barrotes, encontró los plumones en el suelo y se los llevó de un soplido, desperdigándolos por toda la habitación, haciéndolos flotar a su ritmo en homenaje al cándido pajarillo prisionero de aquella casa horrible y del necio viejo que lo había mantenido preso.
Luego se acercó al carcelero y le observó, inerte, medio desnudo, como un muñeco desmadejado ya sin vida... el cuello torcido y roto en una extraña postura imposible. Rodeó la cama, que se había desplazado de su sitio en una macabra danza provocada por el frenético forcejeo de Don Elías, y vio las mantas en el suelo, arrojadas sin duda por la locura del anciano en el momento mismo en que quedaron atrapadas bajo las patas de la agitada cama; pasó bajo ellas escupiendo su olor marchito a polvo, y serpenteó hasta toparse con la deshilachada y vieja bata, que había caído al suelo por culpa de las largas hebras que se habían soltado tirando de ella al engancharse en el astillado marco de la puerta del dormitorio. Recorrió el largo pasillo renovando el viciado aire que alimentaba las sombras, y descubrió el descalabro provocado por la histeria del viejo, el papel de las paredes desgarrado, los libros tristemente despanzurrados... Agitó levemente sus páginas, revueltas sin sentido, desordenadas, y se elevó por encima de la estantería, que se había desplomado debilitada por la carcoma y vencida por los empellones enfurecidos de Don Elías, momentos antes de que éste se encerrase en su dormitorio, lleno de pavor.
Al fin, cansado de aquel escenario burlesco del que la locura se había erigido vencedora indiscutible, el viento abandonó la sala y dejando atrás la torturada cocina regresó por el pasillo, pasando junto al siempre ignorado y viejo aparato de aire acondicionado que antes no había visto y que a su juicio estaba estropeado, pues liberaba grandes bocanadas de aire gélido y maloliente, envenenando el ambiente. Lo dejó atrás y se encaminó al dormitorio, donde Don Elías yacía víctima de sí mismo, de sus miedos, de su sombría alma.
Sus ojos vacuos permanecían fijos en la ventana abierta, y en ellos se reflejó entonces la menuda figurilla de un canario: Merlín... El viento del norte le vio resplandeciente, libre al fin, sacudiendo su plumaje, gorgojeando alegremente. Se había posado en el alféizar de aquella ventana tanto tiempo cerrada, y el sol desprendía amablemente suaves reflejos de su espléndido plumaje mientras cantaba pletórico, ajeno por primera vez al cuadro de horrores que se había representado en aquella habitación muerta. Había escapado a la muerte, y estaba agradecido. Su voz alegre llenó el aire de melodías, que se unieron a la voz del viento cuando éste corrió a su encuentro lanzando ráfagas eufóricas de puro gozo. Al rato, mirándose en los ojos abiertos pero tan desprovistos de vida como antes de Don Elías, Merlín extendió sus alas libres y echó a volar ágilmente, escapando para siempre de aquella mirada petrificada, que quedó vacía una vez más... con las pupilas dilatadas y una negra oscuridad con todas las sombras del averno atrapadas en ella para siempre...

© Maite R. Ochotorena

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