«El Príncipe en su Trono», un cuento poético


Era un solitario entre el tumulto, incomprendido por todos, ignorado en cada rincón, invisible e insignificante. Era el más perdido de un mundo mágico pletórico de vida; mirara donde mirara sólo recibía indiferencia; de su sombra huidiza resultaba el reflejo imperfecto; de su voz, un eco pálido. Bastaba mirarle para ser olvidado, bastaba escucharle para distraerse… Tal era su destino. Parecía haber sido sellado.
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Sin embargo no era dado a la melancolía. Dotado de un espíritu alegre solía reírse de su existencia gris, miraba el mundo a través de un cristal dorado, lo observaba todo, lo comprendía todo. Solía deleitarse contemplando las flores del lago abrirse cada mañana; suspiraba encantado cuando la brisa agitaba las frondosas ramas de los altos olmos y en su vuelo errático arrancaba las hojas marchitas para verterlas sobre la superficie cristalina en un remolino alocado; se emocionaba cada amanecer, cada atardecer, cada vez que asomaba la luna entre las nubes, con la danza de las luciérnagas prístinas, cuya existencia se perdía en el albor de los tiempos. Vivía, sí, como si el mundo supiera que estaba allí.
Una tarde, necesitado de ver algo más allá del bosque, quiso encaramarse a lo alto de una gran roca picuda que emergía del agua, en el centro del lago. Trepó sin esfuerzo por la agreste superficie hasta encontrarse en la punta cubierta de verde musgo. La brisa pasó de largo, ni siquiera agitó su cabello. Nada ni nadie se asombró de verle allá arriba, pues nada ni nadie le prestaba atención.
– ¡Qué hermosa visión! –exclamó, henchida el alma de aquella belleza en la que había transcurrido su vida– ¡Qué buen lugar para verlo todo! ¿Cómo no lo habré descubierto antes?
Se sentó entre el mullido musgo, maravillado. Alrededor el mundo parecía inconmensurable, distante en el horizonte, como la muda contemplación que de él hacía cada instante. El bosque se abría desde las herbosas orillas del lago hacia el infinito, donde las lejanas montañas brotaban apuntando al cielo con sus coronas de nieve.
– Éste bien podría ser mi reino, y yo su príncipe –dedujo en voz alta–. Éste mi trono –señaló la singular roca en que se hallaba–, y vosotros mis súbditos…
Cogió un trozo de musgo fresco y se coronó con él, los ojos cerrados. En aquel instante se sintió importante, un ser privilegiado, capaz de reinar sobre todas las criaturas del lago con sabiduría y justa comprensión. Cuando volvió a mirar se dio cuenta de que nada había cambiado.
A su alrededor la brisa continuaba soplando, los grillos cantando, la hierba se ondulaba y las flores se abrían por encima de ella. Ninguna criatura se había percatado siquiera de su presencia en lo alto de la roca. Le ignoraban, como siempre habían hecho… Sólo que él acababa de darse cuenta. Era la primera vez que sentía la indiferencia del mundo hacia él.
– ¡Soy vuestro Príncipe! ¿No vendréis a saludarme? –chilló todo lo alto que pudo, para que le oyeran.
Pero nadie respondió. Nada se movió, nadie miró. Una inmensa tristeza comenzó a invadir su alma, triste marea de melancolía como jamás antes había sentido. Era tal la intensidad de su desamparo, la fuerza de la soledad en que se encontraba, que muy pronto su piel se tornó gris, su cabello blanco como las puntas nevadas de las lejanas montañas… y sus ojos, brillantes y alegres, se apagaron súbitamente, como si la luz en él se hubiese extinguido para siempre. Incluso su esquiva sombra huyó.
– ¿Quién soy yo? ¿Por qué existo si es como si no existiera? –sollozó dejándose caer sobre el suelo de la punta rocosa– Jamás debí subirme a esta roca… Desde aquí se ve toda mi soledad, es como si hubiera coronado la cima de mi triste vida para contemplarla en toda su plenitud… Soy el Príncipe de la Desolación, el Príncipe Desconsolado, el Príncipe Solitario…
Así continuó durante horas, enumerando una retahíla de apelativos tan melancólicos como él mismo se sentía. El sol bajó desde el cielo y se hundió en el horizonte, llegó la noche, y con ella las estrellas titilantes y la luna, cuyo resplandor llenaba el lago sin rozarle a él, pues la luna también le ignoraba.
– …soy el Príncipe de Ignorado, de la Lástima, el Príncipe Ínfimo… –continuaba sin parar, el rostro caído sobre el pecho hundido, las manos inertes en el regazo– … el Príncipe Mísero, Abandonado…
Cuanto más continuaba, más triste se sentía, más gris se volvía, su cabello encanecía…
– Soy el Príncipe Perdido…
Tanta era su angustia que poco a poco se dejó llevar, y coronado como estaba en lo alto de la roca, sin que nada ni nadie lo viera porque no le prestaban atención, se dejó llevar hacia la nada. Suspiró tanto de pena que al fin desapareció. La corona de musgo cayó en el sitio donde él estuviera, y este hecho tan grave nada alteró.
Al amanecer la luz del sol eterno sorprendió aquella roca vacía. Alumbró el lago con su alegre despertar, visitó las altas hierbas, saludó a las criaturas dormidas acompañado de la brisa. Ninguno reparó en la ausencia del Príncipe. Y sin embargo, algo había cambiado.
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Al poco tiempo el lago, que jamás había conocido otra cosa que el verano perenne, el calor estival, los largos días soleados, la lluvia mansa y la brisa agradable del sur, se agitó sorprendido ante la llegada de un nuevo visitante. Nadie supo de dónde había venido, pero apareció soplando del norte, su aliento era gélido y arrastraba tras de sí una marea de nubes blancas que pronto cubrieron el cielo, ocultaron el sol y enfriaron el aire. El recién llegado era viento fuerte, hermoso, poderoso. Amedrentó a la brisa estival, venció al sol y vertió sobre la hierba y la roca del lago una nieve pura y blanca que lo cubrió todo; sopló sobre el lago y durmió sus aguas bajo el hielo que de su aliento se formó; giró, brincó en remolinos alegres, vitales, hasta convertir aquel reino de verdor en un nuevo reino de níveo paisaje, cuya blancura se extendía hasta el horizonte, donde las montañas nevadas se anclaban con fuerza orgullosa. La voz de aquel viento del norte era la del invierno que aquel lugar jamás había conocido.
– Soy el Príncipe del Viento, del Hielo, del Invierno… –susurraba, siseaba. Éste es mi reino, y ése –rodeó la alta roca entre el hielo– …es mi trono.
Ahora sí le escuchaban.
Era un vencedor entre el tumulto, se convirtió en un Príncipe comprendido por todos, respetado en cada rincón. Fue el más audaz, el más justo, plácido, hermoso de un mundo mágico pletórico de vida. Cubrió el reino de nieve y se quedó tres meses. Se encaramó a lo alto de la roca, donde reinó cada año, proclamó el invierno, y ahora, mirara donde mirara sólo recibía respeto. De su voz poderosa resultó ser el reflejo perfecto; de su voz gélida, un eco imperecedero. Bastaba sentirle para ser recordado, bastaba escucharle para venerarle… Tal era su destino. Parecía haber sido sellado.

© 2008 Maite R. Ochotorena.

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