«El Sueño del Asesino», otro relato de suspense


La noche llegaba, era el tugurio de sus más abyectas reflexiones, el espacio desconocido donde deleitaba la mente. Solía buscar un espejo, y se entretenía sondeando indiferente esas pupilas negras que le devolvían la mirada en su reflejo, buscando en ellas un atisbo de aquella marea de ensueño ciego que dominaba su destino. La respuesta era siempre el vacío.
Era atractivo, rezumaba carisma y engañaba con su aspecto soberbio…. una apariencia que ocultaba el reino de pesadilla que llevaba dentro.
La noche aguardaba, ajena a su perversión.
Repasó su cabello con una mano perfecta, observó su imagen en el reflejo… distraído por sus negros pensamientos. Notaba ya el sabor del futuro, cuando abrazado a su embeleso enfermo, dejara salir al Verdugo… el ejecutor de un sueño muerto.
Compuso su ropa, aspiró el aire quieto de la guarida sombría en que pasaba los días, fuerte amurallado de su yo auténtico… y cogió un cuchillo afilado. Pasó los dedos largos por el borde cortante… De inmediato la prisa por salir transformó su rostro.
Buscó la puerta. La noche aguardaba.
La calle conducía a la plaza, ésta a la avenida, la avenida al túnel bajo salpicado de charcos pulidos, goteras intermitentes y ecos temerosos. El túnel pasaba bajo la carretera y llevaba al puente sobre el río manso, y al cruzarlo se llegaba al parque...
Aceleró el paso.

Caminaba sigiloso, la piel pálida de fantástico fulgor, como si fuese un verdugo de la muerte llegado del inframundo. Atravesó un sendero de arena y enderezó hacia el rincón donde rumoreaba la gran fuente de "Los amantes".
Se detuvo y aspiró el aire nocturno despacio, saboreando el momento, anticipándose a lo que vendría después…
Luego, sin prisa, se apoyó en la fuente de pétreo acabado y una vez más contempló su reflejo en las aguas calmas que los amantes esculpidos no enturbiaban desde muy atrás en el tiempo. Nunca hubo una sonrisa en aquel mudo rostro sin expresión, tampoco entonces. Sus ojos negros estaban vacíos, y llevaban la muerte en su fría mirada. Se sentó a esperar mientras el corazón latía acompasado en su pecho.
Al cabo de un rato, acallado el parque en aquella noche apacible, un rumor rasgó el silencio. La brisa apenas se dejaba sentir entre los árboles y arbustos que circundaban el lugar, pero un perfume almizcleño flotó hasta él.
Una muchacha se aproximaba.
La vio llegar con calma. No se movió, deleitándose en su belleza. Contempló extasiado su flexible manera de andar, sus largas piernas bien contorneadas, la cintura esbelta, el talle fino, el pecho tembloroso bajo la camisa blanca y el sostén transparentado; sus largos cabellos castaños flotaban sobre sus hombros delicados...
El Verdugo se adelantó entonces, sin prisa. Caminó hacia ella de forma natural para cortarle el paso, nada brusco, sin amenaza en sus ademanes… Prodigó a la joven una mirada, fingió sosiego y al llegar a su altura la retuvo suavemente, sujetándola apenas con dos dedos cálidos por el antebrazo. Notó el pulso latiendo desbocado bajo su piel. Dio entonces a su voz ese ambiguo tono cautivador del que domina sin esfuerzo.

  –Buenas noches –murmuró muy quedo. Ella le miraba sorprendida, pero no se revolvió… Enseguida cedió terreno, seducida por aquel porte antinatural–. No te asustes, estaba esperando que ocurriera algo, y entonces has aparecido tú. No podía dejarte ir.

    –No me asustas –repuso ella esbozando un amago de sonrisa tímida–. Pero creo que no soy yo lo que esperabas. Tengo prisa…

     –No, te lo ruego. Sólo un instante.

     –¿Me lo ruegas? Tienes una rara forma de hablar…

     –Quédate sólo un momento, es todo lo que necesito.

Ella sonrió entonces, confiada, atrapada en sus ojos negros.

     –¿Para qué?

Entonces él la atrajo, capturó su rostro con una mano casi tierna, y con la otra tapó su grito sorprendido. Atrapó el cuerpo joven, la volvió de espaldas y aspiró el dulce perfume de sus cabellos. Ella pugnaba por gritar, pero en aquel abrazo desfallecía impotente, helado el corazón por el frío pecho del extraño. El Verdugo dejó vagar las imágenes por su mente, evocó lo que iba a hacer, esbozó ante sus ojos contundentes pinceladas, y quiso hacer real el sueño…
Acunó a su presa en una rítmica danza, muy, muy dulce… deseoso de vencer su resistencia, poderoso el encanto en cada gesto. Y en efecto, ella pronto cedió, relajado todo su cuerpo, pues era enorme el hechizo con que él la dominaba. La brisa cobró vida y agitó las ramas frondosas sobre ellos. Los amantes de la fuente custodiaban impertérritos a aquella pareja extraña en su danza macabra; eran mudos testigos del baile del Verdugo, que ya sacaba su cuchillo.
Ella no vio su gesto, se dejaba mecer aturdida entre sus brazos.

      –¿Qué vas a hacer? –susurró presa de aquel ensueño.

      –Cautivarte…

Levantó el cortante instrumento hasta el cuello palpitante de vida, rozó la piel cálida, hacia la mejilla ruborizada, regresó hasta el lóbulo de la oreja, y mientras sonreía extasiado por sentir aquel cuerpo vivo contra el suyo, por retener la vida entre sus brazos, no quiso contener más tiempo el deseo clamoroso que era su verdadero sentimiento. Regresó hasta la dulce garganta y susurrando en su oído palabras de agradecimiento la segó con un gesto lento, premeditado... y saboreado en su cruel recorrido. 
La cálida sangre brotó palpitante y se derramó sobre aquel pecho agitado, empapó la blanca camisa y se llevó en el silencio el aliento de la hermosa joven, que boqueaba agonizante. El filo del cuchillo brillaba en la mano ejecutora.
El verdugo esperó, impávido, grabando en el recuerdo cada instante de aquel estertor de impotencia, la violencia de una muerte queda... La sintió flaquear, su cuerpo tembloroso se desmadejaba a medida que la vida se le escapaba...
Cuando ya no la sintió moverse la recostó en la fuente, absorto en el efecto que le causaba verla junto a los amantes de piedra…
Luego llegó el vacío.
La magia se había esfumado. Contempló el cuerpo desmadejado, el rostro inclinado, los ojos cerrados, la camisa empapada...
Se sentó junto a ella, buscó su mano, entrelazó los dedos con los de ella… inertes, aún tibios... y la besó con el arrebato de una despedida... sin poder sentir nada...

© Maite R. Ochotorena

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