«La Caja», un relato sobre el cambio


Ana no se sentía segura de lo que estaba a punto de hacer. Era la vista desde donde se hallaba un océano infinito de olas remotas, como sus recuerdos; era la altura sobre la que se apoyaba vertiginosa. Como su inseguridad, como el precipicio de sus indecisiones. La brisa soplaba a su espalda, sibilante, de fresco sabor a mar, al salitre húmedo de la costa abierta a base de frenéticas pinceladas… La brisa ondulaba sus ropas, enredaba su cabello. Ana no lograba centrarse en lo que deseaba hacer.
       –Adelante, no seas estúpida.
Su voz fue la expresión de la duda en su pensamiento. Sin embargo había llegado hasta aquel acantilado, a pesar de esa duda perenne, apoyaba los pies desnudos sobre la negra roca, notaba sus afiladas aristas, recortadas contra el vacío que tanto la llamaba.
Entre las manos trémulas, la caja. Ni demasiado grande, ni demasiado pequeña.
      –Si lo hago, ya no habrá vuelta atrás –reflexionó en voz alta–. Si lo hago, puede que no me libre de ella.
La brisa se tornó viento. Sacudió su cuerpo hacia delante, hacia el peligroso abismo abierto al mar. Pero Ana no se movió de donde estaba. Se apartó los cabellos de la cara y miró aquella caja de metal, una pieza perfecta de cúbica apariencia, sin cerrojo, sin tapa, sin rendijas. Su superficie pulida, lisa y brillante, encerraba el secreto enigma del lado sombrío del corazón. Debía arrojarla lejos, donde el océano la atrapara, donde las olas la engulleran y con su eterno vaivén la hundieran en el fondo olvidado y plácido de la durmiente arena.
Ana cerró los ojos un instante efímero; un suspiro en el tiempo acumulado de miedo al vacío, a perder la identidad, e incluso el alma. La caja encerraba el secreto de su vida, el negro pozo de la melancolía, el amargo sabor de las desilusiones, la pérdida y el temor a la pérdida, la perfidia de sus escondidos pensamientos, el rencor anclado en el corazón, la desidia del pasado y el error aún no cometido… La caja encerraba lo peor de sí misma, y la duda nacía de la desconfianza. Ana temía no librarse de aquel contenido mezquino, por muy lejos que pudiera arrojarlo. En cierto modo no deseaba desprenderse de esa parte de sí misma.
El cubo metálico destelleó a la luz del sol tardío.
       –Tírala ya. Líbrate de ella, sólo así podrás volver a empezar.
El instante pasó. Ana levantó la caja sobre su cabeza, la agarró con fuerza, tomó impulso y la lanzó describiendo un amplio y poderoso arco de arrojo no premeditado. El cubo de metal giró y giró sobre sí mismo en un certero vuelo hacia el horizonte. Ana lo vio ascender, destacarse contra el cielo vespertino, relumbrar al sol en la cúspide de su ascenso, y finalmente caer veloz como un meteoro… hasta zambullirse en el océano y desaparecer en la distante marea.
Su mirada permaneció clavada en el punto donde la caja acababa de hundirse. En esa mirada fría se reflejaba el desconcierto. Ana esperaba haber sentido algo al deshacerse de ella, un desgarro del alma, arrepentimiento, el brote de un nuevo secreto en el corazón que reemplazara al que acababa de arrojar. La imaginó hundiéndose lentamente entre reflejos, burbujas… en su viaje a la oscuridad del fondo marino, donde se posaría levantando algo de arena plácida. En la quietud oceánica permanecería para siempre oculta.
      –He lazando lejos mi secreto, pero esté donde esté sigue existiendo –susurró vertiendo algunas lágrimas–. Si ha de formar parte de mi alma mientras yo exista, entonces habré de aceptar que soy esto –se señaló a sí misma– … y también lo que guardé en su interior con tanto celo.
Ana estaba segura ahora de lo que había hecho. Era la vista desde donde estaba un océano infinito de olas remotas, como su memoria; era la altura sobre la que se apoyaba vertiginosa. Como su seguridad, como el precipicio de sus decisiones. La brisa soplaba alrededor, impregnada de fresco sabor a mar, al salitre húmedo de la costa abierta a base de frenéticas pinceladas… La brisa onduló sus ropas, enredó su cabello.

Ana sabía ahora lo que deseaba ser.

© 2008 Maite R. Ochotorena.

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