No Tiene Nada en las Manos

Tiene en sus manos la premura y ansiedad, el frío de las noches solas, el temor de la soledad. Vierten sus ojos mareas de nostalgia, palabras y reproches, sombras que tiñen el alma, vierten la súplica que encadena, imploran mudos de esperanzas marchitas.

Tiene en sus manos las llagas del ayer, las dudas del mañana, la triste certeza de no saber qué escurridiza sombra insinúa su destino en esa esquina lóbrega del corazón. Marchito, abatido, ése no es el coraje de su espíritu. La vergüenza nubla la súplica al tender la mano, la necesidad apremia y tiende los dedos, tiembla cuando llora a solas, en su esquina ruega por no caminar tan solo.

Ese niño guarda en las manos el flaco favor de la compasión, en sus huesos marcados la macabra sonrisa de la pobreza, en su inmadura soledad la desacompasada página de una eterna calle lluviosa. Marchito, abatido, ése no es el orgullo mutilado que le sostiene. Levanta la mirada sin ver, la lluvia de sus noches frías empapa sus días de apatía, el barro se cuela entre las grietas de su ánimo abatido, la humedad cala en su memoria y pisotea sus sueños cuando duerme.
Tiene en sus manos la premura y ansiedad, el frío de las noches solas, el temor de la soledad. Tiende la mano, tantea el mundo. Quiere rasgar ese velo inoportuno que nubló su vida cuando llegó a este mundo, para ver si al otro lado brillan luces de colores donde el hambre no atormente sus sueños.

Maite R. Ochotorena

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