El Desierto

El aire calmo en la frontera de arena; el aire reseco, el polvo prístino que enturbia, patina sobre el duro muro de las edades; se abre el paisaje castigado, sediento, abierto el desierto de dunas ondulantes.
La ráfaga se arrastra, ventea; lame las curvas heridas de castigadas huellas, se expande de huera mirada cuando en el cielo se mira; la ráfaga es ráfaga y es aire calmado, es la voz de la tormenta, el murmullo del ocaso; en el desierto es el alma cambiante que dibuja el paisaje, la mano sin dueño, voluntarioso heraldo de eternas dunas sin ayer… sin mañana.

Maite R. Ochotorena

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