La Ventana

El paisaje se abrió ante ella como una extensión amarga de su angustia, trazado de secas montañas y de dudas; un cielo carmesí preñado de pasional recelo, nubes vacuas de tormentoso hechizo, caminos sin destino, un río de agua dulce vestido de esperanza… pero tendidos los puentes sin que nadie los cruzara a aquella hora temprana. Parpadeó indecisa. Algunas lágrimas arrebatadas a su alma escaparon en desilusionada carrera… Fueron a perderse en la distancia de aquel abismo artificial levantado sobre el asfalto ceniciento, en una ciudad cualquiera, una mañana cualquiera. Ella era una mujer anónima, abandonada en sueños, sola en aquel cínico mar de vidas entretejidas en una broma sin sentido, sola en aquella habitación con vistas al cuadro de su vida. Qué gris se le antojaba aquella visión breve enmarcada entre gasas; era una lejana versión de una pesadilla en la que acababa de despertar. Cerró de nuevo los ojos, húmedos de plegarias, y murmuró en voz baja para despertar, al abrirlos, en otra parte. La brisa vertió sobre ella su aliento, sin decir nada; el sol asomó desde los altos edificios que la rodeaban, extendiendo sus largos dedos sobre los tejados dormidos, sin mirarla. Envuelta de algodón miró de nuevo, sólo para descubrir que aquella vista fantasmal se velaba de luces y sombras; la bruma levantada desgajaba racimos blancos y etéreos en la distancia; un rumor leve y ajeno murmuraba en el fondo, bajo esa neblina vaporosa. Era el mundo, aquella ciudad, una vista enmarcada que devolvía una versión distinta al que miraba; una broma dibujada tras la ventana, constante, cambiante, distante… Miró hacia abajo, qué alta estaba sobre aquel asfalto gris…

© Maite R. Ochotorena

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