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La Última Huella

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La vida parece derretirse en mi pecho, deslavazada y dispersa, sin que la magia que anida en el mundo pueda borrar las huellas que la pena ha dejado en mi corazón. Qué soledad, ahora que no queda nadie más, como si los sonidos cayeran gota a gota alrededor, como si cada segundo la cadencia de mi corazón fuese más despacio... Hasta los árboles del bosque más antiguo semejan sombras confusas que murmurasen entre sí. Me hallo al borde del lago donde mi compañero ha perdido el alma, hundidos mis pies en el lodo resbaladizo, con el agua oscura lamiéndome los dedos suavemente. Una brisa leve, apenas un soplo cálido, incapaz de revolver mis cabellos, negros como el lodo en que me hundo, recorre el claro anclado en el valle, en lo más profundo de la montaña. Desde aquí, en el sombrío lecho de intenso verdor, no se ve la cima, sólo esa muralla susurrante de verde esmeralda y troncos de plata que lo cubre todo alrededor, grandes árboles que trepan por las laderas para besar el cielo con sus ram…

Él Sueña Mientras Otros Duermen

Tiene la carita manchada de ganas de vivir, las manos repletas de trazos de esperanza, el pelo revuelto de sueños sin cumplir, la mirada perdida en la ensoñación renovada cada vez que respira... cada vez que su corazón late reivindicando su derecho a existir. Vuelve su carita al cielo, él sólo ve cuentos sin contar, historias sin desvelar. Tiende las manos para dar, aún tiene ganas de compartir lo que aún no tiene, o lo que tendrá. Aspira con fuerza, aunque su lecho de pobreza duele, las noches gastadas de hambre hieren, las mañanas peladas de risas permanecen... Él aún se atreve a soñar. Toma aire cada día para poder empezar al siguiente con la terquedad de la esperanza. No es el único, menudo en este mundo, anónimo entre los que pasan a su lado sin mirar, perdido en un intento desesperado por asomar por encima del abismo en el que nació. Pero la luz de su inocencia brilla en la oscuridad y su mirada llena el alma de sonrisas al que se atreva a devolvérsela.

Maite R. Ochotorena