«La Voz del Trovador», un relato de amor

Capítulo 1

El tren de cercanías irrumpió en la abarrotada estación. Llegó como una punta de acero temprana, gastado de óxido viejo y decorado con imaginativas pintadas. Era un tren cotidiano, transportaba la rutina del trabajo, los sueños de futuro, los problemas hogareños, corazones que se ocultan anónimos tras un libro abierto, tímidas sonrisas o el ceño fruncido del eterno ausente. La voz en lo alto anunció estridente su llegada mientras chasqueaba la megafonía. Las notas lejanas de una guitarra bohemia acompañaron aquellas apáticas frases manidas.
El tren chirrió sobre la vía y se detuvo. Al verlo, una marea de impacientes viajeros se preparó en el andén, mochilas, maletas, periódicos… un revuelo agitado se extendió entre quienes tomaban el mismo transporte cada día.
Dieron las nueve en punto.
En medio del bullicio de quienes subían y bajaban, entre empujones y disculpas, abrigado con una chaqueta de pana algo raída de experiencias gastadas, un joven se esforzó por ocupar su asiento, el de siempre, aquél junto a la ventanilla, donde daba el sol de la mañana, entre la anciana malhumorada y el ejecutivo impaciente, su rincón de cada día. Por algún acuerdo tácito entre el ayer y el mañana, ese espacio le pertenecía, siempre era él quien lo ocupaba…

Más tarde se preguntaría si el destino se lo había reservado para que ese día pudiera encontrar el amor… Más tarde se preguntaría una y otra vez si era premeditado que sólo desde allí pudiese descubrir a la que le robaría el sentido…
Se sentó con su bolsa llena de exquisitos tesoros y sacó un libro de hojas apelmazadas, sobadas de tanto leer adelante y atrás, de repasar aquellas líneas encerradas de pasión que tanto le embriagaban. Era un libro de poemas, y él… un poeta, trovador de versos turbulentos que garabateaba frenético en hojas sueltas, en el hueco de un margen, allí donde la tinta encontraba un lugar donde quedar plasmada.
Notó que el tren arrancaba, la agitación repentina del primer empujón de la máquina que tiraba de él por la vía; luego llegó el regular traqueteo mientras dejaba atrás la estación y se alejaba. El rítmico vaivén atrajo la normalidad a aquel vagón abarrotado; cada uno se encerró de nuevo en su particular universo y el trovador quiso perderse entre las amadas páginas del libro que sostenía en las manos.
Pero… casualidad, o no… antes de bajar la mirada y dejarla vagar sobre el abigarrado texto que con facilidad solía abstraerle por completo, vio de soslayo esos ojos hermosos que después le robarían el sueño…
Levantó la vista del todo, sorprendido como si le hubiesen alcanzado con un dardo envenenado. Allí estaba ella, ausente, apoyado el menudo rostro en la mano delicada, con el suspiro contenido en los labios sonrosados, las mejillas encantadoramente arreboladas… Miraba hacia ninguna parte, perdida en algún pensamiento atesorado que él no podía descifrar en la distancia; el sol se derramaba sobre su figura inmóvil, arrancaba destellos en secreto de esos ojos soñadores. No pudo apartar la mirada, cautivo de un ángel tan bello, más hermoso aún en su ensoñación, que teñía de romanticismo el cuadro perfecto del que formaba parte sin saberlo.
Mientras el tren devoraba las vías velozmente, el paisaje a través de las ventanillas se perdía como una cinta pasajera del mundo, un brochazo breve de las verdes montañas por las que pasaban, los pueblos hundidos en sus vaguadas entre la bruma; los árboles apenas eran sombras desdibujadas que enseguida se perdían en la distancia.
El revisor apareció cruzando entre vagones. Pidió billetes maquinalmente y los viajeros obedecieron del mismo modo. A su paso se posó el silencio, rasgado por el revuelo de manos que rebuscaban en los bolsillos, abrían la cartera, una tos incómoda al fondo y el peculiar ¡clac! al picar cada billete.
El joven le observó cuando se paró junto a la desconocida, ansioso por que ella alzara el semblante y así poder contemplarlo mejor. Contó uno, dos, tres, cuatro segundos, pero ella estaba ensimismada. Tuvo el revisor que carraspear para llamar su atención. Al fin su tos exigente la sacó del lejano mundo en que se hallaba. Extasiado la vio sonreír, sonrisa divina, ingenua de tímida disculpa… Sacó un billete arrugado del bolsillo de su abrigo negro y se lo tendió al revisor malhumorado. Pudo ver con claridad el rostro fino, la piel blanca destacada por el sonrojo que coloreaba sus mejillas, la menuda nariz recta, las cejas bien delineadas sombreando aquellos ojos grandes, brillantes, sonrientes… Una punzada de dolor le partió el corazón en dos, herido de muerte se rindió al amor… Fue cautivo de su visión.
El revisor continuó su recorrido, ajeno al mágico hechizo que acortaba la distancia entre el asiento del fondo, donde se sentaba la joven, y el del otro extremo del vagón, donde el poeta trovador callaba hechizado, mudo el gesto, arrebolado de admiración. Quizás sensible a su atención desmedida, ella se volvió en su dirección, buscando el origen de la vaga inquietud que de pronto agitó su perfecta abstracción. Sus ojos se cruzaron en ese instante mágico, se quedaron prendados de una íntima comprensión. ¿Qué caprichoso juego enlazó sus almas en aquella muda contemplación? El trovador sonrió, mil versos acudieron del corazón a su mente, y de ésta a sus labios, sin llegar a pronunciarlos, cuando ella se sonrojó y apartó el rostro, consciente por primera vez de él.

          –Vuelve a mirar… –rogó él.

Como si obedeciera a sus deseos la muchacha abandonó su escondido alborozo y de nuevo le dedicó una mirada, tímida, curiosa. Se preguntaba en la distancia por qué él la miraba, si era ella realmente el objeto de su atención, incrédula de serlo, ansiosa no obstante por desear parecerlo.
El tren se detuvo en alguno de los pueblos de su recorrido. Una docena de viajeros abandonó sus asientos, cogieron sus bolsas, se abrigaron con abrigos y bufandas –pues fuera hacía una fría mañana de soleado invierno–, abandonaron el vagón y sus pasos se perdieron en la estación… hasta que poco a poco desaparecieron.
Apenas quedaron cinco personas en aquel vagón de pronto silencioso. La distancia sin embargo entre los dos cómplices del casual encuentro pareció crecer como si el vacío abierto que mediaba libre de viajeros fuese el foso insalvable del desconcierto.
El tren arrancó despacio. El cuarentón ejecutivo que ocupaba el asiento frente al poeta miró el reloj y se levantó; cogió su chaqueta, pidió perdón al pasar, se alejó para desaparecer tras la puerta hacia su próximo destino, a cinco minutos de constante traqueteo. Cuando la interrupción acabó, el joven había apartado por un momento la mirada de la muchacha. Al volver a buscarla descubrió que ella le sonreía desde el otro lado. Apenas pudo respirar, le robó la sensatez, el corazón y el alma. Si la dejaba marchar se oscurecería su mundo como cuando nos alcanza una noche sin estrellas.
Al fin, tras dos paradas más a las que ninguno de los dos prestó atención, el tren alcanzó el destino que al parecer era para ambos el mismo. Se levantó él, despacio, sobrecogido. Se levantó ella, temblorosa e incierta en sus movimientos; consciente de la corta distancia que les separaba, de que él caminaba ya en su dirección, hacia la puerta.

          –¡Teresa! –una voz conocida arrebató a la chica el momento intenso y el peligro. Se volvió para encontrarse cara a cara con una compañera de estudios. No solía hablar mucho con ella, no congeniaban, las dos los sabían. Sin embargo allí estaba, apartándola de aquel extraño que ya se acercaba a ellas. Ansiaba asegurarse de que aún estaba allí, saber si aún la observaba–. No te había visto, y eso que estaba sentada bien cerca…

          –Yo tampoco te había visto –logró decir ella con forzada ronquera. De reojo vio que él estaba ya a su lado, a punto de pasar entre las dos para alcanzar la puerta. El tren iba a detenerse–… Estaba distraída.

          –Hola…

Al parecer él también conocía a su compañera. Teresa creyó desfallecer. Sus ojos volvieron a cruzarse intensamente con los de él. Deseó estar a solas, perderse para siempre en aquella mirada que parecía atravesarla con mil preguntas.

        –¡Ah! Hola, ¡tampoco a ti te había visto! –Ana le sonrió–. Ah! Por cierto Abel, tengo aquí el libro que me dejaste, por si se me olvida…

Ana, como si se hubiera propuesto separarles, se lo arrebató, apartándole de su lado. Cogió a Abel con premeditada intención del brazo y lo arrastró fuera, sin esperar a Teresa, que no podía avanzar entre empujones y prisas.
Tras ellos un lastimero chirrido anunció la partida del transporte. Un centenar de jóvenes ocupaba el mismo andén en que se encontraban los tres. La marea estudiantil empezó a serpentear hacia el pueblo, y Teresa se rezagó desesperada, contemplando cómo, a varios metros por delante, Ana caminaba con Abel. No se atrevió a adelantarles, ni a colocarse a su altura. Era evidente que Ana pretendía acaparar al joven, y era tal el temor que Teresa sentía a la marea de emociones que él había despertado en su corazón, que no tuvo valor para hacer otra cosa que padecer de amor el tiempo que duró aquel anónimo paseo.

Capítulo 2

Abel abrió los ojos, arrebatado al sueño inquieto por un sol tempranero. Había sido el suyo el duermevela del enamorado que guarda en secreto el dulce clamor del amor encontrado… encontrado y perdido al mismo tiempo. Yacía boca arriba sobre las sábanas arrugadas, el cuerpo inerte, desvencijado y abrumado. Aún ardía en su pecho la llama encendida en el tren de cercanías. No había vuelto a ver a Teresa. La había buscado, sin éxito, y desde entonces padecía en silencio, seguro de que ella también le había amado.
Se giró de medio lado. Miró por la ventana, sin apartar el rostro de la almohada. La brisa helada del mes de enero entraba a ráfagas, sin barreras que contuviesen su aliento invernal.

          –¿Dónde estás? –susurró Abel con el amargo sabor del desamor en el paladar–. ¿Dónde te encontraré, Teresa…

¿Podía olvidar tan pronto? ¿Renunciar al flechazo fulgurante que le había arrasado el alma? Abel era poeta, se sentía trovador, era su manera de ver el mundo, de afrontar los acontecimientos, buenos o malos. Por eso el impulso natural de su carácter le ayudó a abandonar el lecho de penuria en el que se acostaba. Se acercó sin calzarse a la ventana y se asomó al invierno soleado. Un mechón de cabello negro cubrió su frente, no se molestó en apartarlo. De nuevo el corazón latía en su pecho, como si al despertar hubiese recobrado el empuje necesario para seguir palpitando. Sabía que tenía que vestirse, aunque era domingo. No tenía prisa, no iba a ninguna parte, nadie le esperaba… pero tenía que recorrer la ciudad, buscar la cura a aquella congoja que agarrotaba su espíritu.

La calle a aquella hora festiva se adornaba de una calma clara de árboles desnudos que elevaban sus ramas hacia el cielo azul. Las tiendas se hallaban cerradas, los comercios descansaban, tan sólo algunas panaderías abrían sus puertas desde bien temprano; cestos repletos de pan recién hecho se amontonaban en sus puertas, el aroma que desprendían era intenso, como el de la brisa que acompañaba a Abel en su paseo. Caminaba abrigado en su chaqueta, envuelto el cuello con una larga bufanda en la que hundía el rostro helado, embutidas las manos en un par de guantes de lana. A la espalda llevaba su guitarra, instrumento amigo que jamás le abandonaba. No es que quisiera hacer nada con ella, pero llevaba días rumiando versos apremiantes que muy pronto iban a brotar sin remedio. Si no soltaba aquella carga de sentimientos, pronto estallarían en su pecho, y no soportaría el embate poderoso de haberlos retenido demasiado tiempo.
Alcanzó una plaza abierta rodeada de bancos vacíos. Era muy temprano. Las palomas deambulaban, erraban, levantaban el vuelo, se posaban de nuevo. Abel cruzó entre ellas y dirigió sus pasos hacia el paseo de Real, lugar emblemático de la ciudad, un parque arbolado donde quizás también Teresa fuese de vez en cuando.

          –¿Y por qué no? Bien podría ser…

Se adelantó por un camino de tierra, bordeado a ambos lados de altos setos y parterres. Desde aquel promontorio natural, sobre el mirador amurallado, se podía contemplar la ciudad aún silenciosa, y al fondo el mar brumoso, sumidas las olas en una plácida marea de manso abatimiento.
Abel se asomó, apoyado en la piedra de la muralla. El paisaje se dibujó en sus ojos como el sueño de su amor se había asentado en el corazón, con poderoso arraigo. Cogió la guitarra y se sentó en silencio.

       –Dame tu mano Teresa –comenzó a recitar. Hizo vibrar las cuerdas, al principio dudoso–… Dame tu mano para que pueda sacarte de las sombras, déjame traerte hacia la luz, donde mi pensamiento pueda tenerte al fin, donde ya no me ciegues de impaciencia…
Su voz fue cobrando fuerza a medida que cantaba aquellos versos de amor. En la quietud de la mañana ni los pájaros del parque se atrevieron a interrumpirle. Eran hermosas sus palabras, brotaban del alma, dejaban discurrir la marea de sentimientos contenidos, liberándolos hacia el universo.

          –…dame tu mano amor, dame una sonrisa, una mirada eterna… donde pueda mi corazón hallar respuestas…
Ensimismado en sus pensamientos las horas le desbordaron. Pasó la mañana, pasó el mediodía y llegó la tarde corta. Cuando por fin extinguió la última nota en su guitarra, la noche envolvía ya el parque con la negra sombra nocturna. Sin estrellas en el cielo, o eso le pareció, porque Teresa seguía siendo un sueño esquivo en su imaginación.

Capítulo 4

Teresa dejó el teatro acongojado el ánimo por la representación que había contemplado. La obra era una historia de amor desgraciado, y en cada escena le había parecido verse a sí misma, enamorada de un desconocido al que creía haber soñado. Era tal la duda que atenazaba su juicio que ya casi se había convencido de que Abel no era sino producto de su imaginación, pues la mañana en que creyó verle en el tren había estado especialmente ausente, soñadora… y no le había vuelto a ver. No le había buscado, ni había preguntado a Ana… porque temía que al hacerlo convertiría en realidad sus desvelos. Sin embargo había estado atenta a un nuevo encuentro. El azar les había traicionado, o acaso era verdad que se lo había inventado.

          –Abel…

Pronunciar su nombre le traía cierto consuelo. Se fue calle abajo, lejos del bullicio de los espectadores comentando la obra, de las risas, del domingo antes del lunes y la amarga semana que vendría después. Sus pasos pronto resonaron huecos en las calles. Era tarde, hacía frío y la noche se cerraba oscura, sin estrellas en el firmamento.
Abstraída por completo caminó sin rumbo, arrebujada en su abrigo corto y negro. Su aliento hacía volutas de vaho ligero y cuando exhalaba algún suspiro lastimero se perdía tras ella como un veneno.
Fue así como sin darse cuenta se encontró a la entrada del paseo del Real. Se detuvo de pronto y tuvo miedo. Nada se movía alrededor, los árboles se dibujaban sombríamente contra el negro cielo desierto.
Teresa dudó.
Un impulso desconocido la llevó entonces a cruzar la entrada. Caminó por el sendero de tierra y se internó en el paseo, hacia el mirador. Pensaba mientras el temor la dominaba, que desde aquel alto promontorio amurallado tendría una visión más amplia de la ciudad, y quizás la inspiración, o el corazón, le dictaran dónde encontrar a Abel… o le ayudaran a convencerse de que lo había imaginado.
Pero había alguien en la muralla. Estaba de espaldas, con una guitarra muda en las manos. Miraba hacia la ciudad y más allá, absolutamente distanciado. Tanto que no la oyó llegar, ni siquiera cuando la tuvo prácticamente a su lado. Teresa no veía su rostro, sintió miedo. Se colocó a su lado. Estaban muy cerca el uno del otro.

        –Todo ha sido un sueño… –suspiró entonces el desconocido, tan cerca que estremeció su corazón de esperanza.

Se volvió hacia ella. Al pronunciar aquellas palabras había notado que la tenía allí, a su lado.
Era Abel.
Allí estaba Teresa.
Sus ojos se encontraron de nuevo, y fue como si el tiempo no les hubiera distanciado; como si una cruel broma del destino les hubiese mantenido apartados, lejos el uno del otro, cuando tendrían que haberse encontrado.
Abel tendió su mano hacia ella, tomó su rostro, se acercó y la besó. Se abrazaron, ella se perdió en su pecho, él arrebató tierno su cuerpo entre los brazos, rodeada la cintura, entregados en aquel beso tan deseado.

Capítulo 5

De madrugada Teresa se despertó. Aún conservaba el sabor de los besos de Abel en sus labios, el calor de su cuerpo contra el suyo, el ardiente amor compartido… Desorientada, cayó en la cuenta de que estaba en su cuarto. No recordaba cómo había regresado a casa, cuándo se habían despedido.
Junto a ella encontró el libro de poemas que la semana antes había comprado, un hermoso libro, abierto entre las sábanas… Recordó haberse dormido así la noche antes de ver a Abel la primera vez… ¿Había sido entonces un sueño? ¿Se había dormido y de su imaginación había nacido todo aquel amor…? ¿Aquel dolor que comenzaba a clavarse en su pecho…?
Se derrumbó sobre la cama… Lágrimas amargas barrieron su rostro, porque había despertado sola. No estaba segura, no recordaba bien lo ocurrido, haberse acostado, haber leído, haber amado…
Si todo había sido un sueño, si Abel no existía, salvo en su corazón herido, tan irreal como la angustia que la duda le provocaba por dentro… Lloró en silencio, incapaz de volver a conciliar el sueño. Pasó las horas desvelada, llena de rabia a causa del turbio enredo en que la sumía su pensamiento. Tendida y deshecha, ahogó un lamento, por no poder recuperar lo que por un breve tiempo había sido suyo. Se durmió en brazos de una pena inmensa, mecida en un sopor inquieto.

Pasó la noche, y al fin el amanecer irrumpió sobre la ciudad dormida; el sol planeó sobre el horizonte encendido de albores encarnados, y se derramó desde el cielo desplegando un fulgor dorado… Se extendieron sus rayos por los abigarrados tejados, desterrando la bruma y tiñendo el alba de una pátina infinita. A través de la ventana abierta se coló la luz ya amanecida, irrumpió en la estancia y encontró a Teresa dormida. Atravesó a hurtadillas el cortinaje velado de gasa blanca, tanteó entre sus cosas como una amante curiosa, rebuscó resplandeciente… hasta besarla a ella, que yacía rendida al desengaño de una quimera tal vez fantaseada.
El rostro de Teresa se mostraba aparentemente sereno, apacible en su hermoso gesto… Sólo parecía que durmiera, porque su pecho inmóvil hablaba de un corazón helado. Su cuerpo inerte murmuraba una advertencia en la quietud de esa mañana: que la esperanza la había abandonado, segura de que su amor por Abel no había sido más que una ilusión robada de las páginas de un libro.
Los largos dedos de la mañana rozaron su semblante dormido… y luego, curiosos y descarados, serpentearon entre las sábanas, hurgaron en la tibia calidez que de ella emanaba… hasta que toparon con el libro abierto y rebuscado…
Entre sus páginas apelmazadas hallaron lo que ella no había encontrado… aturdida como había despertado bajo el influjo traicionero del sueño. La brisa, que siempre acompañaba a la luz matutina, se agitó desde la ventana abierta y con su aliento fresco revolvió las páginas de aquel libro manoseado, volviendo las hojas una y otra vez, del derecho y del revés… hasta desvelar el pequeño secreto garabateado apretadamente entre ellas… Escrito con letra de poeta rezaba:

Te he esperado toda la vida: 677 835 875… Abel

© Maite Rodríguez Ochotorena

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