«El Visitante», un relato de terror

“Abre la puerta, llaman. Atiende…
Pero vigila, porque al otro lado
pueden estar tus miedos.
Aguardan en la sombra para traspasar la línea,
y no sabes para qué han venido.
Abre… Abre la puerta. La duda te reclama.”




En aquella hora enajenada de una noche cualquiera, rompió esa frágil barrera del tiempo y del silencio el rumor del agua al caer sobre el tejado. Se precipitó repentinamente desde aquellas nubes desgarradas del cielo nocturno y descendió tejas abajo hasta derramarse al suelo como un manto denso, acompañado de una siniestra melodía. El cielo tenebroso fue fustigado por resplandecientes latigazos que lo atravesaron de lado a lado, desgarrándolo... y un fondo zumbante de inquietante constancia se levantó desde lo alto... El viento aulló trayendo funestos presagios... mientras los cristales vibraban en el salón, confirmando la inminente llegada de una espantosa tormenta.
El tiempo se detuvo al apagarse la luz del vestíbulo; se detuvo como se detienen las agujas del reloj cuando éste ya no tiene cuerda, como si algo se hubiese llevado el trazo invisible que marca el discurrir lento e inexorable de las horas, tan repentina como contundentemente.
Como el tiempo, el silencio quedó atrapado entre las paredes, el vivo retrato de un grito mudo de espanto. Allí no quedó espacio para el eco de unos pasos, o para una tos en otra parte, ni para el tintineo de unas llaves al abrir la puerta más arriba o más abajo.
Un susurro helado recorrió el pasillo muerto y se perdió por la escalera, un susurro preñado de desgracia, un murmullo de advertencias secretas cuyo eco se perdió deprisa mientras fuera, junto a la puerta de entrada, algo se avecinaba, sin pausa. El mundo contuvo el aliento en la oscuridad, al ritmo cadencioso del miedo. Eran las once de la noche.
La aldaba sacudió la puerta con una serie de mazazos sin eco.
Yo vivía allí. Estaba acostumbrada a mi serena existencia, una regalada soledad que me brindaba independencia y libertad. No esperaba ni deseaba visitas… Y sin embargo alguien insistía con rítmica impaciencia en medio de tan aciaga noche de tormenta.
Tuve que abandonar mi apetecible rincón entre libros a medio leer, un lugar atrincherado al calor de una lámpara agradable, entre cojines cálidos y una manta arrebujada, para recorrer el largo pasillo hasta el recibidor, donde otro insistente golpe sobresaltó mis pasos. Contuve una oleada de temor, pero reprimí el deseo injustificado de volver a mi reducto de descanso para ignorar aquella visita inoportuna e impertinente… Sorprendentemente, junto al incipiente miedo se hizo hueco la curiosidad.
Quise pasar inadvertida en el recibidor, pararme sin ruido delante de la puerta. Contuve la respiración al ponerme de puntillas y atisbar a través de la mirilla para ver quién estaba al otro lado. Un relámpago cruzó el cielo iluminando el pasillo fantasmagóricamente... y al poco retumbó la ronca voz de la tempestad.
Un hombre. Una sombra alta y encorvada, una figura harapienta de negras vestiduras, largo cabello desgreñado que colgaba sobre unas ropas arrugadas llenas de mechones deshilachados. La lluvia le caía por los hombros empapando su mugre como si se llevara con largos dedos negros una capa de barniz ajado que luego se dispersaba sobre el suelo mojado, mezclándose con su sombra ominosa.
Un visitante siniestro.
No abras”, me advirtió mi conciencia.
El miedo se hizo fuerte, engulló mi curiosidad y encubrió mi escaso coraje, se coló por debajo de la puerta y se cogió de mi mano con gélida determinación. Allí, de pie en la oscuridad, había una sombría figura de aspecto espeluznante.
No abras, no se te ocurra abrir… Deja que se vaya, ya se cansará…”.
El hombre alargó un brazo quebradizo y agitó de nuevo la aldaba con unos dedos ahusados. Los golpes sacudieron la puerta en el marco. No podía ver su semblante, sólo un sombrero negro. Su figura entera se desdibujaba en la penumbra, como una aparición. De pronto levantó la cabeza y clavó sus ojos en mí… como si adivinara que estaba al otro lado de la puerta, clavada al suelo.
        –¿Quién es… –musité asustada. “Vete, ya se marchará”–. Váyase, no son horas.
Eran las once de la noche, no eran horas de ir pidiendo por las casas.
        –¡No tengo nada que darle! –insistí. Mi voz sonaba hueca–. Además, no son horas de venir –mi voz sonó esta vez distante, como si no fuera yo quien hablaba, como si fuera la espectadora anónima de un mal sueño–... Márchese...
¿Me habría oído? El visitante mantuvo el rostro oculto bajo aquel gastado sombrero viejo, tan torpemente ladeado sobre su cabeza, como si estuviese a punto de caer; su ala ancha y negra amontonaba largas sombras sobre una piel macilenta y avejentada. Dos ojos luminosos me observaron desde unas cuencas profundamente hundidas, arqueadas por unas cejas prominentes de entrecano pelo hirsuto; me observaron sin parpadear, negros, oscuros como la noche más execrable; una expresión huera de ominosa intensidad aleteaba en aquellas dos ascuas brillantes que taladraban mi intimidad.
Me aparté de la puerta, sobrecogida por un terror visceral. Su imagen, en pie ante el umbral de mi casa, como el bastardo de un silencio pavoroso o el heraldo del mal, aún perduraba en mi memoria.
Transcurrió un minuto o dos. La tormenta arreciaba, retumbaba sobre la casa sacudiendo sus cimientos, arrancando gemidos a sus pilares, aullando enfebrecida... La aldaba permaneció quieta, colgaba inerte mientras la lluvia caía  sobre mis miedos. “Se habrá ido…”. Al poco me sentí menos vulnerable, convencida de que la puerta me proporcionaba seguridad, de que el visitante no podía traspasarla. Me acerqué de nuevo a la mirilla y observé.
El ambiente estaba helado, mi pulso acelerado, el terror, anclado en el pecho, ese cosquilleo inconfundible en la nuca, cuando te sientes observado… Le vi quitarse el sombrero, y descubrir una cabeza calva... y en su frente arrugada había una espantosa oquedad que deformaba el cráneo de forma inenarrable. ¿Cómo podía un ser de este mundo tener un agujero tan espantoso en la cabeza? La piel se hundía desde sus bordes redondeados hacia dentro, como si una pelota de golf le hubiese golpeado incrustándose en su frente, y ésta se hubiese amoldado a la forma de la pelota, que ya no estaba. Sólo había un horroroso agujero.
Grité espantada y me aparté, presa de la histeria. Reí y lloré, rezando para que se fuera, rezando y suplicando para que aquel ser extraño abandonara mi puerta...
Entonces se oyó el motor de un coche que se aproximaba y se detenía ante mi casa. Atacada por una risa estúpida recordé que mi madre iba a venir tarde, para cenar conmigo y hacerme compañía. Pero... ¿cómo iba ella a pasar junto a aquel monstruo sombrío sin que le ocurriera nada? Quise chillar para advertirla, pero mi voz se ahogó en la garganta.
Sus pasos se fueron acercando hasta detenerse junto a la entrada. La llave giró en la cerradura. Nunca olvidaré la sensación de vacío... cuando al abrirse la puerta y entrar mi madre, descubrí que la figura espantosa no estaba. El estupor me invadió, la confusión... la duda. ¿Había imaginado yo, influenciada por aquella nefasta tormenta, la presencia extraña del visitante? Unas lágrimas de agradecimiento rodaron por mis mejillas al comprender que todo lo había imaginado. Mi madre me besó en la cara, sin rozarme, como hacía siempre, y entró con prisa, sacudiéndose los zapatos de la lluvia.
        –Mamá, ¿cómo has venido con este temporal? –la regañé.
      –Me ha pillado cuando ya había salido con el coche, no iba a darme la vuelta –me dijo ella. Cerró la puerta y dejó el viento y la lluvia al otro lado, golpeándola con furia... como si se hubieran contrariado. Entonces la vi mirar hacia el salón–. ¿Tienes visita...?
Un susurro helado recorrió el pasillo muerto y se perdió por la escalera, un susurro preñado de desgracia, un murmullo de advertencias secretas cuyo eco se perdió deprisa mientras en mi salón, junto a la ventana, el visitante esperaba... sin pausa. El mundo contuvo el aliento en la oscuridad, al ritmo cadencioso del miedo. Eran las once de la noche...

© Maite R. Ochotorena

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