La Última Huella



La vida parece derretirse en mi pecho, deslavazada y dispersa, sin que la magia que anida en el mundo pueda borrar las huellas que la pena ha dejado en mi corazón. Qué soledad, ahora que no queda nadie más, como si los sonidos cayeran gota a gota alrededor, como si cada segundo la cadencia de mi corazón fuese más despacio... Hasta los árboles del bosque más antiguo semejan sombras confusas que murmurasen entre sí.
Me hallo al borde del lago donde mi compañero ha perdido el alma, hundidos mis pies en el lodo resbaladizo, con el agua oscura lamiéndome los dedos suavemente. Una brisa leve, apenas un soplo cálido, incapaz de revolver mis cabellos, negros como el lodo en que me hundo, recorre el claro anclado en el valle, en lo más profundo de la montaña. Desde aquí, en el sombrío lecho de intenso verdor, no se ve la cima, sólo esa muralla susurrante de verde esmeralda y troncos de plata que lo cubre todo alrededor, grandes árboles que trepan por las laderas para besar el cielo con sus ramas.
Cierro los ojos, repitiendo su nombre sin cesar, como si al pronunciarlo en voz alta fuese a hacerle regresar...
Soy la última. No queda nadie más, sólo yo. El resto se ha ido, poco a poco, del mismo modo que la corriente de un río fluye imparable hacia el mar. Cuando yo desaparezca, el mundo permanecerá, y nadie recordará que una vez estuvimos aquí. No hay huellas, no queda nada... Lo han quemado todo, llegan del otro lado del mar y arrasan a fuego y acero cuanto de bueno y hermoso hay en este mundo. Sus cuerpos brillan bajo el sol, encerrados bajo corazas impenetrables, sus ojos son como el hielo, impasibles y duros, no hay alma tras ellos. Hablan una lengua extraña y han venido a aniquilarnos, a quitárnoslo todo... Como si alguna vez la Tierra les hubiese pertenecido. ¿Cómo sabrán que sufrí, llorando, antes de desaparecer? ¿Cómo sabrán que una vez amé, que tuve sueños, esperanza...
La superficie del lago brilla con esa pátina de reflejos ondulantes flotando bajo el cielo gris. Ahí yace él. Ahí yacen todos. Todos menos yo, la última de mi raza.
Mis pies morenos aún conservan los delicados trazos que él dibujó sobre mi piel, desde los tobillos hasta la cadera, una espiral ascendente de símbolos que representan su amor por mí. Como cuando me abrazaba entre susurros... Sus caricias se demoraban en cada dibujo, recorriendo mi piel.
Cierro los ojos y rezo a la Madre Tierra. Elevo las manos hacia el firmamento, que guarda los espíritus de mis hermanos, y trazo señales en el aire para que encuentre su camino. ¿Quién me enseñará el mío cuando tenga que partir? ¿Me esperará él para guiarme?
La brisa se vuelve viento, enreda mi pelo y descubre mi rostro sereno; las hojas se agitan en las ramas más altas de los árboles, susurran como un coro infinito; el sol asoma un instante por encima de las nubes; un águila planea muy alto, describe círculos que yo sigo con mis dedos... Y entonces le imagino a mi lado. Sonríe. Sus ojos oscuros me añoran, como yo a él. Tiende su mano hacia mí... ¿Qué otro camino me queda por recorrer?
Sigo las huellas de mi destino. Detrás de mí se pierde el rastro de mi historia.

© Maite R. Ochotorena

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