Ese cielo estrellado...

Qué pocas veces miramos las estrellas... qué pocas veces volvemos la vista hacia el cielo para descubrirlas siempre radiantes, parpadeando en ese universo infinito por el que vagamos eternamente... ajenos a él, olvidándonos de su inmensidad... de su belleza.
¿Cuántas noches pasamos de largo, atentos únicamente a nuestros pensamientos... sin escuchar el pulso cósmico en el que nos mecemos desde que el mundo es mundo? Se nos olvida lo pequeños que somos, lo diminutos que se hacen nuestros problemas, nuestra rutina, nuestros días... frente a esa inmensidad perfecta plagada de incógnitas aún por resolver; se nos pierde su cadencia aparentemente rítmica, previsible y ordenada, con las estaciones, los meses, los cometas, los eclipses, las constelaciones, la vía láctea...; se nos pierde y sin embargo volcamos en ese cielo estrellado nuestros más íntimos deseos... nuestra esperanza... nuestros sueños... Está el firmamento escrito con nuestros versos...
Qué pocas veces se nos reflejan las estrellas en la mirada, y el cielo inmenso está lleno de suspiros, de dibujos caprichosos, de soles y enanas, de planetas y cometas... palpitando feroz, como una enorme maquinaria de la que nuestro mundo forma parte, una mota insignificante flotando entre otras tantas... Somos parte de esas estrellas que apenas vislumbramos, que tantas veces ignoramos...
Qué pocas veces soñamos, tendidos bajo sus luces titilantes; se nos ocultan tras el velo artificial de nuestras ciudades, y olvidamos que siguen ahí, al otro lado de nuestra cúpula, por encima de nuestra burbuja de prepotencia, que nos mantiene aparte... cuando somos parte... que nos distrae y nos mantiene sumidos en un frágil sueño que sólo es eso... un sueño construido.
Qué pocas veces miramos a ese cielo hermoso, tendidos bajo su manto salpicado de luceros luminosos. Qué pocas veces lo disfrutamos... teniéndolo al alcance de la mano.

Maite R. Ochotorena

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