Recordar, para volver a empezar...

Es curioso cómo el mundo se detiene cuando las prisas se olvidan... y decidimos tomarnos nuestro tiempo; es curioso cómo, cuando de pronto nos sobran las horas y no sabemos qué hacer con ellas... el espacio alrededor se distiende y las distancias se alargan... Es curioso que en esos momentos, cuando de pronto la vida te da un respiro y las circunstancias te dejan margen, te descubres mirando el reloj... porque te sobran espacios en la esfera llena de minutos que normalmente te faltan... Es curioso que en esos raros instantes, cuando te das cuenta de que puedes tardar lo que quieras en ir a tu cita, en peinarte y arreglarte... cuando comprendes que si no decides hacer algo distinto, probablemente pasarás lo que dure ese valioso regalo de "tiempo"... ¡¡simplemente desperdiciándolo en nada!!

La vida, en esas preciosas ocasiones, suele ralentizar su ritmo alrededor, como si funcionara por algún caprichoso mecanismo íntimamente unido a tu pulso interior... por ti, y por nadie más. Cuando aceptamos ese regalo y paseamos con tiempo de sobra para llegar a alguna parte, divagando entre calles que otras veces recorremos como simples pasajeros con ojos ciegos, los detalles resplandecen, y la clarividencia se abre paso en nuestras mentes, como el agua se abre camino cuando lo necesita. Parece que en ese devaneo con nuestro preciado oasis libre de estrés, de presiones u obligaciones... todo se ve mejor, más fácil y claro, tan evidente que llega a ser ridículamente obvio...
Las mejores decisiones, las más sinceras, se toman en esos vagabundeos por la vida, cuando nos vemos libres de ataduras, de ruidos y voces que ahoguen nuestro verdadero sentir; el velo se levanta y podemos ver... siquiera temporalmente, la vida tal y como es, y a nosotros mismos tal y como queremos ser.
Es curioso cómo las prisas y la vorágine de nuestro día a día se lleva aquello que realmente somos, nuestros sueños, nuestros anhelos... en un tobogán vertiginoso del que parece imposible salir... Y no me extraña que estemos tan asustados y solos, tan perdidos, muchas veces, como para no reconocernos ni entender lo que ocurre alrededor... porque no es posible ver los detalles a tanta velocidad... La vida pasa como el paisaje desde un tren... borrosa y voraz.
Es curioso, y mágico, y deberíamos preservar la lucidez regalada de esos vagabundeos del espíritu, como un billete a la felicidad... para que cuando no sepamos en qué estación bajarnos, podamos sacarlo de la cartera y recordar... recordar, para volver a empezar.

Maite R. Ochotorena

Entradas populares de este blog

La Espera

«El Sauce Llorón», un cuento de Navidad

Relato de Terror: El Mensajero de la Muerte