Tristezas...

La tristeza se derrama, como la lluvia sobre ese tejado antiguo, arrastrando las penas incrustadas hacia el corazón de la noche. Es una lluvia mansa, corre en un reguero infinito y atraviesa los poros cascados de barro viejo, barro trabajado por manos extrañas. La tristeza, entre nieblas, se deja caer desde un cielo sin color, en una cortina densa que no deja ver las nubes, que barre el paisaje mientras baja... cadenciosa, y se vierte hacia esos reflejos salpicados que empapan las entrañas del mundo.
La tristeza lame las heridas agrietadas de esos viejos muros, penetra profundamente a través de las brechas partidas y busca su camino hacia el interior, y se acumula... se acumula. Se descuelga lentamente desde las ramas más altas, con el sabor más íntimo que ha robado en su camino, se desprende en lágrimas dulces que no acaban, y golpea la tierra anegada hasta hacer que una visión del mundo desdibujada, un falso reflejo, irreal y torturado, se dibuje en esos charcos que beben del suelo y sus raíces... La lluvia mansa roba el alma y se le lleva... entre soplos de viento, bajo las nubes... suavemente, mecida en remolinos... se derrama.


©2014 Maite R. Ochotorena

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