Otoño

Cierra los ojos y déjate llevar... El viento susurra y caracolea revolviendo tu pelo, el sol se derrama sobre tu rostro, cálido, agradable... Huele a otoño, huele a tierra húmeda, a lluvia reciente, a paseos vespertinos entre ocres y rojo fuego, huele a pasado, a nostalgia, a juegos de niños.
Cierra los ojos y aspira lentamente, mientras el tiempo se cuela por tu nariz y serpentea como un reguero cosquilleante a través de tus venas, por todo el cuerpo. Huele a otoño, a tardes cortas, a lluvia lenta y suave, a charcos y a castañas, huele a viejo, a curtido, a recuerdos que acumulan polvo bajo tu cama...
Lo bueno del otoño es que la prisa se pierde camino adelante, te deja atrás en su afán por avanzar, mientras tú te recreas en esta melancólica mañana sin medir tus pasos. Lo bueno es que puedes saborear este lapso robado al invierno que se acerca, meciéndote en el reposo que duerme en el regazo de los reencuentros, de los pasatiempos, del café al otro lado del cristal, mirando la lluvia... Lo bueno es escuchar esa melodía que parece escrita para ti, sonando alrededor al compás de tu perezoso devaneo, te apetece bailar despacio, arrebujada en tu abrigo, mientras se desprenden las últimas gotas del verano y se acumulan a tus pies, formando dibujos gastados, un mosaico agridulce que invita al descanso...
Cerrar los ojos y atrapar este regalo dulce sin querer abrirlo, deseando saborearlo. Su olor, su sabor, su tacto... Bailar el otoño es balancearse al son del tiempo detenido, sin agujas ni prisas, adormecidos los sentidos, brillantes los ojos de emociones y recuerdos... Lo bueno es perderse en ese sendero extraviado, y que cuando el invierno nos encuentre hayamos atrapado el secreto que andábamos buscando.

©Maite R. Ochotorena

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