Yo Decido

Ya no puedo más.

Lo que pienso… ¿me coloca a un lado o al otro de la línea que separa el bien del mal? Se revuelve, lo oigo al otro lado de la puerta, arañándola con las uñas, gruñendo como una bestia dispuesta a devorarme si le doy la ocasión, y no siento nada…

Creía que el odio me inundaría, que la rabia, el despecho, el miedo acumulado, las lágrimas, el dolor, la desesperanza… creía que mi cólera se enardecería, que nublaría mi entendimiento…

Pero no siento nada.

Estoy vacía, como una muñeca desinflada que no encuentra con qué llenar el hueco que él ha dejado dentro de mí. Soy una cáscara, no me queda nada. Me ha sorbido la vida, gota a gota…

Estoy extenuada. El tiempo se ha detenido, la vida se ha detenido.

Aquí, de pie en medio del pasillo de lo que una vez debió llegar a ser un hogar, no reconozco nada. Ciega, viviendo sin vivir, físicamente aquí, pero ciega. La mordaza del dolor acallaba mi voz. Pero es su férreo dominio lo que me aprieta las carnes de miedo, es su desdén, su palabra hiriente la que empequeñece mi día a día, su juego brutal al desconcierto el que me mantiene flotando en un limbo eterno de dudas.


Le oigo retorcerse, y sé que está furioso. Casi puedo imaginar la expresión de su rostro, esa máscara déspota que llevo grabada a fuego en el corazón. Sé que su boca se tuerce en ese gesto tan suyo, señal de tempestad. Sé que le tiemblan los labios, que sus ojos oscuros brillan con dureza, que aprieta los puños de prepotencia… Lo percibo y se me clava en la piel, y me ahogo…

Pero la puerta es mía, ¿verdad?

Pienso, pasan unos minutos, y algo se abre camino desde algún rincón enterrado en mis sombras, en el olvido de quien fui una vez. Ese algo va tomando forma, y miro la puerta. Escucho sus zarpazos, se revuelve, hay un tumulto en este cajón desastre, golpea las paredes, la bestia negra se retuerce, como un gato vivo atrapado en una caja de cartón. La puerta es mía…

Tengo la llave. La observo en la palma de mi mano, brillante y metálica, tan fría que quema. La arrojo por la ventana. La puerta es mía, y lo que hay dentro… eso no es mío, eso nunca debió estar aquí, eso nunca debió entrar…

De hecho, yo decido.

Hay una lata de gasolina en el garage.

©Maite R. Ochotorena

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