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Mostrando entradas de 2017

El anciano señor Hulber

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Hay una calle, Paddington Street, que recorre mi ciudad de norte a sur como si de un río sinuoso se tratara. Serpentea esquivando las construcciones más antiguas, y en algunos tramos se hunde en el subsuelo durante un trecho, largo y oscuro, hasta emerger al otro lado de una plaza o un monumento. Es desde luego una calle estrecha y lóbrega, y pasadas las siete de la tarde a nadie que yo conozca le apetece pasear por ella, como si en sus esquinas se ocultara algún depredador, o como si uno pudiera perderse en ella, cosa que es imposible, porque no tiene desvíos ni hay posibilidad de confundirse. 

A mí no me queda otro remedio que tomarla para regresar a mi casa cada día desde el trabajo. No suelo hacerlo sola. Siempre trato de ir acompañada, y normalmente es Ruby quien se ofrece a venir conmigo. ¡Bendita Ruby! Si no fuera por ella, mi paso por Paddington Street se convertiría sin duda en una pesadilla muy aburrida. Ruby hace que todo sea más fácil, y su risa alegre destierra las sombr…

Lluvia

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La lluvia...
Se derrama...
Flirtea entre visillos, perlada e hiriente, dulce juego de un tiempo que no muere.
La lluvia, un reguero entre fronteras, se desprende a tiras desde el cielo, baña los mares desgarrando el oleaje, se hiela en los rincones.
La lluvia merece un tiempo, bulle solitaria, agita las noches a través de los tejados, se abandona en los caminos… furtiva amante que asalta al viajero, pasos de baile…
La lluvia helada se torna presente, la lluvia muerta descansa en el asfalto, la lluvia cansada… dibuja escalas de música en el alma.

© 2017 Maite R. Ochotorena

Ya es Hora

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Hablando de cobardías.
Mirando a través de todos los velos, creo que ya es hora.
Ya es hora de perder, para empezar a ganar. Es hora de ceder, para poder avanzar, es hora de aflojar los puentes, porque antes de cruzarlos, aún debes mirar atrás… porque antes de llegar al otro lado, para comprender, para soñar, libre una vez más… primero, has de claudicar.
Porque el puño de hierro que hasta ahora te vencía, está dentro de ti. Porque no hay déspota más cruel, que el tirano Rey que habita en tu interior.
Hablando de cobardías… antes de ser valiente, prueba a desfallecer. Antes de mejorar, prueba a fallar. Porque para vivir, no necesitas saber vivir, para experimentar, no necesitas conocer, para ser… sólo necesitas ser.
No necesitas ser perfecta.
El puño de hierro te retiene. El tirano rey es el déspota dictador que nubla tus ideales, y de su estricta rigidez emana toda esa tristeza.
Hablando de cobardías, te digo, primero libérate a ti misma, a través de los falsos velos.
Creo que ya es h…

Hay algo en este instante

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Hay algo en este hueco herido, un silencio incomprendido, grande y perverso, un mudo deseo que sangra y se vierte a través de los sueños, un pasadizo secreto que se enreda en el recuerdo.
No quiero el silencio, duele la herida allí donde no hubo un por qué, duele, se retuerce y se expande… al fondo, al fondo, más al fondo, donde no llega la luz ni se ve el final… en este momento arrebatado al pensamiento.
Duele y muere. Duele y renace… sólo para volver a ser castigo, en este silencio huero, en este vacío muerto, hurtado al ladrón esquivo que se llevó el deseo.
Hay algo en este instante. El aire se calma, no hay nadie en el espejo, nadie al otro lado, ni reproches, ni excusas, ni consejos. Nadie escucha, nada permanece.
Alrededor el tiempo es un devaneo burlesco, marca el compás de este baile absurdo, entre el hoy y el ayer. Ese pasado se hunde y aturde, más allá del eco perverso de cualquier pensamiento.
Hay algo en esta herida que lame el lascivo perdón, hay algo que se tensa y se d…

No sé si soy yo

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No sé si soy yo. Al fin y al cabo me cruzo contigo y no me ves. Son las ocho y cuarto, y la vida sigue detenida en esta estación. Mi maleta reventada de sueños pesa, cargo con ella, pero no puedo con ella.

No sé si soy yo, al fin y al cabo, no reconoces mi voz. La brisa no regresa y las hojas marchitas permanecen en este cuadro al que pertenezco, y quisiera escapar fuera de este lienzo cuarteado que es una vida sin ti, lejos de la espera, amaneciendo entre tus páginas, a través de tus labios, hacia el pensamiento.

No sé si soy yo, o eres tú, o la vida misma que se me pierde. Lamento la ausencia en tu mirada, lamento la palabra no pronunciada… No debí aferrarme al silencio y vagar por este desierto. La soledad se descuelga en cada gota de lluvia, y la nostalgia se preña de dibujos de colores, alados por el tiempo y el recuerdo.

No estás. La estación acallada sin encuentros. el paseo amañado sin cita, ni besos, ni deseos. El polvo y la bruma en el mar, el sol sin esquinas, sin sombras, …

La Trinchera

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Maxwell se enterró cuanto pudo entre tantos cadáveres... Sus compañeros muertos yacían alrededor,  junto a él, sobre él... como muñecos desharrapados, cubiertos de sangre, pólvora y barro. Hacía frío, pero no temblaba por eso… Procuraba no mirar, eludía enfrentarse a la muerte, los rostros descompuestos, los ojos sin expresión... No quería reconocer a sus amigos.
El humo y la ceniza flotaban en el ambiente, sobre la ancha trinchera arañada en la tierra embarrada, cubriéndolo todo con una niebla oscura, igual que la muerte que había sembrado aquel lugar triste y ahora silencioso.
«Dios, oh Dios…»


Pero Dios no estaba allí.
Se encajó como pudo entre aquellos cuerpos sin vida, aún calientes, se cubrió a medias con ellos, brazos y piernas lánguidas, como plomo sobre su entereza… y miró al cielo, rezando por su salvación.
Sólo eran las siete de la mañana. Demasiado temprano para morir. Maxwell no estaba preparado para morir.
¿Cuándo había empezado la pesadilla? No estaba seguro. La guerra l…

No sé dónde estás...

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Siempre creí que tendría alguna opción, o quizás es que vivo en una suerte de quimera, un sueño inconcluso, nacido de esta danza dulce y triste que traza las despedidas, la mía y la tuya…
No sé dónde estás… No oigo tu voz, No te siento respirar… te pierdo en el hueco a mi lado… el vacío se burla de mí, y no puedo respirar… no puedo respirar…
Siempre creí que te arrepentirías primero, pensé que volverías… Antes de esto, todo era posible… Antes del dolor, todo era posible…
No sé dónde estás… No sé cómo alcanzarte, no sé cómo decirte… que siempre he creído que eras una prueba, o una jugada caprichosa del destino, una quimera que sólo desgarraría mi alma, no la tuya… No la tuya…
Quisiera dar un paso atrás…
He creído volver a verte en esta tarde de lluvia, pero ahora miro y sólo está el vacío, a través del tiempo… por encima de las promesas, más allá de tu voz.
Mi dolor se refleja en el tic tac de este maldito reloj… que fue el nuestro, ahora atrapado en mi pecho… agotado y marchito.
¿Dónd…

Andar a solas

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«Andar este camino se hace difícil, andarlo a ciegas, andarlo a solas, andarlo a través de ti, sin ti… A solas.
Caminar y no mirar atrás, dejar parte de mí en ti, en ese pasaje sin fronteras, entre tu visión de lo que fue… y lo que siento que fue, entre tu mirada y la mía, tan encontradas, tan distintas.
Andar y caminar… sabiendo que ya no estás, andar sin mirar atrás, caminar a solas, sin saber si al otro lado te recordaré, sin querer borrar mis huellas, a solas, pensando en ti, a través de ti… sin ti.»

No siempre...

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«No siempre se ven las flores, a veces lloran a merced del viento, a veces se pierden, a merced de ese cielo infinito.
No siempre el dolor rasga la armadura, a veces es lanza marchita, a veces quien la dispara no te ve, a veces el daño se disipa a través de ese cielo infinito, aunque apenas se ve…
No siempre la herida permanece, a veces rasga la piel encallecida, a veces se desvanece en la mañana, con la esperanza renacida.
No siempre la guerra se yergue en este campo baldío, no siempre las huestes del miedo conquistan esta colina, a veces este corazón ensancha sus fronteras, a veces las sombras abandonan este patio, a veces el viento despeja la cobardía… y sólo queda la brisa… en este horizonte infinito que es la vida.»
© 2017 Maite R. Ochotorena

Relato de Terror: La Tubería

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Algo se está revolviendo bajo mi fregadero, como si un ejército de cucarachas empujara a través de la porquería acumulada en las tuberías para emerger desde el desagüe como una erupción volcánica y desparramarse por el suelo de mi cocina. No me lo puedo creer. Miro perpleja el oscuro sumidero, esperando a que ese… «algo», acabe apareciendo. Pero nada… El ruido continúa. Algo, literalmente, está rasgando las cañerías, ¿uñas?, ¿patas? Estoy empezando a ponerme muy nerviosa, así que pienso buscar algo con qué defenderme de lo que sea… eso. ¡Y tengo algo! Joder, algo muy efectivo: «Agua Fuerte». ¿Qué bicho va a sobrevivir a un buen chorro de «Agua Fuerte»? Tengo una botella ahí mismo, bajo el dichoso fregadero que me está sacando de quicio. Voy a abrir la puerta… Me agacho y miro. ¡Oh Dios! La tubería está a la vista… Es peor de lo que imaginaba. Está hinchada, como una pesada barriga repleta de algo… algo que se mueve. No puede ser, la tubería es de PVC rígido, nada puede hacerla ceder a…

BookTrailer: El Secreto de la Belle Nuit

Mañanas tristes

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A veces te despiertas una mañana, así, sin más, con el corazón encogido por alguna suerte de pena que no acabas de identificar, y tus pies se arrastran por el pasillo y el café se te antoja frío y la ropa te escuece, y los ojos te bailan frente al espejo mientras te preguntas qué pasa...
Como si un rayo cósmico cabrón se hubiera colado entre tus sábanas y te hubiera robado la sonrisa; como si el universo entero se hubiese comprimido en tu corazón con todo el dolor y el mal infinitos... y no pudieras contener tanta miseria...
Y querrías llorar lágrimas de amargura que aliviaran la presión, pero en vez de eso sales como cada día y tratas de ser la de siempre.
Y casi lo consigues... CASI.
Porque aunque te parece que haces, dices y piensas como sueles... en realidad caminas aislada y tus ojos no ven, y tu boca no sabe hablar de verdad, y tus manos han perdido sensibilidad.
Esas mañanas son para el cajón desastre, yo suelo embalsamarlas y dejarlas en cuarentena hasta que ya no son peligros…

La Espera

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Aún no he encontrado respuestas. La lluvia barre el asfalto y embarra mis seis metros cuadrados de espacio vital, el reducto oscuro y aislado en el que me oculto del mundo y de algo más.
Siempre me ha gustado la lluvia, pero ahora, sentada en la puerta de mi furgoneta, con una taza de café en las manos, observo cómo lo cambia todo.
Incluso yo, yo en esta nada, debo ser parte del paisaje borroso de una tarde de otoño; incluso yo, que no soy nadie, que vivo al margen de todo y que apenas salgo de mi caparazón… debo ser parte de esta lluvia, de la humedad, de los árboles que me rodean… Incluso yo debo de existir, en este equilibrio caótico que es la vida.
Incluso aunque no me sienta parte de ella. Aunque algo desgarre mi corazón desde dentro, robándome la sonrisa.
No voy a llorar, no es mi estilo. Prefiero dejar pasar las horas. El tiempo resbala por mi piel, mientras la humedad se posa en ella y la vuelve pegajosa. No lo noto, pero sé que pasa, y no me importa no sentirlo.
El tiempo me …

Quedarse en esa plaza gris...

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Si vas a envolverte de rígida cordura, de normas y obligaciones, es mejor que te desprendas por un rato de tus sueños...
Si vas a vestirte de rutina, quizás deberías guardar tu imaginación donde no te distraiga ni se desborde de añoranzas...
si vas a perder las llaves de tu corazón, quédate en esa plaza gris, donde no hay ecos de otras voces que te atraigan, ni emociones, ni riesgos...
Quédate en esa playa de guijarros oscuros, sin oleaje, ni horizonte, ni promesas, ni proyectos...
Quédate sentada y acúnate sin lágrimas, y recuerda, recuerda... que el precio a pagar es tu alma.
Maite R. Ochotorena


Atravesar esa tormenta

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Volar y adueñarme de este cielo encapotado que esconde mi sueños…
Volar y desplegar al viento este anhelo retenido tanto tiempo… por ser yo esta vez, por una vez…
Volar y desterrar mi pasividad, el yermo patio de sueños donde no corre la tinta ni crece el espíritu, donde se adormece el corazón y se empequeñece la ilusión.
Volar y atravesar esa tormenta plagada de destellos, fogonazos que dan miedo, y recorren mi cielo, atravesando mi coraje, tanto tiempo resquebrajado.
Volar y beber de la lluvia, volar y abrir los ojos, desprovistos de velos esta vez, listos para mirar de nuevo, listos para mirar y ver…
Esta vez sé a dónde voy.
Volar, y extender mis esperanzas más allá de ese encierro, del gris recuerdo de ese yo apelmazado que se descomponía entre páginas sin texto ni fotografías de vida.
Volar y saborear el remolino que me sostiene ahora que me elevo más allá del silencio, hacia la comprensión y el perdón.
Volar, y mirarme directamente en el espejo de este universo que es mi alma, t…

Los sueños se fraguan en el corazón

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En la penumbra de este sueño que es la vida, me siento agradecida, pese a las sombras que aún guardo en el cajón.
En la quietud de este instante reservado al tiempo, me pregunto dónde está el sentido de cualquier herida, dónde la muerte de cualquier inocencia.
A este lado de la calle no hay color, se duerme en mi regazo y yo suspiro pensando en todo lo que fui... sin sentirme más viva que antes, ni más importante, ni más consecuente, o consciente de quién soy... a pesar de esa mirada que me devuelve el espejo por las mañanas.
Sentada en este rincón apacible, jugueteo con la idea de haber perdido toda noción real de las cosas. Me siento surcada por ese viento helado, terco y zalamero... Fuera de mí... no hay espacio. En este cielo estrellado tampoco hay lugar para otras cosas que no sean las estrellas, es mentira que albergue sueños, los sueños no se fraguan en el universo, surgen en el corazón, se moldean al ritmo de sus latidos y se desenvuelven como un regalo cuando el mundo se refl…

Relato: La Doncella

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La enfermedad había hecho mella en la anciana señora Doobelt. Postrada en cama desde hacía una semana, apenas comía, ni hablaba, ni era consciente de lo que sucedía alrededor. Su rostro, normalmente bondadoso y lleno de vida, se veía ahora amojamado en una funesta máscara macilenta, con la piel surcada de profundas arrugas, las mejillas hundidas y los párpados violáceos. El tiempo se había detenido en ella, y su hálito marchito colgaba de sus labios, apenas un soplo de vida, ni perceptible ni constante.
La sencilla alcoba a la cual la habían trasladado por orden del médico de la familia, estaba en la planta baja de su residencia, mucho más accesible para los criados que su dormitorio habitual, en el ala oeste, fácil de ventilar gracias a sus amplios ventanales, y de calentar, gracias a su vetusta chimenea de mármol. El servicio iba y venía, atareado entre sus quehaceres diarios y la atención a la enferma, pero era sobre todo el doctor Gardiner quien vigilaba su evolución. Aparecía a l…

Book-Trailer para este verano...

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Relato de Intriga: «Arriba o Abajo»

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Arriba la luz, una bocanada de aire fresco, la libertad, la esperanza…
Abajo la oscuridad, las preguntas, la incertidumbre y el miedo.
Arriba o abajo…
Arriba o abajo…
Trepar por la roca y el musgo, hincar los dedos en las grietas desconocidas, aferrarse a la tierra empapada, rozarse la piel con la pared cortante, arriesgar el vacío para alcanzar el cielo…
Gatear bajo el suelo, arrastrarse por el légamo pútrido que desciende hacia las entrañas del abismo, con el estómago sobre la humedad y la espalda aplastada por el techo cavernoso. Agachar la cabeza, respirar despacio para no sentir la opresión del encierro, el aire insano, las tinieblas impenetrables y la curva sin sentido, hacia ninguna parte, abajo… abajo… abajo…
Tomar una decisión significa jugar una sola carta, a vida o muerte.
Garrett no quiere escoger, sólo quiere cerrar los ojos y aparecer en otra parte, así, por arte de magia. Pero está atrapado en un pozo con dos únicas salidas, hacia arriba, a través de la roca madre que h…

Relato: Ausencias

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Sentada junto a la ventana contemplaba la lluvia, inmersa en una absoluta melancolía. Estaba convencida de que si dejaba que el tiempo se escapara, con cada latido de su corazón, acabaría empañando sus emociones, hasta diluirlas en la nada…
Salvo que la nada era lo que llenaba su cabeza de dudas; la nada consumía sus horas, sus sonrisas, su esperanza y su destino; la nada era ese ninguneo imperceptible que iba minando su entereza, arrebatándole cualquier esperanza de ser feliz.
El agua recorría los cristales en cortos regueros irregulares, como dedos retorcidos que no encuentran su camino, como sus lágrimas, como sus emociones. Más allá estaba la ciudad, mansa y gris, distante y rumorosa. Un constante ronroneo brotaba de ella, amortiguado bajo las nubes negras de un  encapotado cielo nocturno. Era el pulso cadencioso de la vida que llenaba sus calles, una vida que ella no entendía en aquel momento, porque le era ajena y extraña; una vida con la que hacía tiempo que no podía conectar, …