El desnudo


Cuando uno se desnuda, le otorga a la intemperie el dudoso honor de profanar sus secretos, le entrega una daga afilada, con la curva de la duda sellada en su filo.

Cuando uno se desnuda, se expone a la verdad que otros contemplan, se muestra sin tapujos en un cuadro observado, ante una platea de intérpretes sin más vista que la de un miope que sólo comprende lo que su experiencia le susurra al oído, sin más juicio que el de una vida efímera, limitada al confín de sus dominios.

Cuando uno se desnuda, y muestra sus entrañas, baila una danza peligrosa, camina de puntillas siguiendo el trazo de esa fina línea que discurre entre la verdad y los secretos, entre lo cierto y lo incierto, entre lo que aparenta ser… y lo que es. Lo que la luz muestra, las sombras lo enturbian, lo que queda a la vista, muta, y ya no es, no permanece, igual que lo que una vez fue se desdibuja según quien oye la historia, según el día, según la noche, según…

Cuando uno escoge estar, y abarrotar el hueco de lo que alguna vez quisiera llegar a ser, abandona una sombra nostálgica que siempre le acompaña, como el recuerdo del espacio que ocupó, un pozo profundo al que se asoma el espectador, hurgando con el dedo del destino… en busca de retazos que le hablen de ese personaje que sale a escena, más que él mismo.

Cuando uno se desnuda, se otorga a sí mismo el don de la excepción, un salto al vacío, se concede el valor de quien quiere avanzar, a pesar de sí mismo.

© 2017 Maite R. Ochotorena


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