Islas

Levantar la vista y no ver, alzar la voz y no ser escuchado, vivir rodeado de gente y sentirse solo, como si el ser humano se hubiera devorado a sí mismo hasta perderse en el vacío.

Damos vueltas y no le encontramos sentido a este día a día bochornoso; estamos frustrados, y no nos damos cuenta de que buscamos donde no es. Estamos tan acostumbrados a llevar este ritmo frenético que somos incapaces de comprender, y no sabemos, y no entendemos, y estamos solos, somos islas, centenares de islas, millares de islas, flotando en un océano absurdo, a la deriva de un progreso que prometió bienestar, felicidad, justicia, igualdad, entendimiento… y nos ha traído soledad.

En un mundo donde las oportunidades que debían ser para todos se van reduciendo, donde nos cuesta levantar la vista para ver al de al lado, en una rutina que nos impide sonreír cuando entramos en una tienda, frenar para que otro pueda salir del aparcamiento, sostener la puerta al que trata de pasar… En una civilización donde desconfiamos, sí… ¿Acaso no frunces el ceño si alguien se te acerca para preguntarte algo? ¿Acaso no sientes un impulso de alejarte, acaso la duda no te hace ser receloso? ¿Acaso no te sientes molesto si alguien se pone a hablarte sin conocerle? ¿Acaso no juzgas al otro sin conocer su historia? No siempre es así, pero seguro que te reconoces en ese temor ante el resto. Cuando tratamos de colarnos y llegar primero, cuando miramos hacia otro lado al pasar frente al arrodillado que pide en la miseria, cuando nos sentamos junto a nuestra pareja sin compartir nada porque estamos absortos en una pequeña pantalla luminosa que nos comunica con un mundo virtual, cuando callamos al ser testigos de una agresión o un engaño… Cuando caminamos huraños, maldiciendo nuestra vida sin hacer nada por cambiarla, porque somos incapaces de llenar el vacío inmenso que llevamos por dentro, una gran nada alimentada por todo ese ruido exterior. ¿Necesitamos ese ruido? ¿Somos adictos a las mismas cosas que nos aíslan? No sabemos con qué llenar la soledad, porque no sabemos quiénes somos, y no sabemos quiénes somos, ni lo que queremos en realidad, porque el bombardeo de propaganda, la verborrea continua de la televisión, el ataque inmisericorde con que esta sociedad nos agrede, día a día, lo llena todo, y nos vacía de lo que somos, o debíamos ser… Y ya no nos levantamos para defendernos. Estamos extenuados. Y tenemos miedo.

No me extraña que estemos frustrados, furiosos, enfadados. Y no sabemos por qué. Estamos tan aturdidos, tan agobiados con sacar adelante esta vertiginosa vida que llevamos, que se nos pierden las cosas que realmente merecen la pena.

Si echáramos el freno podríamos ver a los demás, navegando a nuestro lado, cuando creíamos estar solos.

No estamos solos. El ruido no acallará nuestros problemas. El ruido es el problema. Apaga la televisión más tiempo, deja el móvil y sal a la vida real, lee, reflexiona. En un mundo donde la información lo invade todo, incluso nuestra intimidad, se hace imprescindible aprender a desconectar, para que nuestra mente aturdida se relaje y el estrés desaparezca, y puedas ver lo que tienes alrededor, y disfrutar del momento, y escuchar de verdad, y sonreír, y no sentir todos los problemas del planeta sobre tu espalda. Nos saturan con malas noticias, con todos los horrores de los que es capaz el hombre, minuto a minuto. Nos saturan con publicidad, nos acosan para que comamos, bebamos, o dejemos de hacer, nos dicen cómo vestir, nos incitan a consumir, todos quieren que les compremos a ellos, que comamos sus productos, que contratemos sus servicios, que… RUIDO. APAGA. UN RATO. APAGA. DESCONECTA… Hazlo a menudo, y ve reduciendo el tiempo que te expones a este ruido infernal. Para ser tú mismo.


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