Lee un fragmento de «El Destino de Ana H. Murria»

Extracto de la novela

«...Cuando al fin entraron en la casa, encontraron a Margarita afanada en los fogones. Ana notó como se tensaba al percibir la presencia de Celia en la cocina, incluso estando de espaldas. Detectó aquella manera suya de mirar de reojo, por debajo de las pestañas, ladeando la cabeza de forma casi imperceptible, sin girarse, y eso la inquietó. Aquel era un gesto que solía hacer cuando maquinaba algo. Se preparó para aguantar cualquier cosa. Así era la relación entre madre e hijas, una constante lucha de voluntades, un tira y afloja cargado de veneno. Qué razón tenía su tía… Margarita siempre atacaba, y ellas se defendían como podían. En esa batalla, Ana se esforzaba por soportar sus embates, pero ella siempre encontraba el modo de burlar sus defensas. Resultaba agotador.
     –¿Dónde estabas? Te esperaba para que me echaras una mano en casa.
    Ya estaba… No era lo que había dicho, sino su tono, amargo y duro. Ana sintió cómo se sacudía todo su organismo, reaccionando al estímulo casi instantáneamente, como un resorte listo para saltar. Celia también reaccionó. Al instante silenció su respiración y el ambiente se volvió gélido. Siempre sucedía igual: cuando se iniciaba una discusión, primero llegaba el miedo, la calma… luego la furia… y por último la tristeza y el descenso a los infiernos.
Ana se contuvo, quería permanecer tranquila… Por una vez, se dijo, se esforzaría por no responder a sus pullas, aunque ya hervía, anticipándose a la disputa que se avecinaba si no se controlaba. La mejor respuesta era una pregunta. Fue Celia la que la sacó del atolladero.
     –¿Cuánto vas a quedarte, Ana? –preguntó con timidez.
     –No lo sé cariño, unos días…
    La pequeña sonrió satisfecha, aunque miraba a su madre de reojo. Celia era muy morena, como Ana, pero tenía el cabello más claro y unos ojos que cambiaban, según la luz del día, del avellana al verde más profundo, el color del musgo, o el de un bosque antiguo.
     –¿Qué hace aquí la niña? –quiso saber su madre.
     –Huele bien, ¿qué está cocinando?
    Ahora sí, Margarita se giró para encararla. Ana no la miró, como hubiera hecho otras veces, se limitó a coger el mantel de un cajón, para cubrir la mesa y poner los platos y los cubiertos, fingiendo una serenidad que estaba muy lejos de sentir. Le temblaba todo el cuerpo y tenía las mejillas encendidas. Ordenó con un gesto a su hermana que se sentara a la mesa. Tenían que evitar por todos los medios una discusión.
     –Ya no te necesito Ana, no hace falta que pongas la mesa.
    Ella hizo caso omiso y continuó haciéndolo. Sabía bien que era lo que tenía que hacer.
    –¿A qué hora llega papá? –su padre nunca comía en casa, pero necesitaba desviar las incisivas preguntas de su madre.
     –No viene a comer. Lo sabes de sobra.
    Ana puso tres platos. Sólo de pensar que comerían frente a frente, se sintió desfallecer. Se dio cuenta, en ese mismo instante, que no era más fuerte, que no podía superar a su madre… Vio venir la ola, arrolladora, dispuesta a engullirla. Tragó saliva y fue a por los vasos, pero Margarita la agarró bruscamente por la muñeca, y la obligó a mirarla.
     –Te he hecho una pregunta, ¿qué hace aquí la niña?
    No había escapatoria. La férrea mano de su madre incluso le hacía daño. Ana se soltó, y se frotó la muñeca dolorida.
     –Celia se queda aquí estos días. ¿No se alegra, madre?
    –Iba a quedarse con su tía. Ya se ocupó ella de decir que aquí no pinta nada, ¡y mira por dónde!     Ahora me parece que es verdad… ¿Quién te crees que eres para traerla de vuelta?
¡Jesús! Ni siquiera se molestaba en disimular delante de la pequeña. El desprecio que destilaba su voz era demoledor.
     –No tengo por qué aguantar esto…
    –Oh, pero sí tienes por qué –Margarita la fulminó con la mirada–. Mientras estés bajo este techo obedeces, y si no, ya puedes largarte con tu hermana Isabel. Total, para la ayuda que sois… ¡Las dos igual de desvergonzadas!
   –La verdad, no esperaba que las cosas hubieran mejorado mucho por aquí –se defendió Ana, incapaz de mantener el control con el que se había propuesto conducir la conversación–… Pero si ni siquiera se ha alegrado de verme…
     –Te recibo como mereces, descastada.
     –¿descastada…
   –Dos años sin venir a vernos, sin hacernos llegar nada mientras has estado viviendo como una reina, desagradecida, ¡con tu padre enfermo!
Ana la miró de hito en hito. Destilaba tanto odio… Recordaba perfectamente que había ofrecido más de una vez enviarles el dinero que ganaba.
     –¡Nunca ha querido que le mandara nada! ¿Por qué me lo reprocha ahora?
    –¡Haberlo mandado y punto! ¡No vale con decir las cosas con la boca pequeña! Pero ya sabemos cómo eres de egoísta. Siempre has sido igual. ¡Primero tú, luego tú, y después tú! ¿Y tu padre? ¿Y Celia? Por Dios, ¡si ni siquiera te has molestado en venir a vernos! ¡Ni una vez! ¡Hipócrita! Ofreciendo dinero con la boca pequeña… ¡Vergüenza debería darte!
    A Ana le dolían los oídos, y el corazón. Iba a protestar, ansiaba gritar, responder a los reproches con la verdad en la mano… a la cólera con cólera, deseaba dejarse llevar… pero se contuvo a tiempo. Se daba cuenta de que estaba enzarzándose en otra discusión que no podía ganar; se estaba dejando llevar por la furia y la impotencia. Además, estaba Celia delante. La pobrecita asistía a aquella refriega muda y pálida. No era la primera vez, pero siempre se asustaba. Y acababa de volver… Ya estaba llorando en silencio…
    Ana se volvió con los labios apretados. Temblaba de rabia… cogió los vasos y los puso sobre la mesa, sin golpearlos como todo su ser le pedía que hiciera. Se repitió que aquel era su juego, una forma retorcida y cruel de hacer daño, originar una discusión, elevar la voz, acabar a gritos… Al fin recordó que su padre ya habría hablado con su tía. Se había puesto tan nerviosa que lo había olvidado… Esperaba que aquello zanjara la cuestión.
    –No se moleste madre. Ha sido decisión de mi padre traer a Celia. Se quedará unos días, mientras yo no vuelva a Madrid…
    Ana se arrepentía definitivamente de su decisión. Se daba cuenta de que Celia iba a sufrir por estar a su lado, como su tía había vaticinado.
Margarita sonrió. Tenía una boca bonita, pero su sonrisa era la de un animal despiadado, sin humor, sin felicidad, era amenazante, escéptica y muy despectiva. A Ana se le clavó en el alma. No iba a soportar comer con ella. Su madre la había escuchado, pero se guardó de comentar nada al respecto. Era imposible saber qué estaba pensando.
     –Siéntate, hay lentejas.
    Su orden la paralizó. Como si una mano invisible la empujara, se sentó a la mesa, sirvió agua en los vasos para ella y para su hermana, y esperó a que su madre sirviera en los platos. Miró a Celia y trató de sonreír, pero no podía. Estaba por cogerla y llevarla directamente de vuelta a casa de su tía… Aquello era un infierno, y ella se había equivocado. Absolutamente. La casa de Asunción, en comparación, era el paraíso. Cogió a Celia de la mano y fue a levantarse para reparar su error, pero su madre la detuvo con su voz hiriente.
     –¿A dónde os creéis que vais? ¡Sentaos!
    Ana obedeció y soltó a su hermana. Le temblaba el pulso a causa de la carga emocional que estaba soportando. Guardó silencio, mientras procuraba recuperarse.
Cuando tuvo su plato delante, humeante, aunque con una escasa ración, su estómago se encogió dolorosamente. Miró las lentejas, hambrienta. Flotaban en un caldo insípido en el cual era fácil distinguir los inevitables gorgojos, que siempre escapaban a los concienzudos lavados con que Margarita limpiaba las legumbres antes de echarlas a la olla, sin aderezos, tal cual. Ana las revolvió con la cuchara y apartó algunos. No los soportaba, pero era imposible librarse de comérselos. Además, estaban las piedrecitas con que el tendero trampeaba las raciones que entregaba a sus clientes para que pesaran más… Era fácil estropearse alguna muela al morderlas.
    Antes de que su madre dijera algo, empezó a comer, al principio con cuidado, después con afán. Su hermana la imitó, silenciosa y encogida, seguramente para hacerse más pequeña y que Margarita no se fijara en ella. Ana lamentaba que no hubiese nada más en la mesa, pero así estaban los españoles, pasando penurias y aguzando el ingenio para llenar la despensa. Con la dictadura habían llegado las colas del hambre. La señora Kauffman siempre había creído que cuando los nazis fueran vencidos por los aliados, éstos se volverían contra el caudillo, liberando a los españoles de su yugo para que pudieran volver a vivir bajo la bandera republicana. Ahora sabían que se había equivocado.
   Su madre puso un trozo de pan sobre la mesa. La joven lo miró… pensando en guardarse un pedazo, para cuando no pudieran permitirse comprarlo, que sería en cuanto hubieran pasado quince días y el sueldo de su padre se hubiera esfumado en liquidar sus deudas con las tenderas…
   –Qué pasa, ¿no te gustan? –Margarita la había sorprendido con la cuchara suspendida sobre el plato. Se había quedado absorta, pensando en las veces que se habían quedado sin comer–. Menuda señoritinga nos ha salido. ¿Se come mejor en casa de los señores marqueses? Pues ya puedes hacerte a la idea de que aquí no hay más. Con lo que gana el inútil de tu padre no llega, la descarada de tu hermana se larga… ¿y se supone que tenemos que cargar contigo? Mejor harías en volverte a Madrid. Aquí sólo eres un estorbo...»

© 2016 Maite R. Ochotorena. Todos los derechos reservados.

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