Relato de Misterio: La Colina

relato de suspense

Era un error, y lo sabía. Aun así, continuó escarbando la tierra, en el lugar donde creía que estaba el cadáver de Kelly. Tenía que estar allí, bajo la tierra apelmazada, a merced de la humedad, del tiempo y el olvido. Tenía las uñas ennegrecidas y astilladas de tanto arañar arrancando raíces, hurgando hacia las entrañas del secreto, donde se ocultaba la muerte. Kelly yacía allí, no entera, entera no…

Kelly, la dulce Kelly, la ternura de Kelly, sus ojos inquisitivos, su muda pregunta siempre en los labios, sin ser pronunciada, pero acuciante. Kelly y sus pequeñas manías, como lo que hacía cuando reflexionaba sobre algo que no comprendía bien: pellizcarse las cejas mientras fruncía el ceño. Kelly y su graciosa manera de andar, casi bailando…

Kelly, la dulce Kelly, estaba bajo tierra, en aquel rincón espantado de matorrales, sobre la cima de la colina, señoreando la vecindad que ignoraba su muerte.

Max gruñó, y aceleró el ritmo, sacando la tierra con las dos manos a la vez, frenético en su ciega ansiedad por recuperarla al fin…

Entonces empezó a llover, y con las primeras gotas se humedeció aquel hueco fúnebre. Luego el viento se levantó y agitó las ramas de los cuatro abedules que cobijaban el secreto allí acallado. Las hojas de otoño se arremolinaron en torno a sus troncos plateados y sacudieron la ropa de Max. Se le metió algo de polvo en los ojos y tuvo que limpiarse con la manga de la camisa. Una sensación ambigua le apremió a continuar con su error, y al poco… topó con algo duro y hostil.

Mientras el cielo encapotado descargaba sobre aquella colina una manta de agua helada y el viento la arrastraba como lenguas silbantes hacia el pueblo cercano, pendiente abajo, Max frotó la superficie de lo que parecía un hueso. Emocionado, se reconoció que había estado esperando demasiado tiempo. Allí estaba. Era Kelly… ¿Quién si no? ¿Qué si no?

Trabajó ajeno al temporal, azotado por aquel viento inclemente, empapado por una lluvia pertinaz que lavó sus lágrimas saladas con rudeza, arrastrándolas como si unos dedos fríos recorrieran su rostro contrito. Apartó ahora con delicadeza la tierra que encerraba aquel hueso, buscando su forma; hurgó alrededor, rebajando su oculto significado, hasta dejar al descubierto una calavera. Era pequeña, infantil, y se mostró a sus ojos desnuda y descarnada, con aquel blanco suave en medio de la tierra negruzca y mojada. Max la sacó con cuidado y la depositó a su lado, sobre una tela que había llevado para ese fin. Aún no había terminado.

Sobre su cabeza, las ramas de los árboles se agitaron lamentándose, y una lluvia de hojas caducas se desprendió de ellas para volar en alocados remolinos hacia ninguna parte. La hierba cubría la colina con un verde fantástico, y no había otros arbustos, ni zarzas o matorrales en todo el contorno, salvo aquellos cuatro abedules de altura formidable. Max estaba anonadado, mirando aquel hoyo profundo que había excavado con sus manos. Si continuaba, encontraría más restos de Kelly, estaba seguro. Pero, ¿quería hacerlo? Ya tenía la certeza de que estaba allí, sobre la tela, a su lado, ¿de verdad quería seguir escarbando la verdad?

Sí. Sin duda.

Se limpió de nuevo el rostro con la manga mojada de la camisa y después se lanzó de nuevo hacia aquel agujero inmundo, dispuesto a extraer hasta el último hueso de la pequeña Kelly, su hermana de cuatro años.

Tardó dos horas más, pero al cabo, había reunido, sobre la tela arrebatada a una sábana vieja, un montón informe de huesos descabalados. Casi toda Kelly estaba allí. Casi. Tal y como debía ser, no estaba entera. Un hoyo enorme atestiguaba el secreto ahora desvelado. Pensó en volver a cubrirlo, devolver la tierra extraída a su lugar, tapar la horrible verdad… y dejar la colina y sus cuatro árboles como estaban. Sin embargo, algo en su interior le incitaba a renunciar. Ya estaba hecho, no tenía sentido ocultarlo. Lo dejaría tal cual, una fosa abierta a aquel cielo negro que oscurecía la región, para que quien subiera la colina, fuera testigo de su verdad.

Pero no. Al fin tapó su secreto, y la tierra regresó a su lugar, llenando aquel vacío oscuro en la colina. La verdad quedó debajo, como la cicatriz de una vieja herida.

Arrodillado en medio de lo que ahora era un barrizal, recogió con cariño los restos de su hermana, envolviéndolos en la tela. ¿Qué hacer ahora? ¿Qué se hace con la verdad, cuando es demasiado sórdida y dolorosa para ser contada…?




Max cenó solo aquella noche. Estuvo sentado a la mesa de la cocina durante horas. La lluvia arreciaba sobre el pueblo. La penumbra y el silencio le acompañaban mientras planeaba su próximo paso, otro error. Kelly estaba a su lado, sobre una silla, oculta dentro de la sábana gastada con que la había envuelto. No había vuelto a tocarla, pero la sentía muy adentro, en el corazón. Sobre la mesa, sentado apaciblemente, un gato enorme de ojos color esmeralda le observaba indolente, ajeno al dolor que le arrasaba por dentro. Meneaba su larga cola con suavidad, en un vaivén hipnótico que semejaba un compás acertado del tiempo estancado en aquella cocina. El mundo se había detenido para Max, como si aguardara su decisión, atento al momento vital en que la tomara.

Un plato vacío descansaba ante él, lleno de migas de pan. Había cenado bien. Hacía tiempo que no sentía tanta hambre, mucho más que no saboreaba nada de cuanto probaba, y mucho más que su cuerpo no procesaba emoción alguna. Ahora empezaba a sentir de nuevo. Algo se había liberado en su interior. Kelly había abierto una brecha en su coraza, y a través de ella se filtraba todo el dolor y la rabia, llenándolo todo. Su corazón hervía, sus venas se inflamaban con el horrible secreto desvelado…

Miró el bulto que formaban los restos de su hermana. Se adivinaban sus formas bajo la tela, le recordaban algunas cosas, secretos susurrados que regresaban como una marea enloquecedora. Alargó una mano y levantó la sábana, destapando el tesoro atrapado en ella. Sus dedos rozaron apenas el blanco hueso de la calavera. Sus cuencas vacías le observaban. Era su Kelly, pero ella no estaba allí, era ella y no lo era, era un recuerdo, una sombra macabra de su hermana…

Aún tenía hambre. Sacó la calavera y la depositó con sumo cuidado junto a su plato. Necesitaba tenerla cerca… Luego se fue a la alacena y hurtó un trozo de queso aromático de un plato. Se sentó de nuevo y empezó a cortar algunos trozos, devorándolos uno tras otro mientras mantenía los ojos fijos en las oquedades muertas de la calavera. Max cerró los ojos entonces y dejó que el queso se fundiera en su paladar… Era un alivio poder degustar con tanta intensidad lo que comía. Y era gracias a Kelly.

Siempre Kelly…

Había llegado el momento de restaurar el equilibrio. Sabía cómo hacerlo.

Se levantó, dejó la cocina sin recoger, y simplemente se puso una chaqueta sobre la ropa, aún húmeda. Cogió los restos de Kelly y los depositó con cariño sobre la cómoda en el pasillo. Más tarde, cuando hubiera terminado todo, podría darles descanso en un lugar mejor que la colina. Había pensado enterrarlos en el jardín, donde la pequeña había jugado tanto, donde había sido feliz, donde él había sido feliz cuidando de ella. Allí estaban también sus otros huesecillos. Así estaría completa.

Kelly y su risa que le desbarataba, Kelly y sus chispeantes enfados. Kelly y su mirada de confianza ciega, en él, que había sido su único aliado en la vida que le había tocado vivir. Kelly ya no estaba.

Cuando Max salió de la casa llovía torrencialmente. La noche llenaba de sombras las calles estrechas de aquel pueblo chico, oscurecía las paredes enjalbegadas de las casas bajas, sembrando de irrealidad las cotidianas formas de sus plazas y rincones recorridos de parterres. Los tejados rojos derramaban chorros de agua sobre las aceras y el viento soplaba cerril contra las ventanas ciegas.

Sólo una luz brillaba en aquella oscuridad. Max se dirigió hacia ella. La pequeña iglesia se alzaba al final de una cuesta apacible, con su mudo campanario erguido en lo alto. Don Hipólito debía estar en la sacristía, porque la luz provenía de su ventana de vidrios de colores. Tal vez le estaba esperando, tal vez no.

Max apretó el paso.

Era alto, el más alto del pueblo, y caminaba algo encorvado, tal vez acostumbrado a mirar desde arriba a sus vecinos, tal vez apabullado por la herida que la falta de Kelly le había provocado. Se detuvo ante el portón de la iglesia. Dudó. Transcurrió un minuto, dos… La lluvia desdibujaba su figura corpulenta en el pórtico, y parecía como si fuera a fundirse con la oscuridad. Al fin adelantó una mano y empujó el portón. Se fijó en que aún tenía las uñas llenas de mugre. No se había lavado, no se había cambiado de ropa, no había hecho nada salvo prepararse la cena y sentarse en la cocina velando a su silenciosa hermana.

En cuanto traspasó el portón se adentró en aquella paz respetuosa que siempre vibraba en la iglesia. Apenas distinguía las formas de los bancos donde oraban los feligreses, pero al fondo, en el altar, brillaban algunas velas. La sacristía quedaba a su derecha, tras la sencilla puerta de madera tallada. Don Hipólito estaba allí. Olió el familiar aroma de su tabaco de pipa.

Don Hipólito y su candidez, Don Hipólito y su afable personalidad, el cura del pueblo, respetado, cariñoso con los chiquillos, un refugio para los mayores. Don Hipólito llevaba consuelo a sus fieles, les hablaba de la salvación, del cielo, de la gracia de Dios. Don Hipólito cuidaba de los niños y niñas los sábados durante unas horas, les enseñaba a amar a Jesucristo, a ser bondadosos, a crecer preservando los valores de una vida cristiana basada en el amor…

También había cuidado de Kelly. La había protegido. Inútil. Kelly estaba muerta. La colina la había ocultado muchos años. Los cuatro abedules habían estrechado el secreto entre sus raíces, profundamente enterrado, a la vista de todos, desconocido por todos.

Max abrió la puerta de la sacristía y se asomó. Allí estaba, Don Hipólito. Dormido. Roncaba suavemente, con la Biblia abierta sobre el regazo y la pipa encendida en el repecho de la chimenea. Un buen fuego ardía calentando aquella estancia sencilla, repleta de libros. Una lámpara iluminaba la apacible escena.

Max no se hizo notar.

Prefirió contemplar al cura y su agradable sueño. Reclinaba su ancha cabeza en el respaldo de la silla, inclinada a un lado. Sin su bonete, se apreciaba la calvicie que arrasaba su coronilla. El buen hombre había ganado peso, y su carne se rellenaba en aquellos carrillos que vacilaban tenuemente al respirar. Apenas roncaba, pero se le escuchaba con claridad en el silencio de la sacristía. Su cuerpo abultaba bajo la sotana. Max miró un grueso anillo de oro en su dedo anular. Lo recordaba bien, porque lo había besado mil veces. Cada vez que se había arrodillado para que él le confesara, cada vez que sus manos le habían buscado para guiar su inocencia infantil, agrandando la culpa y la vergüenza que él sentía por ser un monstruo. Él también había sido un niño, como Kelly. El cura había querido protegerle también a él, de sí mismo. ¿Por qué?

Sintió asco.

Entonces cogió un pisapapeles de la mesa y con decisión golpeó aquella cabeza apacible. Don Hipólito no despertó. El golpe le hizo pasar en un santiamén del sueño al desmayo. Max dejó el pisapapeles donde lo había encontrado y se aprestó a sacar al cura de su silla. A pesar de su fuerza, le costó levantarlo y cargarlo sobre su espalda, pero lo hizo. Era un error, lo sabía, pero quería cometerlo. Por interponerse entre los dos hermanos. Max y Kelly habían sido uno solo. Max había deseado a Kelly desde el día en que nació. Max siempre había tenido hambre de Kelly.

Salió de la Iglesia y se dirigió por un callejón apartado hacia el cementerio. No tenía prisa. El tiempo, que tanto le había martirizado, era ahora su aliado. La noche le cubría y el viento y la lluvia cerraban el paso a las miradas y los oídos. Caminó agachado bajo los noventa kilos del cura. Sabía que estaba vivo, porque le oía respirar. Al llegar al cementerio, con sus altos cipreses zarandeados por el temporal, atravesó la verja negra de entrada y enfiló un sendero hacia el interior más apartado, en la zona no santificada, donde las gentes enterraban a sus animales. Allí había una fosa común. Ya no se utilizaba, pero era perfecta para acoger a Don Hipólito y su derrota, la de no haber podido salvar a Kelly. Al llegar, Max dejó que el cura resbalase desde su espalda y se desplomara como un muñeco roto sobre la tierra encharcada. Seguro de que nadie le vigilaba, se fue a la caseta donde el enterrador tenía sus aperos y recogió una pala grande de boca chata. Iba a tener que cavar un profundo agujero si quería enterrar al cura para siempre y que no pudiera salir por sus propios medios. Cuando regresó, buscó el lugar ideal para empezar a cavar, y se puso a la faena con entusiasmo.

Tardó una hora en abrir una brecha cuadrada en la tierra lo suficientemente honda y ancha como para acoger aquel cuerpo orondo. En el fondo se acumulaba el agua de lluvia. Max soltó la pala y estuvo descansando unos momentos, con los brazos en jarras. Le caía el agua en regueros por el rostro encendido, y el cabello oscuro se le pegaba a la cabeza. Agradecía aquella lluvia helada, agradecía el azote del viento, el silencio y las sombras de la noche. Miró a Don Hipólito, que continuaba inconsciente sobre el barro. Su sotana, de buena calidad, se adhería a sus carnes como un sudario negro. Creía que podría sentir lástima, incluso que podría perdonar.

Pero no.

Tenía que terminar lo que había empezado. Se agachó, cogió aquel cuerpo desmadejado por debajo de las axilas y lo arrastró hasta arrojarlo al fondo de la fosa. El voluminoso cura provocó un chapoteo al caer sobre el charco de agua que anegaba el fondo, y quedó semi sumergido. Don Hipólito continuó sin sentido, ajeno a su suerte. Max blandió la pala una vez más y empezó a rellenar la fosa con la tierra que había estado sacando de ella. Arrojaba paladas grandes sobre el cuerpo del cura. Primero fue cubriendo sus piernas, hasta que sus zapatos desaparecieron; luego fue subiendo hasta que su barriga también quedó oculta, enterró sus brazos… y al fin le llegó el turno a la cabeza. Si le echaba tierra mojada encima, le asfixiaría. Lo pensó un momento. Contempló aquel semblante familiar, buscando la manera de perdonar sus intromisiones, sus encuentros hurtados a las misas para hacerle recapacitar, su inasequible empeño por redimirle, sus palabras apremiantes susurradas al oído para que cambiara… Don Hipólito siempre había sabido lo que él era, lo que era capaz de hacer. Desde que nació supo que llevaba el mal en su interior, y había pretendido salvarle, cambiar su sino y hacer de él otro niño… Max había odiado cada uno de sus gestos bondadosos, cada una de sus lecciones, cada palabra de redención. Él nunca había querido cambiar, necesitaba ser, necesitaba devorar, ansiaba comer, saciar su hambre inmensa, paladear el dulce regalo que la carne le brindaba. Don Hipólito y su empeño por curarle, Don Hipólito y su afán por mostrarle la luz…

Luego recordó que Kelly había estado enterrada en la colina, recordó que el cura ni siquiera había podido impedirle que se alimentara de Kelly, su hermana pequeña. El cura no había podido protegerla de él, y Max la había matado, y el cura lo sabía. Su hambre era inconmensurable, y ella olía tan bien… a galletas, a mazapán, tan dulce, tan tierna… Max sintió hambre de nuevo. Pero ella ya no estaba, sólo había podido probarla una vez. Recordó el festín en su cocina, el sabor de sus huesecillos, el olor de la carne recién cortada… Kelly, su Kelly, tan deliciosa…

Y el cura había tratado de impedirlo. El cura siempre empeñado en salvarle de su infierno, siempre batallando por sacarle el demonio que llevaba dentro, siempre protegiendo a Kelly... Pero no había impedido que Kelly muriera.

Don Hipólito siempre había sido un estorbo. Max no le había perdonado por entrometerse. Era hora de hacerle pagar.

Entonces cogió una enorme palada de tierra del montón acumulado a un lado de la fosa y la arrojó sobre aquel rostro familiar. A continuación echó más tierra, una y otra palada, hasta tapar por completo la fosa. Don Hipólito quedó sepultado en las entrañas del cementerio, allí donde nadie miraría, en el rincón de los olvidados, bajo un ciprés espigado y retorcido. Max allanó la zona y disimuló que hubiera sido removida. Sabía cómo hacerlo. Luego se fue a la caseta del enterrador, limpió la pala y la dejó en su sitio.

Miró el reloj. Eran las once y media de la noche. Dejó que la lluvia se llevara los restos del dolor y regresó a casa.

Una sonrisa iluminaba su semblante, ahora sereno. Kelly descansaría al fin, hasta el día en que a él le tocara reunirse con ella.

© 2017, Maite R. Ochotorena


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