Relato de Terror: Al Otro Lado

La calle se extendía ante Evelyn oscura y mojada por la lluvia. Caían del cielo miríadas de gotas vaporosas, que revoloteaban alrededor de las farolas como halos de colores. El silencio barría el tiempo sobre la calzada irregular, como si ella no estuviera allí, al principio de la calle, sin atreverse a cruzarla.

Con su falda ligera, sus largas piernas, sus medias, sus botines recién estrenados, su chaqueta de cuero y su larga melena lisa, Evelyn lucía hermosa en la oscuridad.

No había taxis en aquella parte de la ciudad, tampoco quedaban autobuses que circularan de madrugada, y de todos modos tenía que pasar por allí para llegar a su barrio, al otro lado.

San Sebastián dormía un sueño apacible, ajeno a la noche, ajeno a la lluvia monótona, a la brisa que soplaba del mar. Las ventanas de las casas coronaban aquella calle solitaria como ojos ciegos, cerradas a cal y canto. Evelyn consultó su reloj de pulsera. Eran las cuatro de la mañana. El tic tac se escuchaba nítido en la quietud. Su corazón bombeaba furioso, también se oía, alto y claro. Un gato pasó muy cerca, con sus andares sigilosos y elegantes, un gato negro de mirada esmeralda, desconfiada y directa.

Evelyn no quería pasar por allí. Le parecía que la calle se alargaba, larga y lúgubre, que era demasiado angosta, y que cualquiera podía salir de improviso de alguno de los portales para sobresaltarla. Dudó. Pero estaba sola, y cuanto más tiempo permaneciera allí, más llamaría la atención.

Al fin tomó aire y empezó a caminar. El eco de sus pasos sobre los adoquines de piedra resonó con fuerza, rebotando contra las paredes del casco viejo. No esperaba que los tacones de sus botines nuevos hicieran tanto ruido. Miró a los lados nerviosa. La calle estaba oscura y silenciosa, salvo por sus pasos. La calzada mojada y llena de charcos hacía que además emitieran un clap clap delator que no entendía de discreciones. Evelyn aceleró el ritmo. Sus largas piernas daban zancadas ágiles, y su falda bailaba sobre su bonito trasero alegremente.

Hacia la mitad de la calle un hedor rancio a orines inundó su olfato y arrugó la nariz. La calle se alargaba, como si no fuera a acabarse nunca, y al otro lado una leve luminosidad la alentaba a continuar, prometiendo un final feliz, lejos del peligro de un asaltante nocturno.

Entonces algo se movió tras ella, o sobre ella. Evelyn dio un respingo, porque había visto claramente una sombra, negra y prolongada, cruzando el aire alrededor, no sabría decir exactamente de dónde a dónde. Se detuvo, atemorizada, y se giró en todas direcciones, buscándola. Pero no vio nada. Las ventanas mudas se mantenían cerradas y oscuras, los portales quietos, la lluvia se derramaba desde el cielo como un manto denso y brillante.

La muchacha apretó su pequeño bolso de piel negro contra el costado y retomó su caminata, ahora aún más rápido, casi saltando sobre sus graciosos botines.

Al minuto, de nuevo sintió que algo la rozaba, una sombra grande y penetrante pasó a su lado. La sintió, muy espesa y horripilante. Se detuvo, esta vez aterrorizada, segura de lo que había pasado. Empezó a respirar muy deprisa, miró arriba, abajo, a derecha e izquierda… Echó a correr hacia la suave luz del otro lado de la calle, ansiando abandonarla y llegar a la seguridad de su barrio.

Entonces se oyó algo, un bramido gutural, sordo y penetrante, que lo llenó todo.

Luego nada.

Evelyn no dejó de correr, clap clap clap, jadeaba, pálida, lloraba, gemía…

Una sombra inmensa se abatió sobre ella llenándolo todo, se tragó la luz del otro lado, se tragó la lluvia, los charcos…

Los botines de Evelyn cayeron desmadejados y rotos, uno al lado del otro. El silencio regresó, y la luz al otro lado.

© 2017, Maite R. Ochotorena


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