Relato de Terror: El Mensajero de la Muerte

Contestar una llamada anónima puede parecer un gesto intrascendente, pero también puede hacer que el destino llame a tu puerta.



A veces, darle paso a un desconocido, implica mucho más de lo que parece; a veces, ceder nuestro espacio a una simple llamada de teléfono, o el simple hecho de leer un mensaje… es darle una oportunidad al mensajero de la muerte.

Beth llevaba apenas diez minutos sin mirar la pantalla de su móvil, decidida a ignorar sus zumbidos cada vez que recibía algún aviso. Apoyada en el alféizar de su ventana, mantenía la mirada fija en la lluvia al otro lado, el mentón obstinado sobre la mano, la espalda arqueada, las rodillas dobladas… Estaba en calcetines, y ya se había cambiado para estar en casa. Su mal humor iba aumentando, a medida que el móvil parpadeaba sin cesar, zumbando sobre la moqueta con insistencia.

No quería ceder, pero le costaba dominar su natural impulso de mirar.

La cuestión no era si leer o no los mensajes de Whatsapp… la cuestión era si leer o no los mensajes del «Mensajero». Y si desbloqueaba la pantalla, los leería sin remedio, de un solo vistazo.

Tenía miedo de hacerlo.

Había estado chateando con él un rato, y todo había sido agradable, hasta que sus mensajes se habían vuelto extraños y amenazantes.

Beth miró de reojo el móvil. Parecía haber cobrado vida propia, danzando zumbón sobre la moqueta, casi burlándose de ella. ¿Por qué había aceptado chatear con ese «Mensajero» si no sabía ni quién era? Había oído muchas historias sobre los riesgos de entablar conversación por whatsapp con desconocidos, pero le había parecido del todo inocente cruzar unos pocos mensajes con alguien que, por otra parte, había sido educado y divertido hasta hacía sólo cinco minutos.

Bzzzz Bzzzz

La ristra de mensajes sin leer llenaba la gran pantalla plana
, todos del «mensajero». Los labios de Beth temblaron. Estaba nerviosa, a punto de apagar el móvil definitivamente… Pero, ¿qué adelantaba con eso? Cuando lo volviera a encender, continuaría recibiendo mensajes, de eso estaba segura.

Bzzzz Bzzzzzzzz Bzzzzzzzzz

Beth se levantó y arrastró sus pies adolescentes por la moqueta para salir de su habitación. Su hermana Carla estaba abajo, en el salón, preparándose para salir. Era viernes por la noche, y sus padres se habían ido a pasar el fin de semana fuera, así que estaban solas las dos. Ahora Beth no quería quedarse en casa.

–¿Qué haces mona? –Carla se estaba peinando delante del espejo. Estaba espectacular, con sus leggins estrafalarios, sus botas de tacón y su camiseta ceñida–. Creía que te habías acostado…

–No tengo ganas, es pronto.

–Pues baja y te ves una peli, ¿no? Yo no volveré tarde, hoy paso de quedarme hasta las mil, ayer ya tuve bastante…

Puso una de sus muecas y Beth sonrió divertida.

–¿Por qué no me dejas ir contigo?

–Ni hablar… No sabes beber, no pienso cargar contigo.

–Siempre puedo volverme antes a casa, cogeré un taxi.

–Beth, mírame: NO.

Beth hizo un mohín y se apartó para que Carla pudiera pasar a coger su cazadora de cuero y su bolso.

–Me llevo el móvil, cualquier cosa me llamas, ¿vale?

Arriba sonó el teléfono de Beth. Tenía una llamada. El tono descendió a través de la escalera, repitiéndose una y otra vez, pero la chica no pensaba subir a contestar.

–Te has puesto blanca, ¿te pasa algo?

Al ver que su hermana mantenía la mirada clavada en el suelo, de brazos cruzados, Carla soltó un bufido de impaciencia. Cogió su bolso y abrió la puerta de la calle, echándose un último vistazo en el espejo. Se lanzó un beso a sí misma y salió en un revuelo de cabello rubio.

–Paso de tus movidas infantiles Beth, y luego quieres salir conmigo… ¡Sube arriba y coge el teléfono! ¡No van a morderte!

Cuando la puerta se cerró de golpe, Beth se quedó muy quieta, escuchando los pasos de su hermana que se alejaban por el camino de gravilla, mientras arriba continuaba sonando insistentemente el tono de llamada de su móvil. Estaba considerando seriamente arrojarlo por la ventana y comprarse uno nuevo, incluso cambiar de número…

Porque estaba segura de que era el «mensajero».

De pronto el silencio regresó, y una extraña quietud se abatió sobre ella. La casa estaba sumida en la penumbra, iluminada por las luces del salón nada más. Beth escuchó. Esperaba que de un momento a otro comenzara de nuevo el baile musical arriba en su dormitorio, pero eso no ocurrió. Al parecer el «mensajero» se había rendido.

Un suspiro brotó de sus labios. Al fin se decidió a regresar a su cuarto. No podía evitarlo. Sentía curiosidad.

Nada más cruzar la puerta de su habitación, vio el móvil, apagado y silencioso, sobre la moqueta. Su pantalla negra miraba hacia el techo inofensivamente. El aparato se había ido desplazando con tanto zumbido y había llegado junto al armario, donde se había detenido. Beth se acercó y se acuclilló a su lado, pensativa. ¿Qué hacer?

Alargó una mano y rozó con delicadeza la suave pantalla. No ocurrió nada. Luego pensó que estaba siendo muy irracional, y al fin lo recogió, se fue a la cama, y se sentó con la espalda sobre los cojines, dispuesta a echar un vistazo. ¿Qué daño podía hacer eso? Si volvía a sonar, lo apagaría definitivamente. Lo sostuvo en las manos, desafiándolo con la mirada. Luego lo desbloqueó, y al instante aparecieron todas sus aplicaciones. Tenía setenta mensajes y tres llamadas anónimas perdidas. No es que quisiera hacerlo, no al menos conscientemente, pero su dedo se fue sin querer hasta el icono del whatsapp y lo pulsó. Automáticamente la aplicación se abrió y apareció la lista de sus contactos. Arriba del todo aparecía el «mensajero», con sus setenta mensajes. De nuevo actuó por impulso, y abrió su contacto para leer sólo uno de esos mensajes.

Pero estaba vacío.

Extrañada, fue abriéndolos todos, sólo para descubrir que ninguno contenía una sola palabra. Estaban vacíos.

–¿Eso se puede hacer…? –se preguntó aturdida.

Entonces se enfadó, consigo misma y con aquél estúpido desconocido, y acto seguido eliminó su chat y le borró de su agenda.

–Mejor le bloqueo…

No era difícil hacerlo. Así dejaría de molestarla.

En cuanto se hubo deshecho de su incómodo acosador anónimo, se sintió mucho más tranquila.

Eran las once de la noche, llovía, y estaba hambrienta. No tenía nada mejor que hacer, así que se guardó el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón de algodón y bajó a la cocina a asaltar el frigorífico. Su madre había dejado cena hecha. Siempre lo hacía, se preocupaba mucho de que sus hijas comieran decentemente cuando ella no estaba. Se pasaba, había dejado filetes, una bandeja con lasaña vegetal, y un táper con ensalada de arándanos para un regimiento. Beth sonrió y se puso una ración de lasaña en un plato. La calentó en el microondas. Adoraba todo lo que tuviera bechamel…

Entonces, cuando ya había cogido un vaso de agua y se sentaba para cenar, la luz se apagó. No fue este hecho lo que la asustó, sino que presintió algo… como si no estuviera sola en la casa.

Se quedó muy quieta, rígida en la silla, sin saber qué hacer. No estaba a oscuras del todo, porque una farola en la calle desterraba en parte las sombras... No, no estaba sola. Había algo más, o alguien más. Casi podía notar su aliento en la piel… Beth cogió el móvil y lo encendió para utilizarlo como linterna… Lo tenía en las manos, ya desbloqueado, cuando la pantalla se iluminó y un rostro enfermizo la ocupó. Beth dio un grito y soltó el teléfono, que se cayó al suelo con un golpe seco. La pantalla se rajó de arriba abajo, pero no se apagó. Horrorizada, la joven se quedó mirando aquella imagen. Un hombre, o alguien que parecía un hombre, la observaba con unos ojos inhumanos. Era como si el vídeo del móvil estuviera funcionando por su cuenta, o como si al encenderlo hubiera aceptado una videollamada. Aquel semblante era el de un muerto viviente, con la piel apergaminada, unos pómulos prominentes y una boca desagradable que se torcía en una mueca macabra.

A Beth le temblaba todo el cuerpo. ¿Podía verla aquel individuo? ¿Era el «mensajero»?

Se agachó para apagar el teléfono, pero al apretar el botón no funcionó. Parecía atascado, o inútil. Mientras tanto, aquel ser diabólico la miraba sin parpadear, fijos sus ojos hueros en ella, devorándola, obligándola a transpirar… El pulso de Beth se disparó.

–¡Déjame en paz! –aulló.

Arrojó el móvil contra la pared, pero éste siguió encendido.

Sin embargo la imagen del desconocido desapareció.

En ese mismo momento, una sombra pasó por delante de la cristalera que daba al jardín, y Beth chilló. Corrió a llamar a su hermana. Al descolgar el teléfono fijo vio que no daba señal. No había luz, tampoco línea.

–Joder….

Corrió escaleras arriba y se refugió en su cuarto. Cerró la puerta y echó la llave. Se acurrucó en un rincón, en el suelo, y esperó, rezando para que su hermana volviera pronto a casa.

Cuando la puerta de su dormitorio se abrió, no tuvo tiempo de reaccionar. ¿Cómo habían forzado el cerrojo? Una figura alta y negra, profunda, como un pozo oscuro, se alzaba en el umbral, llenándolo todo. Beth gimoteó, apretándose contra la pared, como si así pudiera fundirse con ella. No tenía escapatoria. La presencia de aquel ser, hombre o monstruo, lo inundaba todo, le robaba el aire, su sombra se extendía por toda la habitación y llegaba hasta ella, rozándole la piel con dedos espeluznantes. Beth chilló, lloró, queriendo despertar de aquella pesadilla. Estaba sola, muy sola…

La figura entró en el dormitorio, y mientras avanzaba hacia ella, el teléfono móvil empezó a sonar abajo en la cocina, una y otra vez, una y otra vez… Beth lloraba desesperada, sintiendo cómo aquella cosa crecía y lo abarcaba todo, la mismísima muerte con su faz voraz dispuesta a llevársela al Infierno…

Lo último que sintió fue un frío inconmensurable que entumecía sus sentidos y un dolor sordo en las entrañas. La oscuridad de aquel ser se la llevó, se apoderó de su cuerpo y la devoró, abriendo sus fauces descomunales, como lo haría una boa constrictor que engulle a su presa de una sola pieza…

Cuando Carla regresó a las dos de la mañana, no encontró a su hermana. Sólo vio su móvil en el suelo, y un sinfín de mensajes de whatsapp.

«No le abras, no le dejes pasar»

«No le abras, no le dejes pasar…»

© 2017 Maite R. Ochotorena


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