Relato de Terror: La Nada

El silencio y la muerte van de la mano.

La muerte y el dolor se apresuran a través del tiempo y hurtan la vida del mismo modo en que un ladrón se lleva su botín: a escondidas.

Yvette siempre había temido ambas cosas, lo que oculta el silencio y lo que implica morir. Lo que hay o no hay detrás de la muerte, la nada…

Sentada en la bañera, con el agua casi hirviendo lamiendo su piel, dio una profunda calada a su cigarrillo y después lo apagó. Era el último. No volvería a fumar.

Se hundió un poco más en el agua y dejó que la espuma la envolviera como si de un abrigo se tratase. Cerró los ojos, y se dejó llevar… Su cuerpo se fue relajando, distendido, flotando, húmedo e inerte. Yvette imaginó que un mar de aguas cálidas la mecía suavemente, que el mundo perdía significado, que la vida elevaba su espíritu más allá de todo, amable por una vez… La espuma chisporroteaba en sus oídos, y un cosquilleo agradable recorría sus piernas desde los tobillos, a través de las pantorrillas, hacia los muslos, trepando por sus nalgas, en un escalofrío que estremecía sus caderas, su espalda, por la columna, hasta la nuca… erizando su cuero cabelludo. Se hundió un poco más…



Deseó que aquel momento robado al tiempo se prolongara mucho más, que el agua no llegara a enfriarse y que su mente mantuviera aquella danza sensual que adormecía sus miedos y llegaba a hacerla feliz…

Pero el silencio se agazapaba a su lado.

Cuando la luz se apagó, Yvette se sobresaltó y el embrujo se disipó. Se irguió, asomándose por encima del agua y abrió los ojos. Todo estaba quieto. El cuarto de baño se había sumido en una profunda oscuridad.

Sin embargo, no era que se hubiese ido la luz, era que se había «consumido» la luz. Absolutamente. Era como estar dentro de un cuadro cuyo lienzo la estuviese oprimiendo, como si el aire fuera denso. Le costaba respirar, casi como si pudiera tocar aquel ambiente opresivo con los dedos, y moldearlo a su gusto, como si la oscuridad, aquella tangible oscuridad, se hubiese tragado la luz y quisiera penetrar en ella.

Yvette empezó a respirar más rápido. El agua aún estaba caliente. No se atrevió a salir de ella. Estaba desnuda, si abandonaba la protección del agua sería vulnerable, absolutamente vulnerable. Miró alrededor, sin ver. Entonces recordó que su toalla estaba muy cerca, al alcance de la mano, sobre el bidé. Sólo tenía que alargar el brazo y cogerla, envolverse en ella y salir del baño, de la oscuridad.

Dudó. No se atrevía a sacar la mano del agua, no quería arriesgarla a través de aquella densa oscuridad, no quería palpar en la nada buscando la toalla…

Pero tampoco deseaba permanecer así, sumergida, esperando… ¿a qué?

Escuchó atentamente.

El silencio zumbaba alrededor.

El silencio y la nada.

Yvette tuvo miedo.

Al fin decidió arriesgarse. Sacó el brazo del agua, muy despacio, y lo alargó hacia donde creía que estaba la toalla. Sus dedos se movieron, hurgando en las tinieblas, casi como si se movieran a través de una gelatina espesa y fría… La toalla no estaba, no quería estar, se negaba a estar. Palpó y palpó, sin alcanzarla… hasta que algo, una fuerza inmaterial, pero evidente y perturbadora, sujetó su muñeca, su brazo, paralizándola. Yvette chilló, quiso revolverse, pero ese algo, tal vez la oscuridad misma, tiró de ella sacándola de su seguro refugio en el agua. Algo incorpóreo la zarandeó y su cuerpo se elevó en la oscuridad. Se sintió izada hacia el techo y de pronto su espalda lo golpeó. Sus pies tocaban las paredes, mientras la nada oscura pugnaba por entrar en ella, y un pavor antiguo la obligaba a boquear buscando oxígeno. Yvette tuvo conciencia de que algo manoseaba su cuerpo, reptando sobre su piel para penetrarla y llegar hasta su alma. Quiso resistirse, se retorció sin llegar a gritar, porque un aullido se ahogaba en su garganta, muda de terror. Pataleó, inmovilizada en lo alto, aplastada por aquella fuerza oscura, luchando por liberarse cuando sabía que estaba perdida…

El silencio y la nada se la tragaron.

Cuando todo acabó la luz regresó. Pero Yvette cayó. Su cuerpo se desplomó sobre el suelo de loza, húmedo y frío, sin vida. La muerte y la nada le habían hurtado el alma mientras el silencio la asfixiaba.

© 2017, Maite R. Ochotorena


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