Relato de Terror: Virus

Jack observó la pantalla de su ordenador sin parpadear. Llevaba diez minutos allí sentado, sin despegarse de su silla, atento únicamente a aquella extraña señal que de vez en cuando aparecía pululando a lo largo y ancho del monitor.

Era extraña porque… el ordenador estaba apagado. Y el monitor también.

Y era extraña porque había aparecido por primera vez un rato antes, mientras revisaba sus mensajes y correos electrónicos. Después de abrir un curioso mail de origen desconocido, todos los programas se habían ido apagando por sí solos. Enseguida se había dado cuenta de que aquel correo debía contener algún tipo de virus, pero para entonces ya lo había abierto, y al parecer con eso había bastado para ejecutarlo. Por supuesto, se había apresurado a apagar la CPU de inmediato, con la esperanza de anular lo que quiera que hiciera el virus, pero estaba claro que sus medidas de seguridad, aparte de inútiles, habían llegado tarde.

Allí estaba de nuevo. La extraña señal.

Surgía invariablemente de la esquina superior derecha y empezaba a recorrer la pantalla aleatoriamente durante un rato, hasta que desaparecía en cualquier punto disolviéndose. Parpadeaba un poco mientras flotaba, como un halo fantasmal, una especie de huella orgánica con el aspecto de un virus, o una bacteria agresiva que nadara bajo la superficie de plasma negro. Jack miró de nuevo la luz del botón de encendido del monitor, pero continuaba apagada.

–joder…

Se oyó un chasquido, y Jack se sobresaltó. Ya estaba demasiado nervioso, y cualquier cosa le hacía alterarse. Desvió la mirada del ordenador. Su habitación estaba sumida en una profunda penumbra, muy apacible, esa semi oscuridad que acompaña la noche, apenas derrotada por la tenue luz de una pequeña lámpara que había sobre su cama. Vio a través de la ventana que llovía mansamente. Quizás lo que había oído era el ruido de la lluvia en los cristales. O tal vez no.

Cuando la misteriosa mancha-bacteria resurgió en el monitor al cabo de unos dos minutos, lo hizo acompañada de otras dos más, esta vez bordeadas por un halo rojo intenso que vibraba y oscilaba intensamente. Se estaba multiplicando. Luego, en poco más de diez minutos, cada una de aquellas cosas empezó a dividirse, clonándose a sí mismas una y otra vez, hasta invadir por completo la pantalla. Jack no sabía que hacer. Desesperado, desenchufó el ordenador de la toma de la pared, pero nada cambió. Asistió, mientras su corazón latía desbocado en su pecho, a una orgía vírica que acabó de colapsar la pantalla plana, haciéndola relumbrar con un horrible fulgor rojo. Ahora la habitación parecía dominada por un danzarín baile de sombras.

Hubiera llamado a sus padres, pero estaba solo en casa.

Jack se apartó un poco de la mesa, impulsándose con los pies para hacer que su silla giratoria se desplazara hacia atrás.

Entonces algo más cambió. La masa vírica llenaba ahora por completo la pantalla, formando una especie de chispeante capa rojiza, que de pronto empezó a rezumar por una de las esquinas, vertiéndose por los bordes del monitor hasta gotear sobre la mesa. Jack no podía creer lo que estaba viendo. ¿Puede un virus informático brotar físicamente de las cosas? Su monitor chorreaba aquella masa viscosa, y ésta iba extendiéndose por la mesa como una mancha ominosa que tuviera vida propia.

Una oleada de pánico ascendió por su estómago hasta alcanzar su garganta, robándole la voz. Se levantó y dio unos pasos atrás, no muy seguro sobre lo que debía hacer. Sólo tenía ocho años… ¿tal vez estaba soñando? Porque… ¿cómo iba a ser verdad lo que estaba presenciando?

Hubo un chasquido, y después un zumbido chirriante ascendió de aquella mancha a medida que ocupaba toda la superficie de la mesa. Era densa y brillaba como una criatura abisal, con un lábil resplandor rojizo. Estaba llegando al borde de la mesa. Pronto gotearía al suelo, se expandiría por la habitación y acabaría por alcanzarle…

Jack retrocedió hacia su cama y se puso a salvo, sobre el colchón. Luego lo pensó mejor, y decidió salir de la habitación. La puerta estaba cerca, así que se fue derecho hasta ella y alargó la mano para hacer girar la manilla. Entonces se dio cuenta de que el techo estaba supurando también aquella masa viscosa, y de que ésta recorría ya la pared, inundándolo todo. Horrorizado, asió la manilla y quiso abrir la puerta. Estaba cerrada, atascada.

Asustado, probó una, dos, tres veces más, girándola con todas sus fuerzas, sacudiéndola… No podía gritar… La voz se ahogaba en su garganta.

Olía a azufre, un intenso hedor que se coló en su nariz como una malsana vaharada envenenada. La masa vírica continuaba su avance, pero ahora burbujeaba y gemía, arrastrándose más que extendiéndose, como lo haría una criatura con conciencia que busca su presa. Jack corrió hacia la ventana para probar a abrirla, pero aquella cosa la cubría ya por completo. El único lugar que quedaba fuera de su alcance era la cama. Se subió a ella de un salto y se acurrucó en una esquina, sollozando mientras veía cómo aquel ser lo ocupaba todo, paredes, suelo, techo… La habitación y todos sus muebles habían desaparecido bajo la pegajosa criatura, que ahora le rodeaba.

Sin embargo, cuando la cosa alcanzó el colchón, dejó de avanzar. Jack contuvo el aire, expectante. ¿Qué significaba eso? Observó la superficie rojiza. Palpitaba, recorrida por oleadas refulgentes de un extraño resplandor. Lo cubría todo, incluso el techo. Era como estar dentro de un estómago gigante… Semejante idea le hizo estremecer. No quería morir devorado por aquella cosa antinatural…

Pasaron cinco minutos antes de que algo cambiara.

De pronto, en el lugar donde había estado su ordenador, empezó a formarse un bulto, como si algo pugnara por salir del monitor, a través de la masa viscosa que éste había vomitado. Jack gimió, incapaz de moverse. El pánico agarrotaba su cuerpo, anclándolo al colchón. Su mente infantil no lograba procesar lo que estaba viviendo, y sus ojos desorbitados contemplaban impotentes el fenómeno que empezaba a desarrollarse ante él.

Una forma iba emergiendo de la pastosa marea roja, elevándose, contorsionándose, hasta que del légamo resplandeciente surgió una cabellera negra como la noche, larga y encrespada. Al poco se adivinaron unos hombros huesudos, y una vez que hubo asomado la cabeza, fue emergiendo un pálido ser, largo y siniestro, sin rostro… Gemía con un gutural sonido que devoraba el silencio alrededor. Cuando todo su cuerpo hubo logrado atravesar la marea que lo impregnaba todo, Jack se encontró ante algo espeluznante, con forma humana, aunque extrañamente deformado. El rostro, si es que lo tenía, permanecía oculto bajo aquella maraña de pelo hirsuto, un enredado amasijo de hebras oscuras que le colgaban hasta las rodillas. Le vio mover unos brazos desmesuradamente largos y demacrados. Sus manos eran grandes y unos dedos huesudos y retorcidos hurgaban el aire tanteando lo que tenía alrededor. Su presencia lo llenaba todo, su hedor hacía irrespirable el ambiente… Jack boqueó horrorizado.

La criatura avanzó, moviéndose con sus piernas como alambres caprichosos a través del lodo rojo. Cuando llegó junto a la cama, Jack percibió su enormidad. Estaba tan cerca, que su pelo, como un velo de alambres crujientes, casi rozaba sus antebrazos. No podía apartarse, porque tenía la espalda pegada a la cabecera de la cama. La criatura gimió prolongadamente, y de las profundidades ocultas bajo aquella cabellera negra surgieron unas fauces demoníacas que se abrieron para devorarle.

Cuando Jack desapareció, fue como ser absorbido por un torbellino infernal, hacia la oscuridad inmensa donde la nada se hace eterna en medio de un alarido imperecedero…

© 2017, Maite R. Ochotorena

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