Relato de Terror: Isabella

El ataúd desapareció, llevándose con él todo lo que había sido Isabella. Su hija observó cómo los enterradores deslizaban la losa que cubría su fosa hasta colocarla en su sitio. Se necesitaban dos hombres fuertes para moverla. Un golpe seco sacudió el cementerio cuando quedó encajada en su lugar, sellando para siempre toda una vida de miserias y humillaciones.

Rosario hubiera querido sentir paz. Había imaginado mil veces cómo se sentiría el día en que su madre muriera, y había creído que experimentaría una gran dicha, liberación, gloria… Incluso ganas de reír. Nada de eso se había cumplido. El vacío ocupó su corazón y con él murió su última esperanza de ser feliz.

El sacerdote dijo sus últimas palabras, un panegírico breve, y miró alrededor. Le entristecía ver que nadie había querido acompañar a la difunta en su último paseo hasta el cementerio del pueblo. Sólo sus dos hijos, Rita y José Miguel, además de su nieta, habían acudido a despedirla. Sus figuras eran como tres frágiles sombras negras, muy unidas las unas a las otras. Lloraban, aunque no había dolor en la expresión de Rosario, sino miedo. José Miguel estaba tenso y pálido, aquejado de una profunda migraña que torturaba su cabeza añadiendo dolor a su dolor, y Rita sufría por su madre.

—Ya pasó, mamá —Rita rodeó con su brazo los hombros de su madre. Ahora que era libre, parecía haberse hecho más pequeña—. No volverá a hacernos daño…

Pero Rosario no estaba tan convencida. No podía apartar los ojos de la tumba donde reposaba su madre, segura de que una mujer como ella sería capaz de burlar al Más Allá y salir de su ataúd con tal de seguir atormentándola. Esperaba ver que la losa se movía, esperaba, hechizada, al pie de la tumba. No escuchó al sacerdote que le daba sus condolencias, ni se dio cuenta de que se marchaba. Se quedó sola con su hija en el cementerio, bajo un cielo mortecino que ensombrecía el mundo alrededor.

***
A su regreso, la casa aguardaba muda y expectante. Sus muros, sus estancias, su comedor, la cocina… aún destilaban amarguras. Madre e hija vacilaron en el umbral de la entrada, atisbando hacia la penumbra interior en busca de alguna señal, por nimia que fuera, que se llevara su desasosiego. José Miguel no estaba para apoyarlas, como solía hacer. Era el benjamín de la familia, pero su buen humor y su ingenuidad eran el poso de equilibrio que las mantenía a flote ante la adversidad. Su ausencia pesaba sobre ellas más de lo que podían admitir, sin embargo, sus migrañas solían aparecer en momentos delicados como aquél, un enemigo terrible contra el que no podían hacer nada.
El aire reposaba sobre los muebles, el silencio reposaba en el aire, y el miedo reposaba en aquel silencio sepulcral. Sin las voces de Isabella, sin sus andares gastados, sin sus maquinaciones, la casa quedaba desnuda y sobrecogida, en un mudo grito de dolor. Rosario miró de reojo hacia la puerta del dormitorio de su madre. Pensaba, igual que con la losa del cementerio, que se abriría y volvería a verla, con sus ojos de halcón buscando su presa.

—No está mamá —insistía Rita, por enésima vez—. No está, ya se acabó…

—Yo la siento en todas partes hija mía… No me quito la sensación de que vaya a agarrarme su mano huesuda en cualquier esquina… ¡Ay! Si voy con el culo prieto por la casa… No descansaré, no…

Rita suspiró apenada. Comprendía lo que le pasaba a Rosario. Muerto el dolor, quedaba la herida. Como los enfermos a los que se les amputa una pierna, que sienten que aún la conservan, notan que les pica, que les duelen los dedos de un pie que no existe… ella sentía aún la presencia de Isabella, su presión, su constante daño. La llevaría a cuestas mucho tiempo todavía.

—¿Estarás bien? —Rita tenía que irse, pero le daba pena dejar sola a su madre—. Volveré mañana al mediodía, pero si me necesitas, sólo tienes que llamarme…

—Ya te lo he dicho mil veces, estaré bien. Voy a acostarme un rato, estoy muy cansada.

***

Rosario solía desayunar en la cocina. Se sentó con su café con magdalenas y se quedó pensando. Buscaba algo, pero no sabía qué… Hasta que se dio cuenta de que lo que buscaba era la presencia de su madre. Isabella siempre aparecía justo después de ella, e inmediatamente encontraba algo para poder discutir y amargarle la mañana. Le faltaban sus gritos, sus desprecios, su mirada helada de regocijo mientras acababa con su paciencia… El hueco que había dejado su muerte aún la atormentaba. Su cuerpo entero, su mente, se doblegaban por instinto, acostumbrados a la rutina del castigo.

Tomó unos sorbos de su café y empezó a comer una magdalena, atenta al pulso de la casa, anormalmente tranquila. La habitación de Isabella quedaba justo a su espalda, detrás de la pared. No había vuelto a entrar, temerosa de lo que pudiera encontrar. Ni siquiera se atrevía a deshacerse de sus cosas. Sentía que su espíritu estaba aún rondándola, y que aquel dormitorio era su dominio, su reino, y que lo defendería incluso desde la muerte.

Acongojada, Rosario vertió algunas lágrimas. Estaba agotada.

Entonces un ruido sordo la sobresaltó. Se irguió alarmada, y escuchó. De nuevo se produjo un movimiento, como una sacudida sorda, justamente en el dormitorio de su madre… A Rosario se le encogió el alma. Al fin, lo que tanto había temido, iba a suceder. Isabella había regresado de entre los muertos, y reclamaba su espacio en la casa, decidida a permanecer por siempre, doblegándola… La tercera vez que oyó aquel sonido, se levantó. Estaba rígida y pálida, aterrada, pero decidida a comprobar… Necesitaba saber si aquellos golpes eran producto de su imaginación exaltada. Salió al pasillo y se acercó a la puerta de la habitación que más temía. Puso la palma de la mano sobre ella y esperó.

Algo se movía dentro… El corazón de Rosario bailó desenfrenado, el aire se había secado en su boca, la casa entera se cernía sobre ella… Abrió la puerta, despacio, y se asomó. La estancia estaba a oscuras, de manera que apenas distinguía los muebles. Sus ojos se detuvieron en la cama. Allí, entre las mantas, había algo, una figura, tumbada como solía hacerlo Isabella. Era su misma forma, estaba allí. Rosario balbuceó.

—¿Madre…?

Entonces la figura se irguió, cubierta por la manta, hasta quedarse sentada, como un fantasma, y Rosario aulló fuera de sí. No podía dejar de mirar aquella forma oculta, tiesa como un muerto, y chillaba, horrorizada, incapaz de asimilar lo que veía.

Y lo que veía no era sino a su hijo, José Miguel, que se había quedado profundamente dormido en la cama de su abuela, y ahora se daba cuenta de lo que estaba pasando. Se descubrió, asustado, y abandonó las mantas, arrepentido de haber cedido a una nueva migraña. Le había sorprendido en plena calle, cerca de la casa de su madre. Tenía llaves para entrar, de manera que, acuciado por el dolor, mareado y acuchillado por mil dagas afiladas que le impedían pensar, se había refugiado allí, y se había acostado a duras penas en la primera cama que había encontrado. Precisamente la de su abuela... No lo había planeado, ni siquiera había sido consciente de lo que estaba haciendo...

—Mamá, mamá, ¡soy yo! Tranquila, ¡soy yo!

Pero su madre se había derrumbado, lloraba de rodillas, a punto de que le diera un infarto. José Miguel la abrazó y la sacó fuera, de vuelta a la luz de la cocina, besándola, pidiendo perdón por su imprudencia, y temiendo perderla. Rosario sufría un ataque de ansiedad muy fuerte, se agitaba, aullaba, incapaz de reaccionar, y no fue hasta que pasó un buen rato que empezó, poco a poco, a volver en sí… Miraba a su hijo, lloraba, temblaba…

—Lo siento mamá… Tuve una de mis migrañas y no vi dónde me acostaba… lo siento… Lo siento…

Aquellas jaquecas infernales solían atacarle cuando menos lo esperaba, surgían detrás de sus ojos, como dos puñales que le atravesaran, y ya no había vuelta atrás. Su cuerpo se desmadejaba, se le aflojaban los músculos, le temblaban las rodillas, desarrollaba una atroz aversión a la luz y el cerebro se expandía presionando su cráneo horriblemente. Era como tener un torno constriñendo su cabeza, más y más… Se le revolvía el estómago y todo le daba vueltas…

No había podido ni pensar en coger el autobús. Su única opción había sido arrastrarse hasta la casa de su madre y tumbarse en cualquier cama. Se lo repitió a su madre una y otra vez, suplicando perdón, temiendo perderla, tan mal la veía. Se había acostado en cualquier cama… repetía... la de su abuela.

—Tu abuela, tu abuela… —repetía Rosario deshecha.
—Ya no está, mamá, era yo… Lo siento…

© 2017 Maite R. Ochotorena

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