La Espera

Aún no he encontrado respuestas. La lluvia barre el asfalto y embarra mis seis metros cuadrados de espacio vital, el reducto oscuro y aislado en el que me oculto del mundo y de algo más.

Siempre me ha gustado la lluvia, pero ahora, sentada en la puerta de mi furgoneta, con una taza de café en las manos, observo cómo lo cambia todo.

Incluso yo, yo en esta nada, debo ser parte del paisaje borroso de una tarde de otoño; incluso yo, que no soy nadie, que vivo al margen de todo y que apenas salgo de mi caparazón… debo ser parte de esta lluvia, de la humedad, de los árboles que me rodean… Incluso yo debo de existir, en este equilibrio caótico que es la vida.

Incluso aunque no me sienta parte de ella. Aunque algo desgarre mi corazón desde dentro, robándome la sonrisa.

No voy a llorar, no es mi estilo. Prefiero dejar pasar las horas. El tiempo resbala por mi piel, mientras la humedad se posa en ella y la vuelve pegajosa. No lo noto, pero sé que pasa, y no me importa no sentirlo.

El tiempo me traspasa y me ignora, como yo a él. Mi otro tiempo se agota.

Son las siete y anochece cada vez más temprano, los días se acortan, y mis escasos devaneos con la felicidad también.

Un sorbo amargo, el café en mi boca, su aroma en mi nariz, el vapor elevándose en volutas caprichosas ante mis ojos. A mis pies la tierra arenosa encharcada, a mis espaldas el que ahora es mi hogar, el interior de una furgoneta, mi cama deshecha, mis libros en el suelo, mi ropa doblada de mala manera en cajas de cartón… Todo lo que poseo, todo lo que soy, almacenado y comprimido en dos metros por uno veinte. Delante de mí, los árboles, una barrera natural que me observa desafiante, y más allá, alguna luz, aislada como la mía, de algún otro habitante de este camping perdido en alguna parte de camino hacia nunca jamás.

Me pregunto cuáles serán sus motivos.

Una sonrisa sin alegría asoma a mis labios.

Otro sorbo amargo y el silencio me visita, remolonea a mi lado y pasa de largo, con la brisa.

¿Sabes qué es lo que más me asusta?

…que aunque me esconda en el agujero más profundo que haya en la superficie de la tierra… aunque decida hibernar y mi temperatura corporal descienda hasta mimetizarme con una piedra…

Por mucho que me esfuerce… me va a encontrar.

Y cuando lo haga, y esto casi me hace sonreír… todo cobrará sentido al fin.

He aquí la fuente de mi miedo: que tenga que esperarle a él para poder encontrar mi lugar en este mundo.

Y que ese lugar sea la muerte.

© Maite R. Ochotorena


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