Relato: «Furgoperfecto»


—…no es por aquí —protesta Brigitte—… Joder, ¡no es por aquí!
Justin se guarda su opinión, por no discutir. La pista por la que conduce se ha vuelto retorcida y escabrosa, y necesita sus cinco sentidos. El viejo peugeot salta y se agita como una vieja galera a la que le rechinan las cuadernas.
—¿Has puesto bien las coordenadas? —insiste Brigitte. Le mira de reojo, enfadada con él.
—Lo he comprobado tres veces, Brigitte.
—¿Y por qué no damos la vuelta y dormimos en el merendero que hemos visto antes?
Justin suspira, se revuelve en el asiento y aprieta el volante con las manos. Frunce el ceño, trata de ser conciliador.
—Ya que hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no seguimos un poco más? —sugiere con paciencia—. Según el GPS no falta mucho…
—Pero se está haciendo de noche, y lo mismo lo único que encontramos… ¡es una gran NADA! Joder Justin, ¡da la vuelta!
—¡Vale! ¡Sólo dos kilómetros! ¡Faltan dos kilómetros! ¿No eres capaz de aguantar cinco minutos más?
Brigitte rumia una sarta de insultos, se los traga y nota cómo bajan por su esófago hasta reventar en el estómago, como una bomba fétida que seguro que después le provocará un severo ardor de estómago. Mira por la retrovisor. El coche está levantando una gran polvareda a su paso, mientras asciende por una interminable pista de piedras, a través de una abrupta cadena de montañas rocosas. No hay casas, ni gente, ni animales, sólo rocas y bosques inmensos. Está oscureciendo a gran velocidad. Pronto avanzarán a través de una densa negrura. Se le encoge el estómago aún más al darse cuenta de que no tiene cobertura en el móvil.
—Justin, por favor… No me gusta esto, estamos en mitad de la nada…
—¡Mira! ¡Ahí delante!
—¿Dónde?
—¡Ahí!
Una casa de piedra antigua se eleva junto al camino, un poco más arriba. Su aspecto siniestro hace que Brigitte se estremezca. Parece la «casa de los horrores», y se siente como si estuviera inmersa en una de esas películas de miedo cuyos protagonistas galopan hacia un final trágico y sangriento. Niega con la cabeza, incrédula, y mira a Justin con una mueca de disgusto.
—¿En serio? No irás a parar ahí…
Por toda respuesta, Justin detiene el coche a escasos veinte metros de la curiosa y solitaria edificación, y apaga el motor. Se agacha para observarla mejor a través de la luna delantera. Es realmente tétrica, con sus paredes de piedra negra, su tejado de pizarra, sus estrechas ventanas sin cristales, las contraventanas rotas, y una escalinata de piedra gastada y cubierta de hojas muertas. Es más un palacete arruinado y silencioso.
—¿Qué pinta un edificio así aquí? —murmura.
—Ni lo sé, ni me importa…
—…pues me temo que es tarde para dar la vuelta —Justin señala por la ventanilla. El sol se ha escondido detrás de las imponentes montañas y el cielo se tiñe de negro.
—Podemos bajar…
—Ni de coña…
—¡Joder Justin!
—¿Quieres que baje por esa pista del demonio a oscuras? ¿Sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí?
Brigitte sacude la cabeza y después lanza una mirada enojada hacia la horrible casa-palacio. Sabe que es demasiado arriesgado pretender deshacer el camino de noche.
—¿Podemos avanzar un poco más y dormir en otra parte? No me gusta el aspecto de este lugar, en serio… —dice ahora con suavidad.
—No vamos a dormir dentro de la casa, sino en el coche…
—Me pone de los nervios, por favor…
—Está bien…
Justin echa la mano a la llave de contacto para ponerse de nuevo en marcha y alejarse del edificio. A él tampoco le gusta su aspecto.
El coche no arranca.
Prueba de nuevo.
Nada.
—¿Qué? —el tono de Brigitte es histérico.
—No arranca… Espera…
Prueba de nuevo.
Nada.
—…joder…
—Será una broma —gime Brigitte.
—No…
Lo intenta, una, dos veces, tres… El coche se ahoga.
Justin se vuelve hacia Brigitte con cara de circunstancias. No hace falta que diga nada. Está claro que van a tener que dormir junto a la extraña casa.
—Será mejor que montemos la cama cuanto antes y nos acostemos. ¿Tienes hambre?
—¿Y cenar ahí fuera? ¡Ni hablar!
Salen los dos a una, y se disponen a preparar el coche para dormir. Cada uno sabe perfectamente qué hacer, llevan dos semanas de viaje y montar y desmontar la cama se ha vuelto una sencilla rutina. No obstante, Brigitte no cesa de lanzar miradas temerosas hacia la casa, cuya silueta se alza tenebrosa a su espalda. Siente que algo les observa, y se le eriza el vello de los brazos. Tiene el culo encogido.
En cuanto terminan, sin esperar a nada más, salta dentro del coche y se tumba en la cama. Se quita la ropa rápidamente y se mete bajo el relleno. Justin tampoco espera. Está tan intranquilo como ella.
—Puto «furgoperfecto» —farfulla de mal genio—… Puto cabrón el que ha subido las coordenadas de este sitio de mierda —se desprende de su camiseta con rabia. Se gira, desliza la puerta lateral hasta cerrarla, y le da al cierre centralizado—… En cuanto tengamos cobertura le pienso poner a caldo, esto no se hace…
—Pero si había hasta fotos, y comentarios de la peña… No lo entiendo —susurra Brigitte, arrebujada en el relleno. Ahora está más tranquila, se siente segura dentro del coche, el «cubiculillo», como les gusta llamar al pequeño espacio donde duermen. Es como estar dentro de una cabina hermética, aislada del mundo. Dentro sólo están ellos, fuera, no hay nada—… ¿En serio crees que lo ha hecho adrede?
—He puesto bien las coordenadas, Brigitte, te lo prometo. No me he equivocado.
Brigitte suelta una risita nerviosa y le besa en los labios.
—Bueno, duérmete rápido y así nos iremos cuanto antes. Seguro que mañana arranca el coche.
Justin sonríe y la besa con ternura. Se quedan mirándose a los ojos unos instantes.
—¿Apago la luz?
—Sí.
Justin estira el brazo y apaga la lamparita que siempre cuelgan del techo. Se quedan sumidos en una profunda oscuridad. Fuera se escucha el rumor del río que corre entre las montañas, más abajo, los grillos, y el ulular de una lechuza.
«Nada raro», piensa Brigitte. Cierra los ojos y se duerme.


Un golpe sacude el vehículo con violencia, y Justin se incorpora sobresaltado. Mira a Brigitte, pero ella duerme profundamente a su lado. Asustado, Justin espera.
Un segundo golpe hace que el coche se bambolee tremendamente. Casi parece que se haya levantado de costado, y Justin empieza a respirar con agitación. ¿Qué ocurre? Se agita nervioso, y alarga la mano para despertar a Brigitte. La chica abre los ojos. Justo cuando va a preguntar por qué la despierta, un tercer golpe hace que el coche salte sobre sus ruedas. Brigitte se incorpora también, exaltada, y abre los ojos en la oscuridad.
No pueden ver nada porque tienen los aislantes en las ventanillas. Justin alarga la mano para levantar el que tiene más cerca y mirar, pero Brigitte le detiene.
—..qué haces…
—…echar un vistazo… —hablan en susurros.
Brigitte niega con la cabeza.
De pronto sienten cómo algo cae sobre el techo, con un golpe sordo y seco. Luego se oyen unos pasos, como de pies descalzos, sobre la carrocería. Una risa infantil rompe el silencio nocturno.
—¿Son críos? —murmura Brigitte, casi sin respiración.
Justin niega con la cabeza. Mira hacia el techo, siguiendo los movimientos de esos pies. Alguien se pasea sobre el coche. Se detienen, y de nuevo todo queda en silencio.
—…quiero irme… —solloza Brigitte.
—sssschh…
Justin se lleva una mano a los labios. Se escucha de nuevo una risa infantil, justo junto a la puerta del coche. Luego se oyen carreras alrededor, y unas manos golpean los cristales, y el capó. El coche se bambolea brutalmente, y Brigitte no puede evitar soltar un chillido de terror. Justin enciende la luz como puede, mientras algo sacude el Peugeot, agitándolo como si de una caja de cerillas se tratase.
—¡Joder, Justin, quiero que pare! ¡Por favor! ¡Por favor!
Justin abraza a Brigitte. Algo presiona el coche desde arriba, un gran peso, y ven cómo el techo se abomba y se hunde, obligándoles a tumbarse. Sienten una tremenda presión, una fuerza brutal que desciende sobre ellos, algo oscuro que se traga la oscuridad… Los cristales de las ventanillas revientan, y mientras Brigitte aúlla despavorida, muchas manos infantiles penetran a través de los cristales rotos, arañando sus brazos y su rostro.
—¡¡Justin!! ¡¡Justin!!
El coche se hunde bajo la inmensa presión de esa fuerza descomunal que lo aplasta, y Justin siente más que ve, una negra presencia que devora las estrellas nocturnas y el aire que respiran. Una serie de figuras extrañas penetran a través de la luna delantera cuando estalla, figuras blanquecinas, como de niños, con cabezas chatas y largas pelambreras negras, cubiertas de hojas muertas. Pero no son niños…
Justin trata de defenderse, pero el techo del coche se desploma sobre él y Brigitte, y los aplasta.
Enseguida todo queda en calma, las estrellas brillan de nuevo en el cielo, hermoso y apacible. El silencio ronda los restos del vehículo aplastado.
Una luz se apaga tras las ventanas de la vieja casa-palacio.

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